Cada semana, al sentarme frente a la computadora para escribir mi columna, me hago una pregunta a veces compleja: ¿para qué sirve realmente un columnista? No creo que su función sea dictar verdades, repartir certificados de autoridad ni convertir su opinión en una sentencia. Un columnista interpreta la realidad, propone preguntas, conecta hechos y ofrece una mirada personal sobre asuntos que afectan a la sociedad. Su tarea no es decirle al lector qué pensar, sino invitarlo a pensar mejor.
Pero opinar en público no es un acto inocente. Una columna puede orientar, confundir, polarizar, reparar o dañar; las palabras tienen consecuencias, especialmente cuando quien escribe posee reconocimiento profesional, académico o social. Por eso, la libertad de expresión no puede entenderse como permiso para afirmar cualquier cosa sin sustento. Esto exige responsabilidad.
Como cirujano, aprendí que una decisión mal informada puede afectar la vida de una persona. En el periodismo de opinión, aunque las consecuencias no siempre sean inmediatas, también existe un deber de cuidado. Verificar datos, contrastar fuentes y distinguir con claridad entre hechos, interpretaciones y creencias no es una concesión; es una obligación ética. El columnista no necesita ser experto en todos los temas, pero sí debe reconocer los límites de su conocimiento y evitar presentar con seguridad aquello que no ha comprobado.
También debe revisar sus propios sesgos. Todos los tenemos, provienen de nuestra historia, educación, ideología, profesión, temores y privilegios. El problema no es tener sesgos, sino ignorarlos o esconderlos detrás de una supuesta objetividad. Un columnista honesto debe preguntarse qué está dejando de lado, a quién no está escuchando y desde qué posición está juzgando. La autocrítica no debilita una opinión; la hace más confiable.
¿Debe entonces escribir solo sobre su nicho? No necesariamente. La sociedad necesita voces capaces de tender puentes entre disciplinas y experiencias. Sin embargo, salir del terreno propio exige mayor rigor, humildad y disposición para aprender. No basta con opinar porque se tiene una tribuna; tener una columna no convierte a nadie en autoridad universal.
El compromiso ético de un columnista implica no manipular, no difamar, no tergiversar ni aprovechar la visibilidad para alimentar prejuicios. También implica corregir cuando se equivoca, admitir las incertidumbres y evitar la tentación de escribir únicamente para complacer a su audiencia. Una columna valiosa no siempre confirma lo que el lector piensa; a veces lo incomoda, lo cuestiona y lo obliga a mirar desde otro ángulo.
Ser columnista es ejercer una forma de ciudadanía pública. Es asumir que la palabra puede contribuir a una conversación más madura o degradarla; escribir opinion no es hablar desde un pedestal, sino entrar al debate con argumentos, evidencia, honestidad y respeto.
La verdadera autoridad no nace del cargo ni de la firma, sino de la coherencia entre lo que se dice, la forma en que se sustenta y la responsabilidad con que se escribe. Porque una democracia saludable necesita opiniones firmes, pero también ciudadanos dispuestos a escuchar, contrastar, dialogar y rectificar.
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Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
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