Después de las urnas, queda Colombia

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Colombia volvió a mirarse en el espejo de las urnas y el reflejo no fue cómodo, la segunda vuelta presidencial dejó un ganador, un derrotado y una certeza más profunda; seguimos siendo un país herido, desconfiado, emocionalmente agotado y políticamente fragmentado. Las cifras pueden cerrar una elección, pero no cierran las fracturas de una sociedad que lleva años votando más desde el miedo que desde la esperanza.

Como cirujano, sé que no basta con identificar una herida, hay que explorarla, limpiarla, controlar el sangrado y, sobre todo, evitar que se infecte. Colombia tiene hoy una herida democrática abierta, no porque votar sea una enfermedad, sino porque hemos convertido la diferencia política en una forma de enemistad. Cada elección parece una cirugía de urgencia, todos gritan, pocos escuchan, muchos opinan sin diagnóstico y casi nadie quiere asumir el posoperatorio.

La segunda vuelta dejó varias lecciones. La primera; ningún triunfo estrecho autoriza la soberbia, ganar una elección no equivale a recibir un cheque en blanco, quien llega al poder debe entender que gobernará también para quienes no votaron por él. En democracia, la mitad que pierde no desaparece, sigue pagando impuestos, esperando seguridad, reclamando salud, educando hijos, trabajando en el campo, haciendo empresa, atendiendo pacientes, enseñando en aulas y sobreviviendo en regiones olvidadas.

La segunda lección es contradictoria, el país no votó solamente por programas, votó también por rabia, miedo, cansancio, desilusión y deseo de castigo. Eso debería preocuparnos; cuando una sociedad vota con el hígado, la democracia respira, pero respira mal. Y cuando la política se alimenta de insultos, teorías de conspiración, desprecio por la prensa, fanatismo ideológico o promesas imposibles, el resultado puede ser legal, pero el tejido social queda debilitado.

Desde el Huila y desde la Colombia profunda, la pregunta no es quién ganó en Bogotá, sino cuándo llegará el estado de verdad a los territorios. Aquí no necesitamos más discursos grandilocuentes sobre patria, pueblo o libertad, necesitamos vías, hospitales dignos, seguridad rural, educación pertinente, oportunidades para los jóvenes, respeto por el campesino, apoyo al emprendimiento y una salud que no humille al paciente ni agote al médico.

Hay que ser escépticos. La historia colombiana está llena de promesas que envejecen mal y cada gobierno llega anunciando un nuevo comienzo y termina administrando las mismas deudas; corrupción, violencia, inequidad, centralismo, burocracia e improvisación. Por eso, la esperanza no puede ser ingenua, sino  vigilante, con lupa, memoria y ciudadanía activa.

Pero tampoco podemos rendirnos al cinismo; Colombia no se reconstruirá si cada sector espera el fracaso del otro para tener razón, la reconciliación no significa olvidar, callar, ni renunciar a las convicciones; significa reconocer que ningún proyecto político vale más que la vida compartida de una nación.

Después de las urnas, queda lo esencial, trabajar. Trabajar por el país sin fanatismo, exigir sin destruir, oponerse sin odiar, gobernar sin humillar y dialogar sin claudicar. La democracia no termina cuando se anuncia un ganador; ahí apenas comienza la responsabilidad.

Colombia no necesita más vencedores celebrando sobre los escombros del adversario, necesita ciudadanos capaces de reconstruir la casa común. Porque al final, cuando pasa la campaña, se apagan los discursos y se guardan las banderas, queda una verdad simple y exigente;  o cicatrizamos juntos, o seguimos sangrando por separado.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica

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