Hay cosas que no se decretan desde ningún despacho, ni se incluyen en los planes de desarrollo. Cosas que no se corrigen con una reforma, ni se solucionan con una rueda de prensa. Cosas profundas. Invisibles. Urgentes.
Una madre deja a su hijo dormido, se amarra los zapatos desgastados y sale a trabajar. No tiene EPS, ni subsidios, ni quién la escuche si se enferma. Pero igual sale. Porque el hambre no espera.
Un joven se sienta en un parque, sin rumbo claro, con el alma llena de preguntas y el celular lleno de redes que no conectan con nada real.
Un abuelo camina solo por la carrera Quinta, mirando el piso. Lleva encima los años y el olvido.
La política puede poner semáforos, inaugurar escenarios, aprobar presupuestos. Pero no puede curar el abandono, ni enseñar a amar, ni devolver la esperanza. Y mucho menos, darle sentido al dolor.
Y no es que la política no importe. Importa, y mucho. Pero hay vacíos que no se llenan con decretos ni con discursos. Hay huecos que solo Dios puede tocar.
Vivimos tiempos de ruido, de ambición sin freno, de egos inflados y almas vacías. En Neiva y en el Huila vemos autoridades más preocupadas por figurar que por servir. Hablan de gestión mientras la gente se les muere por dentro.
Pero lo que más nos está costando no es la falta de obras. Es la pérdida de lo esencial: la compasión, la fe, la espiritualidad que sostiene en silencio, esa que no necesita micrófono, pero que mantiene en pie al que ya no puede más.
El ser humano no solo necesita pan. También necesita sentido. Y ese sentido no lo da la política. Lo da la certeza de que, a pesar de todo, no estamos solos.
Que hay un Dios que no entra en campaña, pero que nunca abandona.
Un Dios que no promete obras, pero sí consuelo.
Un Dios que no negocia en el Concejo, pero que habita en el corazón de quien ama, de quien cuida, de quien cree.
La verdadera transformación no empieza con un plan de gobierno. Empieza con un alma en silencio que se rinde ante Dios y dice: “Ayúdame”.
Por eso, esta columna no es un llamado a dejar de exigir a nuestros líderes. Es un llamado a no olvidarnos de lo que ningún político podrá darnos: fe, paz interior, y sentido de propósito.
Podemos reconstruir la ciudad, sí. Pero también debemos reconstruirnos por dentro.
No basta con cambiar al alcalde, si seguimos vacíos, rotos, desconectados de Dios y de nosotros mismos.
Volver a lo esencial es volver al amor.
A la fe que no se grita, pero que se vive.
A la espiritualidad que no separa, sino que une.
A ese Dios que no abandona al humilde, aunque todo el sistema sí lo haga.
Ojalá un día entendamos que no basta con elegir mejor. También hay que creer mejor. Confiar mejor. Amar mejor.
Porque hay cosas que no cambiarán con votos, sino con oración, con empatía y con actos de fe.
Y tal vez, solo tal vez, ese sea el verdadero milagro pendiente.
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Por: Andrés Felipe Guerrero
Abogado
Especialista Derecho Constitucional y Administrativo


