La primera vuelta presidencial de 2026 dejó una lección inquietante: las democracias no solo pueden deteriorarse por la acción de los gobernantes, sino también por el agotamiento de los ciudadanos.
El triunfo de Abelardo de la Espriella en la primera vuelta no puede entenderse únicamente como una adhesión masiva a sus ideas. Es, en gran medida, un voto de castigo. Castigo contra un país atrapado entre dos grandes polos de poder: el petrismo y el uribismo.
Castigo contra la polarización permanente, los escándalos, las promesas incumplidas y la incapacidad de construir consensos. La historia política demuestra que cuando las sociedades se cansan de los partidos tradicionales suelen buscar figuras que se presentan como outsiders. El problema es que no todos los outsiders son reformadores, algunos son simplemente populistas más eficaces.
De la Espriella ha construido su imagen alrededor de la idea del hombre fuerte, exitoso, capaz de «poner orden»; medios internacionales lo comparan con líderes de derecha radical y destacan su discurso de mano dura y su estrategia de comunicación basada en el espectáculo político. Sin embargo, resulta difícil sostener la narrativa de outsider cuando hablamos de una figura que durante años ha estado vinculada a las élites económicas, jurídicas, políticas y corruptas del país.
Un outsider desafía al sistema desde afuera; un miembro privilegiado del establecimiento que decide competir electoralmente no necesariamente lo hace. Más preocupante aún es el contenido de algunos de sus mensajes; durante la campaña se documentaron múltiples episodios cuestionados por organizaciones, periodistas y analistas por su tono machista y por actitudes de descalificación hacia mujeres comunicadoras. Diversos medios registraron estos hechos y los interpretaron como parte de un patrón recurrente, no como incidentes aislados.
La democracia liberal no se sostiene únicamente sobre elecciones, también depende del respeto por el pluralismo, la crítica, la prensa libre y la dignidad de quienes piensan diferente. Cuando un líder convierte la confrontación permanente en método político, la sociedad termina normalizando formas de agresión que luego se trasladan a las instituciones. El problema no es únicamente Abelardo de la Espriella; el verdadero problema es el contexto que hizo posible su ascenso.
Millones de colombianos sienten que Petro no cumplió las expectativas de transformación que prometió, otros llevan años decepcionados por los sectores tradicionales asociados al uribismo; ese vacío de confianza creó el terreno perfecto para que apareciera alguien ofreciendo soluciones simples a problemas complejos. Pero la historia enseña una advertencia dura, los pueblos rara vez se equivocan cuando expresan su malestar pero sí pueden equivocarse cuando eligen el remedio.
El desencanto es un mal consejero electoral y la indignación es una poderosa fuerza movilizadora, pero una débil herramienta para gobernar. Los países no se construyen sobre la rabia, sino sobre instituciones sólidas, deliberación pública y respeto por las diferencias. Colombia tiene derecho a exigir cambios, lo que no puede permitirse es confundir liderazgo con estridencia, firmeza con autoritarismo o renovación con caudillismo.
Porque, a veces, el castigo al pasado termina convirtiéndose en una hipoteca sobre el futuro.
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Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
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