“Pues que ojala la JEP haga algo”

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Carlos Peña, había nacido en Donmatías, Municipio de Antioquia. Terminó en el Huila porque le ofrecieron trabajo en una de las empresas radicadas en Neiva por allá en 1997.

Cuando se iban a venir para Neiva su esposa Rosa Cecilia Jaramillo, con quien llevaba más de quince años de casados y habían tenido tres hijos, le dijo que mejor buscara trabajo en su amada Medellín.

Al final la oferta de trabajo y la certeza de las obligaciones filiales, los obligaron a venirse Neiva, pues nada más cierto para los hombres que aquella sentencia de los griegos según la cual “la necesidad, es una diosa cruel”.

Durante casi cuatro años Carlos trabajó para una empresa que a principios del año 2001 cerró sus puertas porque sus dueños, ante la vecindad de la zona de distención y los problemas de orden público del Huila decidieron mover sus operaciones para Bogotá, por lo cual, llegó el desempleó.

El sábado 28 de agosto de 2004 Carlos le dijo a su esposa que acompañaría a Jeofrey Palacios y Hernando Salgado, dos amigos suyos, a hacer un trabajo de obra en una casa en Campoalegre a 35 minutos de Neiva, cuando se despidió de Cecilia y abordó un taxi con sus dos conocidos, ella no pensó que sería la última vez que vería con vida a su esposo.

A las seis de la mañana del domingo 29 de agosto de 2004 recibió una llamada que cambiaría el destino y la vida de ella y sus tres hijos.   Hernando Salgado la llamó desde el celular del conductor de un camión y le dijo que a su esposo y a Jeofrey Palacios los había matado el ejército, cerca del basurero del Municipio de Hobo.

Ella desesperada, junto a su hijo mayor que en esa época tenía solo 17 años se fue con un familiar en busca de su esposo, y efectivamente se encontraron con la noticia que supuestamente el ejército había dado de baja a dos piratas terrestres cuyos cuerpos estaban por los lados del basurero de Hobo.  Los únicos piratas terrestres que roban en un basurero.  Las cosas que se ven en esta vida-

Ella desde que llegó al sitio donde estaba el cadáver de su esposo se armó de valor y comenzó a gritar a los cuatro vientos que a su esposo lo había matado el Ejército Nacional.

Los militares involucrados en el crimen tuvieron varios problemas con el falso positivo;  el primero que había un testigo que había sobrevivido al asesinato.  El segundo, que inexplicablemente la esposa de uno de los muertos había llegado al sitio del crimen, y el tercero, que una valerosa médica rural de nombre Carolina Cedeño que hacía poco había terminado sus estudios de medicina en la Universidad Surcolombiana, a pesar de las presiones de los militares, se negó a dejar de consignar en el informe de necropsia que había rastros de quemaduras de pólvora en las heridas de arma de fuego.

Casi al mediodía del domingo cuando llegó la Fiscalía y el CTI a hacer el levantamiento del cadáver le dejaron a Rosa Cecilia ver el cuerpo de su esposo, que estaba irreconocible con múltiples golpes en la cara.  Al parecer, los militares lo golpearon después de muerto para evitar que ella lo reconociera.  Se necesitó de la carta dactiloscópica para tal fin.

Y comenzó el viacrucis de Rosa Cecilia con la justicia colombiana.

Hizo antesala a autoridades que antes de atenderla le decían abiertamente que si venía a preguntar por el caso de los guerrilleros del basurero.  Asesorada por la Defensoría del Pueblo de Neiva se hizo con las certificaciones de trabajo de su esposo que demostraba que durante 22 años había servido para diferentes empresas de vigilancia privada en Medellín y Neiva, quien además tenía varios cursos certificados por la Supervigilancia de Colombia.

Cargaba debajo del brazo el “pasado judicial” que su esposo había sacado en las oficinas del DAS de Neiva 22 días antes de ser asesinado, porque era el primer papel que le pedían en las entrevistas para ser vigilante privado y que probaba que Carlos no había tenido ningún lio con la justicia.

Y tenía que cargar el papelito del DAS porque el primer folio del expediente en la investigación de la muerte de su marido, era una noticia de un diario regional del Huila que señalaba como el Ejército Nacional había dado un certero golpe contra una estructura criminal ligada a la Columna Teófilo Forero de las FARC.

Después de casi un año, en el cual no hubo investigación, apareció en su casa Hernando Salgado con una declaración extrajuicio hecha en la Notaria Segunda de Girardot donde contaba en detalle el horroroso crimen.

Como, entre Neiva y Campoalegre se subió una persona al taxi que parece que los drogó con burundanga y que cuando él volvió en conciencia, fue porque escuchó los disparos que habían matado a Héctor y a Carlos, su esposo.

Contaba en su declaración que él se “aventó” por una alambrada en medio de las balas de los militares de las cuales inexplicablemente solo una bala le impacto en el hombro izquierdo. Y cuenta que lo que lo salvó fue que se tiró en medio de la basura por casi seis horas.  La basura fue el único sitio en que no lo buscaron los militares.  Cuando pudo, salió corriendo hacia la carretera y fue recogido por un motociclista que lo llevó hasta Hobo en donde se subió en el tráiler de un camión de carga que lo transportó hasta la Dorada Caldas donde entró de urgencias medio muerto con una herida de bala infectada que lo tuvo cinco semanas hospitalizado.  Por miedo, dijo en el Hospital que lo habían robado.

Conforme Cecilia se apareció en la Fiscalía con la declaración del testigo del crimen y la promesa del testigo de que declararía bajo juramento lo sucedido, ella y su familia empezaron a recibir amenazas, así que sus tres hijos se fueron de Neiva.

Casi al mismo tiempo, la doctora Carolina Cedeño que había elaborado la necropsia fue amenazada de muerte cuando salía de su trabajo en una clínica privada de la ciudad de Neiva por una persona que era indudablemente un militar, quien le entregó en un sobre cerrado una foto de la casa donde vivía ella, su hermano y sus padres, en el Barrio Granjas de Neiva.

Cuando Carolina llegó a su casa aterrorizada contó a su papa lo sucedido. Las palabras de su padre jamás las ha podido olvidar “mijita  a esa gente no le cuesta nada matarla se va esta noche pa´ donde su tía en Bogotá y me obedece en lo que se va a hacer”.  En menos de una semana su papá vendió todo el ganado que tenían en una finca la vereda Morro Briceño del Municipio de Paicol, y con el dinero de la venta tramitó una visa para salir del país.

Cuenta la Doctora Cedeño que cuando su papá la despidió en El Dorado en Bogotá le dijo, “este país ya no es hogar para mijita, por acá no vuelva, no se preocupe que cuando haya forma su mama, su hermanito y yo vamos a verla”. Volvió a Colombia once años después para enterrar a su padre, quien murió de cáncer.

En el país que vive no puede ejercer la medicina, pero cuando se le pregunta si extraña su patria, dice que extraña la profesión por la que se sacrificó tanto, sus amigos, sus primos, el tamal, los parajes de la finca que visitaba de niña con su papá y el San Pedro.  Pero que en un país donde los militares se dan el lujo de amenazar a la gente de ese modo, es mejor no vivir;  muerto su papá vendieron los bienes familiares y se llevó a su madre y hermano menor a vivir fuera de Colombia, con la promesa de no volver jamás. La denuncia por amenaza que instauró en Bogotá antes de salir del país, contra uniformados del Ejército Nacional fue archivada al poco tiempo.

A pesar de lo sucedido, el conflicto de competencia planteado por los defensores de los militares, quienes alegaban que el caso debía ser conocido por la Justicia Penal Militar,  duro más de cinco años en resolverse, pues como sucedió en ese tipo de crímenes, aquí también se simuló un combate.

Cecilia y sus hijos contrataron un abogado que presentó un proceso que pretendía la indemnización de perjuicios contra el Estado, en el cual, Hernando Salgado ante el Juez Segundo Administrativo del Circuito de Neiva, declaró el horror de lo sucedido.  Siete meses después de dar su testimonio murió asesinado en el barrio panorama de Neiva, en hechos que tampoco han sido esclarecidos, en lo que parece ser fue un atraco por un celular que no valía nada.

A pesar de la declaración de Hernando Salgado el pleito se perdió porque Tribunal Contencioso Administrativo del Huila consideró que no había pruebas sufrientes para concluir la responsabilidad patrimonial del estado.

Muerto el testigo principal, solo la amenaza de poner el caso en conocimiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, por lo que es una evidente negación de justicia,  llevaron a convocar a audiencia de formulación de acusación a dos suboficiales y un soldado profesional de una compañía de 35 militares, vinculados al Batallón Pigoanza de Garzón en la época de la muerte de Carlos.

En al audiencia convocada por el Juzgado Quinto Penal del Circuito de Neiva muy seguramente lo tres militares por la muerte Carlos Peña y Jeofrey Palacios, les sería dictada medida de aseguramiento, más de quince años después de perpetrado el crimen.

Iniciada la audiencia Rosa Cecilia y a sus hijos fueron notificados por el Juzgado que no se podía llevar a cabo la diligencia judicial, pues los acusados se habían acogido voluntariamente a la Jurisdicción Especial para la Paz, por lo cual el juez perdía competencia para llevar a cabo cualquier diligencia y para conocer del proceso.

Al concluir la diligencia judicial virtual, que no duró más de 15 minutos, con lágrimas en los ojos Rosa Cecilia solo pudo decir “pues que ojala la JEP haga algo”.

Los colombianos le legamos a la humanidad un nuevo tipo de crimen.  La muerte de un inocente, pobre y marginado,  que se hace pasar por un combatiente a manos del ejército y de los soldados que tenían el deber constitucional y legal de protegerlo.  Lo que pasó con estos inocentes en Colombia, aun no hay palabra que lo defina.

(Los hechos corresponden a la realidad. Por su petición se modificaron los nombres de las víctimas, incluida la Médica).

Por: Juan Pablo Murcia Delgado – murciajuanpablo@gmail.com
Twitter: @jpmurciadelgado

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