En medio del ritmo acelerado de una ciudad como Bogotá, donde la prisa suele ser la norma y la indiferencia casi un reflejo automático, a veces ocurren encuentros que nos obligan a detenernos y repensar la vida. Hace unos días conocí a una mujer de aproximadamente 80 años en una estación de TransMilenio.
No llevaba más que una gran bolsa negra y una actitud que contrastaba profundamente con el entorno: estaba llena de disposición para ayudar. La primera vez que la vi fue cuando le pregunté a alguien por una ruta. Fue ella, con rapidez y alegría, quien se levantó y me indicó exactamente dónde debía tomar el bus, incluso acompañándome.
Al pasar por el torniquete, la ayudé con su bolsa: era sorprendentemente pesada. Aun así, su rostro reflejaba satisfacción, como si ayudar fuera su forma natural de existir. Nos despedimos y me fui agradecido, pero también intrigado.
Al día siguiente la encontré de nuevo. Esta vez estaba sentada sobre su misma bolsa, con una bandeja de dulces —frunas— para vender. Había una larga fila de personas, pero nadie le compraba. La saludé, le compré una, y me dijo con tranquilidad que las ventas estaban malas. No había queja en su voz, solo una afirmación serena de su realidad.
Minutos después, sin dudarlo, volvió a ayudarme. Necesitaba cargar mi celular, y ella, con la misma energía del día anterior, me indicó dónde hacerlo. Esta vez fui yo quien quiso corresponder: le ofrecí un chocolate y un pastel de carne. Su reacción fue inmediata, genuina, luminosa. Sonrió y dijo una frase que se me quedó grabada: “¡Más consentida para dónde!”
En ese momento entendí algo profundo. Vivimos en una sociedad donde muchos —con más comodidades, más juventud y más oportunidades— vivimos en modo queja. Nos falta tiempo, nos falta dinero, nos falta motivación… siempre falta algo. Pero esa mujer, que cada día recorre largas distancias, que carga peso, que vende sin garantías y que enfrenta la vejez con dignidad, no se queja. Ayuda. Sonríe. Agradece.
Ahí hay algo distinto. Ahí hay una enseñanza. Todos los seres humanos tenemos nuestras propias batallas, historias invisibles que no se ven a simple vista. Pero en algunos, como en esta mujer, hay una luz especial. Una actitud que no depende de las circunstancias, sino de una decisión interna. Yo vi en ella algo que no se puede fingir: vi la presencia de Dios en lo cotidiano. En su disposición para ayudar sin esperar nada. En su alegría con lo poco. En su capacidad de servir incluso cuando ella misma necesita.
La Sagrada Escritura dice que todo ocurre para bien. A veces no lo entendemos en medio de nuestras dificultades, pero encuentros como este nos recuerdan que el bien también se manifiesta en lo sencillo, en lo humilde, en lo invisible. Esa mujer no solo vendía dulces. Estaba enseñando, sin saberlo, una lección poderosa: que la gratitud vale más que la queja que servir es más grande que recibir y que incluso en medio de la escasez, se puede vivir con dignidad y alegría Quizás el problema no es lo que nos falta.
Quizás el problema es que hemos olvidado mirar con otros ojos. Porque mientras muchos se sienten vacíos teniéndolo todo, otros —como aquella mujer— lo tienen todo sin tener casi nada. Y entonces queda la pregunta, inevitable, que ella misma expresó con una sonrisa: Más consentida… ¿para dónde?
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Por: Carlos Cabrera C. – ccabreracollazos@gmail.com
X: @CarlosCabreraCC

