“Voto por De la Espriella para que acaben con todos esos H.P. de la Izquierda”

TSM Noticias
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Hoy, como todos los fines de semana y festivos, organizamos un plan familiar para salir a montar en bicicleta con mi esposa e hijos, pero una de las ciclas estaba pinchada y busqué un montallantas cerca de mi casa para despincharla. El señor, de unos 60 años, al parecer dueño del establecimiento, con pelo largo y crespo, totalmente blanco, llevaba un escapulario con la cruz y un rosario fijados al cuerpo, como la mayoría de los fervientes católicos de nuestro país del Sagrado Corazón de Jesús.

El escenario era muy diciente y desafortunado, como muchos de los que vemos a diario en nuestra ciudad, pues al lado del negocio se encontraba un habitante de calle profundamente dormido, con un pantalón y sin camisa, en el suelo.

El señor, sin que se lo preguntara, me dijo que iba a votar por Abelardo de la Espriella porque él sí creía que era capaz de “acabar con todos esos H.P. de izquierda”. En mi mente corrían varias reflexiones a la vez, pues es casi dantesco que hoy en Colombia sigamos pensando que los males de nuestro país son producto de una ideología o de un grupo de personas que piensan diferente.

Con escasos cuatro años de la izquierda en el gobierno, la derecha ha logrado que volvamos nuevamente a odiarnos de tal forma que no queramos ni creamos en la paz, tal como ocurrió con el referendo por la paz, acomodando un discurso de odio para que la gente salga a votar emberracada. Respiré un poco y le pregunté por qué creía que el señor De la Espriella era el candidato ideal. Me respondió que él era una persona que nunca había estado en la política y que iba a acabar con la corrupción.

Le recordé que la gran mayoría de los políticos asociados con escándalos de corrupción en Colombia y el Huila ya lo estaban apoyando, y me miró fijamente, como dudando de mis argumentos. Incluso le recordé que este personaje había tumbado literalmente a David Murcia, el estafador de DMG, y él me respondió que eso era normal: “Que ladrón que roba a ladrón, tiene 100 años de perdón”.

Él insistía en que no quería ni a Petro ni a la izquierda, porque ellos eran los responsables de ese tipo de H.P. que están ahí, señalando al habitante de la calle, y que lo mejor sería que la izquierda los recogiera o que De la Espriella los acabara, porque los de la izquierda no trabajan y son unos vagos. Al final terminamos la conversación con un “Que Dios lo bendiga”, muy propio de los fervientes católicos o cristianos.

Un amigo me contó que se le ocurrió poner una bandera de la paz y un letrero en su carro de “Iván Cepeda presidente”, y que un sujeto en una moto lo adelantó e insultó con palabras de grueso calibre.

En definitiva, creo que es claro que en esta pequeña conversación se revela la situación de estado de emergencia en la que nos encontramos en nuestro país, pues como vamos, solo nos falta una pequeña cerilla para que se incendie. Lo que ocurre en Colombia es absolutamente grave, pues la vida hoy no vale nada, y la cosificación del contradictor ha llevado al extremo de justificar la eliminación del otro por razones tan banales y fútiles que la justificación de la muerte del otro ya no nos sorprende.

Recuerdo en una audiencia de justicia y paz, en la que era abogado, que cuando indagué al paramilitar sobre las razones que lo llevaron a cometer el homicidio del señor en el que era representante de sus familiares, la respuesta fue: “Porque el tipo era muy visajoso”.

Reflexión y conclusión

La Constitución Política de Colombia (1991, arts. 1, 11, 13, 20 y 93) nos recuerda que la vida es sagrada y la dignidad humana son inviolables, y que la libertad de expresión no puede convertirse en un arma para legitimar el odio. La Corte Constitucional, en sentencias como la T-061 de 2024, la C-442 de 2011 y la T-391 de 2007, ha reiterado que el discurso político debe respetar la dignidad y no justificar la violencia contra opositores.

A nivel internacional, la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (1965), el Estatuto de Roma (1998) y la Estrategia de la ONU contra el Discurso de Odio (2019) advierten que la incitación a la violencia es un riesgo real para la democracia y la paz.

Como lo señala Hannah Arendt (1963) en su célebre reflexión sobre la banalidad del mal, el peligro no está solo en los grandes crímenes, sino en la normalización cotidiana de la violencia y el odio, en la aceptación acrítica de que eliminar al otro es una opción válida. Carlos Santiago Nino (1992), en su análisis sobre la fragilidad de las democracias, también advierte que cuando el voto se convierte en un instrumento de odio y no de construcción, la democracia se erosiona desde adentro.

Con el corazón en la mano, les confieso que temo por mi país, que temo por mi familia, que temo por lo que pueda ocurrir después del 21 de junio. Lo cierto es que no estamos haciendo bien la tarea de debatir y discutir: nos odiamos, nos insultamos y justificamos nuestras razones y posiciones políticas, incluso imponiendo, de ser necesario, la violencia.

Y esto, como en muchas dictaduras y crisis institucionales, siempre inicia por allí. Como dicen en la comunidad católica: “Que Dios nos coja confesados”.

Por: Alfredo Vargas Ortiz
Abogado Universidad Surcolombiana, Magíster
Doctor en Derecho Universidad Nacional de Colombia
Director del Grupo de Investigación Derecho Internacional y Paz

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