Un recorrido por el sur del Huila

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Nos fuimos de paseo familiar con mi mamá y mi hermano para el sur del departamento a recorrer nuevamente hermosos parajes como el Salto de Mortiño y el Salto de Bordones, en San José de Isnos; el estrecho del Magdalena y el Parque Arqueológico de San Agustín, un lugar mágico que me atrapa y despierta en mí sensaciones indescriptibles, debe ser por la energía que emana de todo ese estatuario y las tumbas de nuestros antepasados que allí se encuentran.

Seguramente no es el paseo soñado para la gente joven  porque en realidad es demasiado tranquilo, casi bohemio diría yo, pero eso es precisamente lo que más me gusta, esa sensación de paz a pesar del gentío, el golpe de la brisa fresca que acaricia el rostro con una sensación húmeda que hiela agradablemente, en medio de ese contexto ancestral que invoca el espíritu sagrado de la Pachamama.

Desde Neiva hasta San Agustín existe una infraestructura hotelera para escoger y una oferta gastronómica multivariada y exquisita; uno come lo que quiere, con el presupuesto que tenga y todo es delicioso, o por lo menos esa es mi percepción, además no creo estar equivocado porque conmigo coinciden muchas personas con las que he tratado este tema.

Por ejemplo en el municipio de Gigante, tierra de Matambo y Mirtayú, allá donde un artista local llamado Cristian Palomino, buscando en medio de las montañas, descubrió gracias a su creatividad e ingenio que ese descomunal personaje mitológico quería sacar una de sus manos para que sirviera de mirador para que propios y visitantes pudieran divisar el hermoso paisaje que ofrecen las cordilleras occidental y oriental, y el valle del Magdalena.

En esta bella localidad se pueden degustar platos riquísimos, preparados con todas las de la ley. No menciono un restaurante en particular porque en realidad todos son excelentes, si desean pueden comprobarlo por ustedes mismos.

Pasa uno de refilón por Garzón, la Capital Diocesana del departamento, y se llega a la Jagua, un pintoresco pueblito de calles empedradas, famoso disque porque allá habitan algunas brujitas, dicen que no existen, pero de que las hay las hay. En realidad lo que se observa en este centro poblado durante el mes de diciembre y en la semana mayor, es un ambiente de solemnidad muy bonito, que invita al recogimiento y a la oración. Por sus calles, adornadas en un performance según la temática de la temporada, se degustan postres, empanadas, obleas y muchos etcéteras que lo hacen a uno chuparse los dedos, claro está, después de lavarse las manos por temas de pandemia.

Pocos kilómetros más adelante está el municipio de Altamira y ni para qué les cuento, los tradicionales bizcochos que se producen en este lugar son incomparables; uno no puede pasar por allí y no parar, eso sería un pecado imperdonable.

Avanzando hacia nuestro destino si nos desviamos un poquito podemos entrar a Tarqui, cuna de mi abuelita Cecy, un pueblito bonito y amañador, últimamente lo hemos visitado con frecuencia y el problema no es ir sino devolvernos, la gente es sumamente amable y hospitalaria.

Continuando el trayecto por la vía principal, la que se denomina Ruta 45, se llega a Timaná, un municipio de casas coloniales hermosas, ojalá las conservaran así y no las remodelaran nunca, pero al parecer eso es lo que están haciendo, perdiendo esa riqueza arquitectónica tan especial, luego se llega al próspero municipio de Pitalito y de allí a San Agustín; que paseo tan bello, lo repetiré cada vez que Dios me lo permita.

Por: Andrés Felipe Cabrera Sánchez

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