La primera vuelta presidencial dejó una lección que muchos equipos de campaña todavía se resisten a aceptar: en política no gana quien más ruido hace, sino quien logra convertir el descontento en una ruta emocional, territorial y comunicacionalmente coherente.
Abelardo de la Espriella no ganó la Presidencia el 31 de mayo; ganó la primera gran batalla narrativa. Llegó primero, obligó a una segunda vuelta frente a Iván Cepeda y demostró que una campaña puede acelerarse cuando entiende el clima psicológico del país mejor que sus competidores.
Su victoria no puede explicarse únicamente desde la ideología, reducirla a un giro de derecha sería una lectura cómoda, pero incompleta. Lo que ocurrió fue más profundo: una parte significativa del electorado votó por orden, autoridad, claridad y castigo simbólico a la incertidumbre.
En un país cansado de la confrontación permanente, la inseguridad cotidiana, la desconfianza institucional y la sensación de estancamiento, De la Espriella logró representar una idea simple: recuperar el control. Esa frase, aunque no siempre se diga literalmente, suele pesar más que cualquier programa técnico cuando el ciudadano siente que el Estado perdió capacidad de respuesta.
La campaña entendió un principio básico del marketing político: el elector no compra hojas de vida, compra sentido. El candidato no se presentó como administrador de matices, sino como figura de carácter. En comunicación electoral, la personalidad puede convertirse en atajo cognitivo.
Cuando el votante no tiene tiempo, interés o confianza para estudiar propuestas extensas, decide a partir de señales: tono, firmeza, gestos, enemigos discursivos, estética, símbolos. De la Espriella construyó una marca reconocible, intensa, polémica, pero fácil de identificar. En campañas, ser recordado no garantiza ganar, pero ser invisible garantiza perder.
Otro factor decisivo fue la lectura regional, Colombia no vota como una sola nación homogénea; vota como una suma de territorios con dolores distintos. La seguridad en una ciudad intermedia no se vive igual que en Bogotá, la economía informal de un municipio no se parece a la conversación académica de una capital, el miedo de un comerciante, la fatiga de un transportador, la frustración de un productor rural o la indignación de una familia que siente abandonado su barrio no caben en un mismo libreto. La campaña que conectó con esas emociones regionales tuvo ventaja sobre la que habló desde categorías nacionales demasiado rígidas.
De la Espriella también capitalizó la fragmentación previa de sectores que, aunque dispersos, compartían una demanda común: derrotar al oficialismo. La política electoral funciona por acumulación. Primero se consolida una base convencida, luego se atrae al votante útil, después se reciben adhesiones de quienes buscan estar cerca de la opción con mayor probabilidad de triunfo.
Ese efecto de viabilidad fue clave. Cuando un candidato empieza a parecer ganador, deja de ser solo candidato: se convierte en vehículo para múltiples intereses, liderazgos locales, estructuras regionales y ciudadanos que desean participar del desenlace.
Iván Cepeda llegó a la segunda vuelta con una votación robusta, pero enfrentó un problema estratégico evidente: su campaña debía defender un proyecto, administrar distancias con el Gobierno saliente y, al mismo tiempo, ampliar su audiencia hacia sectores que no se reconocen en la izquierda. Esa triple tarea exige precisión quirúrgica.
En contraste, De la Espriella pudo simplificar su mensaje. En una elección de alta polarización, quien logra resumir el momento político en pocas palabras parte con ventaja. La complejidad puede ser virtud de gobierno, pero en campaña suele ser un costo cuando no se traduce en emoción comprensible.
El triunfo de primera vuelta también mostró la fuerza del contraste, toda campaña necesita un adversario, no solo un competidor. El adversario permite ordenar el relato, fijar prioridades, movilizar emociones, justificar alianzas. De la Espriella convirtió la elección en un plebiscito sobre rumbo, carácter y autoridad.
Cepeda, por su parte, quedó obligado a demostrar que podía ser más que continuidad, más que resistencia, más que identidad ideológica. Ese será el punto crítico de los trece días: quién logra hablarle al elector que no milita, no marcha, no discute en redes, pero sí vota cuando siente que algo importante está en juego.
Ganar la Presidencia en trece días no significa improvisar. Significa ejecutar con disciplina. La segunda vuelta se gana con tres movimientos: ampliar sin desdibujarse, sumar liderazgos regionales sin entregar el mensaje, hablarle al centro sin despreciar la base. Ninguna campaña puede crecer si solo conversa con los convencidos.
Tampoco puede vencer si traiciona la emoción que la llevó hasta allí. El desafío de De la Espriella será moderar el tono sin perder fuerza. El de Cepeda será ampliar confianza sin parecer calculado. Ambos necesitan territorio, vocerías creíbles, agenda clara y control absoluto de errores.
La gran enseñanza para consultores, candidatos y partidos es contundente: Colombia no está votando únicamente por ideologías, está votando por percepciones de futuro. Quiere seguridad, empleo, autoridad legítima, resultados, presencia estatal y menos discursos circulares. Quien entienda esa mezcla podrá ganar más que una elección; podrá construir gobernabilidad. El 31 de mayo no eligió Presidente, pero sí reveló el mapa emocional del país.
En trece días no se inventa una campaña ganadora; se corrige, se concentra, se disciplina. De la Espriella ganó porque leyó mejor el momento, ahora deberá demostrar que también puede gobernarlo. Porque una cosa es ordenar la indignación en las urnas, otra distinta es convertir esa energía en confianza nacional, acuerdos mínimos, gabinete sólido, presencia regional efectiva y resultados tempranos, sin perder la conexión ciudadana que abrió esta oportunidad histórica.
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Por: María Fernanda Plazas Bravo – X: @mafeplazasbravo
Ingeniera en Recursos Hídricos y Gestión Ambiental
Especialista en Marketing Político – Comunicación de Gobierno


