En Colombia, la paz suele medirse de forma implacable, o es total o parece no ser suficiente. Cada avance se enfrenta a la sospecha, cada retroceso alimenta el escepticismo.
Y así, entre expectativas irreales y frustraciones acumuladas, corremos el riesgo de perder de vista una verdad incómoda; la paz nunca ha sido perfecta en ninguna parte del mundo y nunca lo será.
Nos enseñaron a imaginar la paz como una meta, casi como un acto solemne que cierra definitivamente un conflicto, pero la experiencia demuestra lo contrario. La paz no es una meta; es solo el inicio de un proceso largo, frágil y profundamente imperfecto, y nosotros lo sabemos y hemos experimentado bien; tras acuerdos, ceses al fuego y múltiples intentos de negociación, el país no ha dejado de experimentar tensiones, violencias focalizadas y disputas territoriales. Esto ha llevado a muchos a concluir que “la paz es un fracaso”.
Pero esa conclusión es, al menos, incompleta, La pregunta más honesta no es si la paz ha eliminado toda forma de violencia, sino si ha cambiado la forma en que la sociedad enfrenta el conflicto. Y ahí, aunque no siempre lo reconozcamos, ha habido avances. Menos desplazamientos en ciertas regiones, mayor visibilidad de las víctimas, una conversación nacional que, aunque polarizada, ya no ignora el problema. Nada de esto es suficiente. Pero tampoco es irrelevante.
El error está en exigirle a la paz lo que nunca podrá ofrecer: la ausencia total de conflicto. Las sociedades no dejan de tener tensiones. Lo que cambia es cómo las gestionan. La diferencia entre un país en guerra y un país en paz no es la ausencia de conflictos, sino la existencia de mecanismos institucionales, sociales y culturales para tramitarlos sin recurrir a la violencia sistemática.
Desde esa perspectiva, la paz en Colombia no es un fracaso. Es un proceso en disputa y, como todo proceso complejo, genera incomodidad. Porque obliga a convivir con contradicciones, a negociar con actores cuestionables, a aceptar avances parciales y a reconocer que no todos los territorios avanzan al mismo ritmo.
Eso no es una debilidad. Es la naturaleza misma de cualquier transición. El riesgo real no es una paz imperfecta; es abandonar el proceso porque no cumple con expectativas idealizadas. Renunciar a la paz porque no es perfecta es, en la práctica, aceptar que la violencia sí lo es.
La paz exige algo que pocas veces estamos dispuestos a sostener, paciencia estratégica. No la paciencia pasiva que espera resultados, sino la que construye, corrige y persiste incluso cuando los resultados son ambiguos.
Colombia no necesita una paz ideal. Necesita una paz posible. Una que avance por capas, que se equivoque y se ajuste, que incomode pero transforme. Una paz que no niegue la realidad, sino que la enfrente con más inteligencia que fuerza. Porque, al final, la paz no se mide por su perfección, sino por su persistencia.
Y en un país que ha vivido tanto tiempo en conflicto, insistir en la paz ,aunque sea imperfecta, no es ingenuidad; es probablemente el acto más racional que nos queda.
—
Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica

