«Padre: perdónalos porque no saben lo que hacen»

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Jesús llegó a este mundo como un revolucionario, a predicar mediante los evangelios una doctrina moral y ética que lo hizo tan grande que quienes lo seguimos hemos encontrado en él y en sus enseñanzas una guía para comprender la naturaleza humana, los fines para los que hemos venido a este mundo y, sobre todo, la forma en que él mismo demostró lo que significa llevar una vida cristiana.

Jesús no fundó la Iglesia católica ni ninguna de las denominaciones cristianas que hoy explotan la fe de incautos, quienes creen que, dando el 10% a esta “empresa de la fe”, salvarán sus pecados al financiar a pastores que llevan una vida de banalidad y ostentación, muy contraria a los mandatos de una vida cristiana.

Los evangelios, que tampoco fueron escritos por él, constituyen una recopilación de sus enseñanzas redactadas por discípulos que vivieron con él o incluso por algunos que posteriormente se volvieron cristianos y escucharon sus palabras. Son una muestra viva de la profundidad de su mensaje y de la vigencia que conserva en tiempos como los que hoy nos embargan.

Una de las primeras enseñanzas que nos da es la importancia del perdón. Cuando Pedro le preguntó: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?» Jesús no aplaudió a Pedro por estar dispuesto a perdonar hasta siete veces. ¡No! Le respondió: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18:21-22).

Además, en la cruz, luego de todos los tormentos infligidos en cuerpo y mente contra el Salvador, su respuesta fue: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Jesús es testimonio vivo del perdón, de la coherencia entre palabra y hechos y, sobre todo, de una verdadera fe que está lejos de justificar la violencia contra sus propios hermanos.

El servicio a los demás y la caridad son también valores enseñados por Jesús. Él instruyó claramente a sus discípulos que cualquiera que desee ser el primero, grande o importante, «debe ser el último de todos y el servidor de todos» (Marcos 9:35).

Por eso, fue el primero en dar ejemplo. Antes de la última cena con sus discípulos, Jesús les lavó los pies, mostrando humildad y servicio (Juan 13). La pregunta es: ¿qué tan serviciales somos?, ¿Qué tanto estamos dispuestos a entregarnos al otro, a servir sin esperar ser servidos? Esa es la verdadera vida del cristiano.

Un gran mensaje de Jesús se resume en el sermón de la montaña, mediante las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Son los pobres, los que lloran, pues ellos serán consolados; los humildes, pues ellos heredarán la tierra; los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Cuántas mujeres, hombres, ancianos y niños sufren en nuestro país, y cuántas veces corremos a su socorro, a su auxilio, a su consuelo.

Jesús nos recuerda que son bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia; los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios; los que procuran la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

En un país dividido, Jesús es un verdadero referente para que entre todos busquemos la paz primero en nuestros corazones, luego en nuestro hogar y finalmente en nuestra comunidad, que hoy clama por orientación moral, pues se ha dejado llevar por el odio, las disputas políticas e incluso religiosas, en un país que se precia de ser laico y respetuoso, en rango constitucional, de las diferencias de credo.

Son bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Aquí se entiende a todos los justos que son juzgados por la justicia humana y exonerados por la justicia divina, que no se queda con nada.

Es por ello que debemos confiar en seguir divulgando la palabra sin miedo, pues seremos bienaventurados aunque seamos insultados, perseguidos y se diga todo género de mal contra nosotros falsamente, por causa de anunciar el mensaje.

El Maestro Jesús nos recuerda que debemos regocijarnos y alegrarnos, porque la recompensa hacia nosotros estará en los cielos. Si en el mundo persiguieron a los profetas que fueron antes que nosotros, a nosotros no nos esperará menos.

Por: Alfredo Vargas Ortiz
Abogado Universidad Surcolombiana, Magíster
Doctor en Derecho Universidad Nacional de Colombia
Director del Grupo de Investigación Derecho Internacional de Paz

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