Cada generación ha tenido su gran revolución tecnológica. La imprenta transformó el acceso al conocimiento; la radio y la televisión cambiaron la manera de informar; internet eliminó las fronteras para compartir información; hoy, la inteligencia artificial está redefiniendo la forma en que aprendemos, trabajamos y tomamos decisiones. Sin embargo, cada vez que surge una nueva tecnología, aparece el mismo temor de que sea la responsable de nuestros problemas.
Se culpa a las redes sociales de la polarización, a la inteligencia artificial de la desinformación y a los algoritmos de la pérdida del pensamiento crítico. Aunque estos factores desempeñan un papel importante, el problema de fondo es otro; la tecnología no sustituye el criterio, solo amplifica el que ya tenemos.
Un bisturí puede salvar una vida o causar un daño irreparable; la diferencia no está en el instrumento, sino en quien lo utiliza. Lo mismo ocurre con un teléfono inteligente, una red social o un modelo de inteligencia artificial.
Como cirujano, nunca he pensado que la tecnología deba reemplazar el juicio clínico. Una tomografía, un robot quirúrgico o un algoritmo diagnóstico ofrecen información valiosa, pero la responsabilidad de interpretar esa información sigue siendo profundamente humana. La medicina continúa siendo un ejercicio de discernimiento. En la vida pública sucede exactamente lo mismo.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil distinguir entre un dato, una opinión y una mentira cuidadosamente construida. Las redes sociales han democratizado la palabra, cualquier persona puede comunicar una idea en segundos y llegar a millones de personas; eso representa una enorme oportunidad para la democracia y el conocimiento, pero también significa que la calidad de la conversación pública depende menos de la tecnología y más de la capacidad de quienes la utilizan para analizar, verificar y cuestionar la información.
La desinformación no prospera únicamente porque existan plataformas digitales. Prospera cuando falta pensamiento crítico y esto nos lleva a preguntarnos: ¿quién está formando ciudadanos capaces de pensar por sí mismos?
Como educador, esta inquietud me preocupa profundamente; durante décadas nos hemos concentrado en enseñar contenidos, memorizar conceptos y aprobar exámenes, pero el mundo actual exige una competencia distinta; aprender a evaluar evidencias, reconocer sesgos, contrastar fuentes y aceptar que cambiar de opinión, cuando aparecen mejores argumentos, no es una debilidad sino una fortaleza intelectual.
La alfabetización digital ya no consiste únicamente en saber utilizar un computador o navegar por internet, consiste en desarrollar criterio.
Es comprender cómo funcionan los algoritmos, identificar la manipulación emocional, distinguir la evidencia de la propaganda y reconocer cuándo una afirmación necesita ser verificada antes de compartirla. Esta es, probablemente, la nueva educación cívica del siglo XXI.
La tecnología seguirá evolucionando a una velocidad que difícilmente podremos anticipar; llegarán herramientas más potentes, algoritmos más sofisticados y sistemas capaces de producir textos, imágenes y videos prácticamente indistinguibles de la realidad. No podremos detener esa transformación, ni tendría sentido intentarlo; lo que sí podemos hacer es formar mejores ciudadanos, capaces de preguntarse antes de creer, de verificar antes de compartir y de pensar antes de reaccionar.
Porque el futuro no dependerá únicamente de la inteligencia artificial, sino, sobre todo, de la inteligencia humana con la que decidamos utilizarla.
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Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
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