El análisis que ha estado en boca de millones de personas en el país, en relación con las elecciones a la Presidencia de la República, es hacia dónde va la gente.
En medio de ese panorama, las encuestas son una de las herramientas más poderosas dentro de un proceso electoral; no solo por su aporte al desarrollo de la democracia —tiene algo de eso—, sino porque logran que las personas tomen decisiones basadas en la popularidad o impopularidad de X o Y candidato, y no en sus propuestas.
Pero esto no es un fenómeno exclusivo de Colombia. En distintas orillas ideológicas y en diferentes regiones del mundo, figuras políticas como Trump, Maduro, Milei, Bolsonaro o López Obrador han demostrado que las emociones suelen movilizar más votos que los programas de gobierno. El problema aparece cuando esa emocionalidad política termina justificando la polarización, el debilitamiento institucional o incluso vulneraciones a derechos humanos.
Sin irnos muy lejos en el tiempo, lo experimentamos en el país hace apenas cuatro años con la irrupción de Rodolfo Hernández, una figura sui géneris que construyó su capital político apelando más a las emociones que a sus propuestas o trayectoria pública. Su estilo directo, coloquial y audaz, amplificado por las redes sociales y los medios de comunicación, lo visibilizó y posicionó; poco o nada importó que no supiera qué era el Vichada, que hubiera agredido a un concejal o que utilizara un lenguaje soez frente a muchas realidades y colectivos colombianos. ¿Y las propuestas? Las podríamos resumir en «no robar, no mentir, no traicionar».
La política emocional no distingue entre derecha, centro o izquierda; todos los sectores han aprendido a movilizar emociones antes que argumentos, y no está mal, siempre que no recurran a la mentira o a prácticas que vulneren las reglas democráticas para avanzar.
Hágase estas preguntas: ¿Se ha tomado el tiempo de leer con detalle las propuestas del candidato de su preferencia o de los candidatos a los que cuestiona? ¿O solo basa su decisión en prejuicios, anécdotas e historias contadas por su círculo cercano? ¿Ha construido su decisión a partir de una, dos o tres frases que escuchó de un candidato, o votará el próximo 31 de mayo simplemente por razones personales, ideológicas o morales?
¿Cuánto de su decisión está influenciada por información sin contrastar, por el deseo, la rabia o el miedo? Es claro que esto no es una generalidad, pero sí nos permite entender que un gran número de personas —el mayoritario, podría decirse— no vota necesariamente por conocer a profundidad las propuestas de gobierno. Muchos lo hacen por conveniencia, otros por afinidad, otros porque se ven reflejados como personas y otro grupo, el más pequeño de todos, por convicción.
Cabe preguntarse entonces: ¿Es nuestro derecho tomar decisiones informadas? ¿Tenemos la responsabilidad de elegir a conciencia? ¿Deberíamos tomar decisiones estructuradas? ¿Debemos votar pensando en el país o en beneficios individuales? ¿Es mi candidato lo que necesita Colombia? ¿Qué necesita Colombia?
Al final, como en toda contienda política, ganará quien logre tocar las fibras más sensibles de los más de 41 millones de colombianos habilitados para votar, quien logre cautivar a través de las emociones. En este país polarizado, ganará quien capture la atención de Vicente, que por múltiples factores irá adonde va la gente.
Nota: ¿Quiere revisar las propuestas para consolidar una visión más completa de los candidatos? Aquí le comparto el link a un documento técnico y académico de docentes de la Universidad Javeriana denominado “Herramienta Ciudadana” en el que podrá contrastar las iniciativas de gobierno. https://lnkd.in/eCEuRZcC
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Por: Christian Valencia


