Confesiones de un solitario

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¿En qué momento se llegó a tener tantos años y a vivir tan poco? ¿En dónde está la vida que nos dicen que tenemos que vivir y por azarosos artilugios de cosas insostenibles e inexplicables no vivimos? ¿Estamos viviendo la vida que queremos vivir? ¿O para quién estaremos viviendo? ¿Es la vida algo que no se explica por más que se viva? ¿En qué momento empezamos a vivir nuestra arrebatada vida?

Sí, querida lectora, te comparto con esa nostalgia funcional alguna reflexión que me ha acompañado durante varios días, me la imaginé en medio de las palabras de Cortázar, en el intersticio de una coma de Borges, en una maquinación de Lovecraft, en una psiquiátrica palabra suicidad de Pizarnik, o al final de un relato de Poe o en presencia de un asesinato de Stefan Zweig, me la imaginé transfigurada en el sudor fugaz de los amantes que tienen que verse a hurtadillas debido a la moral ignominiosa de las sociedades burguesas, en la arena de un mar presuntuoso y silencioso que cubre los pies de un navegante ofuscado y atemorizado de tantas tempestades, la vi instaurada en una poema de Roque Dalton vociferando “te amo. En ti establezco mi derecho a amar por sobre todas las cosas”, o en una canción de Silvio Rodríguez que empiece diciendo “estoy buscando una palabra en el umbral de tu misterio”, suelo perderme hojeando libros de mi anticuada biblioteca, me recalco que La Maga es una reencarnación literaria y que su invención suscita a pensarme rústicamente en Pigmalión construyendo como un dios taciturno a su Galatea.

En estos sentidos, aplico con vehemencia una pausa, pienso en el café postergado, en los abrazos vacíos, en el sexo sin placer, en los bailes sin parejas, en los duelos a muerte, en la sangre derramada en esta infame sociedad, en la abuelita que ya no nos acompaña, en el bolero con sabor a tristeza, en la cama que se llena de ausencias, en los libros polvorientos, en los gatos durmientes, en las calles roídas de olvidos, en las ansiedades que son como puentes abismales en donde el trayecto nunca se acaba, en lo no dicho, pienso en la mirada penetrante, en el fusil lleno de pólvora en medio de un fusilamiento, en el ladrido de un perro nauseabundo, en los pasos sepulcrales de un vagabundo, acto seguido me distraigo en sus palabras que circulan por mis oídos, como estrellas titilan en la hondura de las memorias subversivas y como choques universales, centellan el cielo de dicotomías ínfimamente ancladas a lo que no tiene nombre, como Vicente Huidobro en su Altazor, indago en la genealogía de tu respirar y en la antropología de tus pasos, me llevas al poema en donde escribe “mujer, el mundo está amueblado por tus ojos. Se hace más alto el cielo en tu presencia. La tierra se prolonga de rosa en rosa.

Y el aire se prolonga de paloma en paloma”, ¿acaso eso es parte del vivir? ¿Las confesiones son formas de arrebatarle algo a la muerte? ¿De esto se trata el querer vivir? Para finalizar, me derrumbo ante el altar de sus designios, con idílicas pócimas de tangos y boleros, espero algún día estar respirando en las cordilleras de sus poros y bailando sostenido por sus manos Triunfamos del Trío Los Panchos, no la entretengo más, sigo por ahí, escurridizo de su presencia, si acaso algún día, sin querer, como Rayuela, “andar sin buscarnos, sabiendo que andamos para encontrarnos”.

Se despide con un nerviosismo infame, Henry.

Por: Henry Fabián Vásquez Gutiérrez

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