¿Hasta dónde llegan las convicciones y dónde comienza el fanatismo?

TSM Noticias
199 Views

¿Hasta dónde llegan las convicciones religiosas o políticas? ¿Dónde está el límite entre defender unos ideales o unas creencias y caer en el fanatismo?

El caso del docente —y aclaro que nunca generalizo— que increpa a un humilde vendedor de panela y decide dejar de comprarle por sospechar que votó por determinado candidato no es un hecho aislado. He visto actitudes similares en conocidos e incluso en amigos a quienes siempre he considerado personas maduras e inteligentes. Algunos tienen estudios de posgrado e incluso doctorado, personas a quienes considero intelectualmente superiores a mí en muchos aspectos.

Ver a algunos —no muchos— simpatizantes de izquierda escribir, después de la segunda vuelta presidencial, frases como: «Si usted votó por la extrema derecha, elimíneme», y expresiones similares, me lleva a preguntarme si ese nivel de intolerancia política no termina convirtiéndose en una forma de sectarismo. Debo decir, además, que esa misma actitud la he visto también en seguidores de la extrema derecha. El fanatismo no tiene una única bandera.

Ese radicalismo fue, seguramente, uno de los combustibles de la violencia bipartidista que vivió Colombia durante las décadas de 1940 y 1950. Afortunadamente, hoy las redes sociales parecen canalizar buena parte de esa rabia irracional que produce la obsesión por un caudillo, cualquiera que sea el extremo ideológico al que pertenezca.

Hace cuatro años manifesté públicamente que votaría por Gustavo Petro. Algunos amigos llegaron a pensar que habían hackeado mi cuenta de Facebook; otros me criticaron abiertamente. Paradójicamente, considero que haber votado por este gobierno, que hoy llega a su fin, me da aún más autoridad moral para señalar sus errores.

La razón es sencilla: nunca he visto al presidente de Colombia como un líder espiritual o un guía ideológico, mucho menos como un mesías poseedor de toda la verdad. Para mí es, simplemente, un servidor público: un empleado de todos los colombianos, elegido para cumplir sus promesas de campaña, respetar la Constitución y fortalecer las instituciones.

No soy ingenuo. Conozco el entramado de intereses, corrupción y desaciertos que han acompañado a prácticamente todos los gobiernos colombianos desde que tengo memoria política. Ningún gobierno será perfecto, ninguno podrá satisfacer a todos y ninguno cumplirá el ciento por ciento de lo prometido.

Lo verdaderamente preocupante no siempre está en quienes gobiernan, sino en nosotros mismos cuando nos volvemos selectivos con nuestra indignación; cuando justificamos o guardamos silencio frente a los errores de quienes elegimos, aunque sean exactamente los mismos que antes criticábamos en sus adversarios.

Estoy convencido de que, si aprendiéramos a ver a nuestros gobernantes como lo que realmente son —funcionarios públicos sujetos al escrutinio ciudadano y no ídolos a quienes defender incondicionalmente—, Colombia dejaría de ser un país tan absurdamente polarizado como lo ha sido durante tantas décadas.

Por: Óscar Emilio Antolínez – oscarantolinez@gmail.com
X: @oscarantolinezc

Share This Article
Ir al contenido