Votar por la vida no es votar con los ojos cerrados

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He decidido votar por la vida. Y lo digo sin vergüenza, sin rabia ni fanatismo. Lo digo desde mi condición de médico, ciudadano, padre, habitante de esta tierra y alguien que ha visto demasiadas veces cuán frágil puede ser la existencia humana cuando la política se olvida del cuidado.

Votar por la vida no significa aplaudir todo ni cerrar los ojos ante los errores del gobierno actual. Sería deshonesto negar la improvisación, la soberbia, la mala ejecución, las promesas incumplidas, las contradicciones internas y esa tendencia tan nuestra a confundir el discurso con la realidad. El país no se transforma con discursos encendidos ni con diagnósticos brillantes si las soluciones no llegan a los territorios, a los hospitales, a las escuelas, a las familias y a las regiones olvidadas. Pero una cosa es criticar con responsabilidad y otra muy distinta es entregar la conciencia al resentimiento.

Como médico, aprendí que toda vida merece cuidado. La del niño que nace en una vereda sin agua potable, la mujer que teme caminar sola, el campesino que defiende su tierra, el joven sin oportunidades, el paciente pobre que espera una cita imposible y el que piensa distinto, ama distinto, cree distinto o vive en los márgenes de una sociedad que todavía excluye demasiado.

Por eso, mi voto no puede separarse de mis convicciones éticas. La defensa del medio ambiente no es una consigna romántica ni una moda progresista; es una obligación moral. Sin agua, sin bosques, sin biodiversidad, sin aire limpio, no hay salud posible. Un país que destruye su territorio termina enfermando su cuerpo colectivo, y los médicos sabemos que, cuando se ignoran los síntomas, la enfermedad avanza.

También creo que la forma en que tratamos a las minorías revela la verdadera estatura moral de una democracia. Defender sus derechos no es otorgar privilegios, sino reconocer dignidad. Una sociedad justa no se mide por la comodidad de los poderosos, sino por la protección que ofrece a quienes han sido históricamente silenciados.

Ahora bien, precisamente porque creo en la democracia, no puedo aceptar liderazgos que convierten la política en espectáculo, insulto y agresión. No me representa un estilo público basado en la arrogancia, la misoginia, la violencia verbal, el clasismo o la burla hacia quien piensa diferente. No puedo confiar en quien parece confundir firmeza con prepotencia, carácter con matoneo, liderazgo con vanidad y patriotismo con servilismo ante poderes externos.

Me preocupa una política que admira sin pudor los gestos autoritarios, que se disfraza de elegancia mientras desprecia lo popular, que habla de orden pero alimenta la rabia, que invoca la libertad mientras reduce la dignidad humana a una mercancía electoral.

Colombia necesita crítica, no odio; necesita memoria, no venganza; necesita autoridad democrática, no caudillos de micrófono; y necesita líderes capaces de reconocer errores, escuchar al contradictor y cuidar la palabra.

Mi voto será imperfecto, como toda decisión humana, pero será un voto consciente, por la vida, por la tierra, por quienes han sido excluidos. Un voto crítico, sí, pero también esperanzado. Porque en tiempos de ruido, votar también puede ser una forma de cuidar.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatic

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