¡No más violencia! Menos contra los niños

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Los discursos sobran cuando la violencia desborda los límites de lo humanamente aceptable y el dolor nacido de la pérdida de los valores se convierte en la tristeza no de una familia, sino de todo un pueblo que hoy llora a un tierno, inocente, inteligente y alegre niño.

No conozco los móviles del crimen. La gente especula, argumenta y expone con la seguridad de sabuesos, como si cada conjetura fuese verdad absoluta. Pero si las autoridades aún no han podido dar con el paradero de los autores de este aleve atentado y homicidio, ¿Cómo es posible que algunos ciudadanos de a pie ya “sepan” qué pasó, cómo pasó y por qué pasó? Esa ligereza no solo es irresponsable: hiere, confunde y profana el duelo.

Neivanos, huilenses, colombianos y todos quienes se han enterado de este hecho atroz se han conmovido y han lamentado profundamente la pérdida de esta vida. Y, con razón, han señalado y condenado este acto aterrador, demencial, inaceptable.

Como existen distintas formas de pronunciarse, yo lo hago a través de la palabra. Quiero expresar mi solidaridad a los padres del pequeño Ismael: ojalá su fe en Dios los fortalezca y la cercanía de amigos y familiares los reconforte, aunque nada pueda apagar por completo el dolor que hoy los embarga.

Francamente pienso que:

El demonio se vistió de hombre y empuñó las armas para segar la vida de un inocente; un pequeño que merecía descubrir el mundo, caminar la luz y aprender el nombre de la esperanza.

Maldita sea la hora en que la maldad venció a la bondad, cuando una detonación desató la fría ley del plomo, robando la risa, la alegría y el asombro de quien aún no conocía el peso del pecado.

¿En qué instante el alma humana olvidó al otro?, ¿Cuándo la sombra se volvió costumbre y la muerte, argumento? Duele saber que la violencia aprendió a hablar en nuestro nombre y que la infancia —sagrada— paga el precio del odio.

Padre de todos los hombres, fortalece a quienes lloran a un hijo; dales aliento para sostener lo que queda de vida y aparta de los niños la violencia ciega y absurda que enceguece la razón y vacía el corazón.

Adenda

La llama se extinguió como se apaga la fogata que no se atiza, o el fogón que, a la intemperie, flaquea ante la fuerza de la lluvia.

Fue luz brillante; pero la maldad humana menguó su incandescencia y, aunque no fue la voluntad del Dueño de la vida, la violencia la apagó en el plano físico. Él, en cambio, la colmó de más luz en el lugar donde el pecado no existe.

No fue derrota, sino tránsito: del temblor de la carne al pulso eterno, del dolor que encoge al tiempo a la plenitud que no conoce ocaso.

Hoy su claridad no hiere los ojos, sino que habita el silencio de lo sagrado; ya no alumbra caminos terrenales, sino sendas de gracia en la casa del Padre. Y aunque la ausencia pese como sombra en la tarde, sabemos que no se ha perdido la luz: solo cambió de horizonte. Arde ahora con incandescencia donde la vida es eterna, desde allí siempre estará con sus padres.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
Twitter: @Hufercao04

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