La tensión nacional, a raíz de la segunda vuelta para elegir al próximo presidente de Colombia, seguramente no había estado tan elevada desde hace muchos años. Y no es para menos. Se enfrentan dos fuerzas políticas que se han venido consolidando con el paso del tiempo y que hoy se identifican claramente como la izquierda y la derecha.
Los partidos tradicionales, aquellos que durante décadas dominaron la vida política del país, han perdido vigencia, capacidad de convocatoria y, sobre todo, vocación de poder. En otros tiempos se habrían enfrentado liberales y conservadores; hoy, esa realidad pertenece a la historia.
Entiendo que el miedo ha sido un factor determinante en la estrategia utilizada para conquistar o conservar el poder. Por un lado, el temor a que los grupos armados ilegales, las disidencias y otras organizaciones criminales continúen fortaleciéndose y pongan al país en una situación semejante a la vivida durante algunos de los periodos más difíciles de nuestra historia reciente.
Por el otro, el miedo a un gobierno que privilegie exclusivamente a los grandes grupos económicos, profundice las desigualdades y desconozca las necesidades de quienes diariamente luchan por construir un mejor futuro para sus familias.
Las campañas han sabido interpretar esos temores y convertirlos en herramientas de persuasión política. Cada sector presenta al otro como una amenaza para la estabilidad nacional. Mientras unos advierten sobre el riesgo de perder la seguridad y el orden institucional, otros alertan sobre la posibilidad de retroceder en derechos sociales y oportunidades para los sectores más vulnerables.
Los colombianos nos hemos dejado conducir, poco a poco, por esos sentimientos. Los medios de comunicación han contribuido a moldear la percepción colectiva, mientras las redes sociales amplifican discursos, emociones y narrativas que, en muchos casos, terminan imponiéndose sobre los hechos. Nunca antes había sido tan fácil acceder a la información, pero tampoco había resultado tan complejo distinguir entre la verdad, la opinión y la manipulación.
Lo cierto es que este domingo los colombianos acudiremos a las urnas para elegir a quién gobernará el país durante los próximos cuatro años. Y aunque existe una tercera opción, representada por el voto en blanco, esta parece perder fuerza frente a la marcada polarización que hoy divide a buena parte de la sociedad.
El domingo pasado, durante la homilía, el sacerdote compartió una reflexión que considero pertinente en este momento: “Vivamos la oportunidad que nos ofrece la democracia y acudamos a los puntos de votación; pidámosle al Espíritu Santo que nos ilumine para tomar la mejor decisión y elijamos a conciencia”.
Más allá de las preferencias ideológicas, de las simpatías partidistas y de los temores que se han sembrado desde distintos sectores, el verdadero desafío consiste en ejercer el voto con responsabilidad. La democracia no se fortalece cuando elegimos movidos por el odio o el miedo, sino cuando lo hacemos guiados por la razón, la esperanza y el deseo sincero de construir un mejor país.
El lunes, cuando la contienda haya terminado y los resultados sean definitivos, Colombia seguirá siendo la casa común de todos. Entonces será necesario entender que ningún gobernante podrá sacar adelante a la nación sin el concurso de una ciudadanía capaz de dialogar, respetar las diferencias y anteponer el interés colectivo a las pasiones políticas del momento.
—
Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X: @Hufercao04


