Toda generación bajo microscopio

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“Todo tiempo pasado fue mejor” escuchamos muy seguido está generalización. ¿Sos de los que critican a los jóvenes? Este prejuicio sirve para explicar frustraciones sin revisar nuestras propias decisiones. Miremos con lupa a la generación actual, no para cancelarla ni aplaudirla por reflejo, sino para desarmar mitos, confirmar aciertos y corregir.

El pasado no fue un santuario, lo sabemos bien; fue otro presente, con avances y puntos ciegos. La comparación honesta exige simetría: si idealizamos a los mayores por su temple, también debemos exigirles resultados a los de hoy, con el mismo rigor con que evaluamos a los de ayer.

¿Estamos de acuerdo hasta acá? Sigamos con el supuesto central: “a los de ahora todo les da lo mismo”. No cuadra con lo que vemos en la calle y en la red: se movilizan por causas concretas, se organizan en horas, aprenden oficios digitales en semanas y construyen redes globales para problemas locales.

¿Qué a veces se dispersan? Sí; la atención compite con notificaciones diseñadas para atraparla que antes no teníamos y hasta a nosotros nos distrae. ¿Qué abandonan si no encuentran sentido? También; y esa exigencia de propósito puede ser un correctivo saludable para instituciones que antes pedían obediencia sin explicar por qué. Muchas no han evolucionado y exigen involución a los jóvenes.

Segundo mito: “no tienen compromiso”. Confundimos compromiso con permanencias forzadas. La lealtad hoy se parece menos a aguantar lo inaguantable y más a alinear valores con proyectos. Antes, un empleo duraba décadas; hoy, las trayectorias son flexibles y mezclan estudio, empleo y sobretodo mentalidad emprendedora. No es flojera: es adaptación a un mercado que premia el aprendizaje continuo. Cuando encuentran liderazgo justo, expectativas claras y autonomía, se quedan, crecen y empujan con fuerza.

Vamos a derribar un tercer mito: “perdieron motricidad por jugar en pantallas”. Hay señales de sedentarismo adolescente preocupante y eso exige contrapeso sí. Pero las pantallas no invalidan la motricidad; también entrenan reflejos, coordinación ojo-mano y pensamiento espacial en videojuegos, diseño, edición y programación. El problema no es el «joystick», es el desequilibrio permisivo sin límites. Liderazgos mal entendidos.

Cuarto y muy facilista: “no tienen apego familiar”. La convivencia extendida con los padres creció por razones económicas y culturales. Eso no mide amor ni desamor; mide vivienda costosa, estudios exigentes también caros y mercados laborales inciertos. Al mismo tiempo, mantienen vínculos intensos por canales distintos: videollamadas, chats y grupos donde circula afecto.

¿Falta sobremesa? Por supuesto. ¿Falta cariño? No necesariamente. Si queremos más encuentros de carne y hueso, cuidemos horarios, transporte, espacios públicos y ritmos laborales que no ahoguen. Motivemos antes de señalar y alejar.

Quinto: “son de cristal”. Prefiero otra lectura: es una generación que rechaza el “tragate el dolor y segui”. Nombran la ansiedad, piden ayuda, señalan límites y denuncian abusos. Eso no anula la resiliencia; la redefine y la vuelve compatible con la dignidad. Lo que sí debemos exigir (a ellos y a todos) es que esa conciencia se convierta en hábitos: autocuidado, actividad física, sueño suficiente, foco profundo, servicio al otro y disciplina para cerrar lo que empiezan. Frágil no es el que siente; frágil es el que niega lo que siente hasta romperse.

Ahora bien, si afirmamos que “cada generación pasada fue mejor”, debemos analizar con más detalle a la actual, porque es el espejo con el que juzgamos a las anteriores. Evaluarla con rigor no es capricho: es la única forma de desmitificar o fundamentar la frase.

Sin caricaturas, saltan fortalezas aprovechables (alfabetización digital altísima, creatividad en red, sensibilidad ética) y debilidades corregibles (déficit de atención, fatiga informativa, ansiedad y soledad). La pregunta no es si son mejores o peores “por decreto”, sino qué condiciones necesitan para aportar mejor que las anteriores en los problemas de hoy: empleo digno, educación pertinente, ciudades caminables, salud mental priorizada, instituciones confiables y una conversación pública menos tóxica.

Resumiendo: ninguna generación es mejor por naturaleza. Cada una es mejor en algo y peor en otra cosa. El pasado nos enseña, el presente nos exige y el futuro nos juzgará por lo que hagamos juntos hoy. Cambiemos la frase. No “toda generación anterior fue mejor”, sino “toda generación anterior fue maestra hasta en los grandes errores y esta es la que debe graduarse con honores aprendiendo del pasado”.

Para lograrlo, menos nostalgia y más microscopio; menos eslóganes y más trabajo compartido; menos etiquetas y más oportunidades. Y, sobre todo, un acuerdo sencillo: honrar lo que recibimos, mejorar lo que entregamos y no sabotear a quienes están empezando a tocar la partitura. Si hacemos eso, cada generación afinará un poco mejor.

El abrazo intergeneracional, con todos los sentidos bien predispuestos, es el mejor legado que podemos ofrecer a la humanidad.

Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional

Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

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