El país donde el miedo siempre gana las elecciones
En Colombia las elecciones ya no parecen una competencia entre proyectos de país. Son más parecidas a esas reuniones familiares donde nadie escucha a nadie, todos hablan al tiempo y el objetivo no es convencer al primo sino impedir que el tío termine agarrando el micrófono. Al final, el ganador casi siempre es el mismo, el miedo.
Decía George Orwell que el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y el asesinato parezca respetable. En Colombia hemos decidido actualizar la frase: ahora el lenguaje político sirve para que los de siempre parezcan los nunca y para que el miedo parezca patriotismo.
Terminó otra elección presidencial. Las urnas hablaron y, como corresponde en una democracia, su decisión merece respeto. Lo que sí merece una conversación mucho más profunda son las razones que nos llevaron hasta allí. Porque una cosa es elegir un gobierno y otra muy distinta es la forma como una sociedad decide hacerlo.
Durante meses el país no discutió cómo crecer al cuatro por ciento, cómo cerrar las brechas educativas, cómo modernizar el Estado o cómo recuperar la confianza institucional. No. La conversación giró alrededor de una pregunta infinitamente más rentable ¿a quién debemos temer? Y Colombia respondió con entusiasmo.
No importa el color político. Todos encontraron un monstruo suficientemente útil para movilizar electores. La izquierda advertía sobre el regreso del establecimiento. La derecha anunciaba el fin de la República. Los unos prometían salvarnos del pasado; los otros, del futuro. Al final descubrimos que el miedo tiene una virtud extraordinaria, siempre consigue más voluntarios que la esperanza. La esperanza exige leer programas de gobierno. El miedo apenas necesita un video de TikTok.
Y así llegamos al día de las elecciones con millones de ciudadanos convencidos de que no estaban escogiendo Presidente, sino participando en el último capítulo de una serie donde el protagonista debía impedir el fin del mundo.
Confieso que siempre me ha causado curiosidad esa facilidad con la que algunos sectores convierten cada elección en el Apocalipsis según San WhatsApp. Si gana uno, expropian hasta el perro. Si gana el otro, desaparece la propiedad privada antes del desayuno. Si habla un economista, ya quebró el país. Si habla un sociólogo, ya llegó el comunismo y mientras tanto, el hueco de la esquina sigue esperando alcalde desde hace tres administraciones.
Pero quizás el premio nacional a la creatividad política lo merece una frase que escuchamos hasta el cansancio: «Llegó la hora de los nunca.» Qué hermosa consigna. Tiene poesía. Tiene épica. Tiene marketing. Solo tiene un pequeño inconveniente: la realidad.
Porque bastaba mirar dos filas detrás del atril para descubrir congresistas de cinco períodos, dirigentes reciclados, exministros de distintos gobiernos, caciques regionales, estrategas electorales que han sobrevivido a más cambios ideológicos que un camaleón en una caja de colores y personajes que llevan tanto tiempo viviendo del Estado que probablemente ya saludan por el nombre a los retratos de todos los expresidentes. Era como asistir a una convención de dinosaurios anunciando el descubrimiento de la juventud.
No deja de ser admirable la capacidad de la política colombiana para vender revoluciones con maquinaria tradicional, discursos antisistema financiados por estructuras perfectamente sistémicas y promesas de renovación construidas por quienes llevan décadas administrando la renovación. La verdadera innovación, al parecer, consiste en cambiar el logo sin tocar la empresa.
Sin embargo, reducir todo a una crítica contra quienes ganaron sería repetir exactamente el mismo error que criticamos. Porque el problema no empezó esta campaña. Llevamos años construyendo una ciudadanía que vota más por rechazo que por convicción. La pregunta dejó de ser «¿quién gobernará mejor?» para convertirse en «¿quién impedirá que gobierne el otro?». Eso no es un simple cambio de estrategia electoral. Es un cambio cultural. Y las culturas políticas enfermas rara vez producen buenos gobiernos, sin importar quién gane.
Las redes sociales terminaron de completar la obra. Los algoritmos descubrieron que la indignación mantiene cautiva nuestra atención mucho más tiempo que cualquier argumento serio. Así aprendimos a discutir con memes, a diagnosticar países con videos de cuarenta segundos y a convertir cada diferencia política en una batalla entre héroes y traidores.
La democracia perdió un detalle aparentemente insignificante, la complejidad. Todo debe caber en una consigna. Todo debe resolverse con un insulto. Todo debe dividirse entre buenos y malos. Entre patriotas y enemigos. Entre pueblo y antipueblo. Entre los puros y los impuros.
Qué descanso tan enorme debe sentir la realidad cuando termina una campaña y por fin puede volver a ser un poco más compleja que los discursos.
Desde una posición de centroizquierda sigo creyendo que Colombia necesita transformaciones profundas. La desigualdad no puede naturalizarse. La movilidad social sigue siendo insuficiente. El Estado continúa llegando tarde o nunca a millones de colombianos. Esas son discusiones reales. Pero precisamente por ser reales merecen algo mejor que campañas construidas sobre el miedo. Porque el miedo puede ganar elecciones. Lo que nunca ha demostrado es que sepa gobernar.
Gobernar exige negociar con quienes piensan distinto. Escuchar a quienes votaron en contra. Aceptar que el adversario también representa a millones de ciudadanos.
Y esa quizá sea la lección que seguimos sin aprender. Nos enamoramos de líderes que prometen derrotar al otro, cuando lo verdaderamente difícil consiste en gobernar con el otro.
Las urnas ya hicieron su trabajo. Ahora empieza el nuestro. No el de buscar culpables ni fabricar nuevos enemigos para la próxima campaña, sino el de reconstruir una conversación pública donde las ideas vuelvan a importar más que los eslóganes y donde la esperanza deje de parecer un lujo ingenuo.
Quizá el verdadero cambio que necesita Colombia no consista en elegir un nuevo mesías cada cuatro años. Tal vez empiece el día en que dejemos de buscar salvadores, dejemos de fabricar enemigos y empecemos, por fin, a exigir estadistas.
Porque las campañas pasan. Los gobiernos terminan. Pero el país que queda después de tanto miedo… ese nos toca reconstruirlo entre todos.
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Por: Faiver Augusto Segura Ochoa
X: @faiver_segura


