Reescribir la historia

Reescribir la historia

La protesta tiene formas y éstas preferiblemente deberían corresponder a la situación que la genera; así como cada patología tiene pertinente tratamiento. Si no hay proporcionalidad en el reclamo, el resultado termina siendo un desastre, generalmente irreparable.

Varias décadas de lucha armada, en momentos en que la población no la apropió como suya, afianzaron el control político de unas minorías al servicio del poder imperial.

Las manifestaciones de descontento de estos días obliga una reflexión, un esfuerzo de análisis; de lo contrario terminaremos como los llamados “primera línea”, que relegaron su imagen de resistencia en una caricatura adoptando actitud y disfraz que copia la indumentaria de sus contendores del ESMAD: capucha, escudo y molotov para sustituir balas de gas y proyectiles criminales.

Contrasta con la idoneidad del Comité Nacional de Paro que en el momento oportuno tomó la decisión de convocar a la movilización y luego frente a su mengua optó por interrumpirla, para acercarse a la población y explicar el pliego de emergencia.

Las manifestaciones de descontento dejaron en evidencia, entre muchas cosas, que no nos gusta la historia que nos han contado, pero ésta no se reescribe tumbando estatuas, así como la fe de los creyentes no se elimina empleando los mismos patrones de violencia que utilizaron quienes la impusieron. Las verdades que queremos deben ser fruto de nuestro libre discernimiento, no de la coacción o la imposición así sea en nombre de la libertad o de nuestro beneficio.

Las representaciones del pasado nos lo recuerdan, con sus gozos y sus dolores; cómo interpretarlo depende de nuestra mirada, la historia debe reescribirse por supuesto, pero a base del esfuerzo de estudiarla, de escudriñar en cada rendija los hechos para catalogarlos y encontrar respuestas; no se despacha simplemente con negar, sin explicar, acudiendo a la furia y prescindiendo de la persuasión.

Quien pretenda una nueva narrativa apelando a los métodos coercitivos que usaron los que la escribieron terminarán fracasando, la única manera de que sobreviva y tome arraigo entre los pueblos es redactando con la voz de los desdeñados, de los anónimos protagonistas de las veredas en los campos y de los barrios en la urbe segregada.

Hay que moldear nuevas figuras, que encarnen imaginarios válidos, que identifiquen los propios pueblos, no prestados. Escribir textos inéditos, con la interpretación que reivindique a quienes fueron olvidados, humillados, a pesar de que fueron sus artífices naturales.

Dibujar formas y figuras que plasmen las imágenes que nos negaron del pasado y las que esperamos en el futuro. No conviene quedarnos únicamente con los sonidos del ayer, con ellos y otros más se trazan los pentagramas de la música del mañana. La única forma congruente de desechar vetustas construcciones es edificando sobre ellas, no puede darnos satisfacción quedarnos con sus ruinas.

Pretender borrar la memoria que se redactó en el lenguaje al que tenemos que acudir para construir nuevos relatos es un exabrupto, es porfiar en esconder una realidad objetiva que ya es inherente a nuestra cotidianidad.

No se trata ni siquiera de odiar o perdonar, la única catarsis posible radica en comprender el momento, circunstancias que difieren del presente, realidades que son inalterables porque es imposible regresar en el tiempo para cambiarlas; debemos aprender de ellas para corregir los errores que nos mantienen en una sociedad que continúa discriminada.

No es suficiente comprender que la historia está escrita por los vencedores y es injusta con los vencidos, la única manera eficaz de desagraviar es cambiando la vida de los sometidos; construir con ellos una sociedad justa, mantener la esperanza.

Cuando se pretende destruir algo que no nos parece es imprescindible aproximarnos con claridad a lo que vamos a construir, siempre es más difícil hacer que deshacer, de otra forma daríamos un salto al vacío.

Así como la riqueza de la naturaleza reside en su diversidad, igual ocurre con la sociedad. La torre de Babel no es necesariamente una figura de discordia como se ha mostrado en la cultura cristiana, es la imagen de una abundante complejidad de lenguas que expresan mundos e ilusiones diferentes que se aíslan y se mezclan para crear universos nuevos en constante movimiento, frustrando o superando de manera ininterrumpida la viabilidad de la especie tal y cual como en la evolución, en medio de poderosos cataclismos.

El desorden que se vive en estos días en nuestra nación, puede ser una oportunidad para romper con la aparente fractura entre dos bandos; varias opciones electorales se abren para el 2022, es posible que en mucho tiempo no se presente un panorama tan propicio para tomar decisiones que alteren positiva o negativamente nuestro futuro; los llamados a decidirlo deben considerar con responsabilidad las propuestas que desde diversos sectores se desprenden, diferenciar sus matices y medir las consecuencias de su aplicación en la reconstrucción de nuestro derruido aparato productivo agravado por la pandemia.

Urge medidas que rectifiquen el rumbo de los últimos tres decenios, proteger nuestra economía para recuperar la industria y el agro que brinden alternativas laborales y oportunidades de ingreso para millones en paro forzoso.

Persistir en lo mismo no es una opción, pero los derechos no se ganan simplemente por decreto, es responsabilidad de cada uno y de todos actuar para que así sea, requiere esfuerzo y persistencia, una acción colectiva.

Definitivamente la vida de las naciones solo cambia cuando sus pueblos modifican su manera de pensar y se deciden a romper con las ataduras del pasado, es tiempo de hacerlo y escribir una nueva historia.

Por: Libardo Gómez Sánchez – libardogomez@gmail.com
Twitter: @libardogomezs



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