La literatura, remedio para la ceguera

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Debo reconocer que encontré la mejor compañía para acudir a libros que leí cuando cursaba la secundaria y que tal vez no comprendí o seguramente leí por la simple necesidad de responder a una obligación académica que era castigada o premiada con una nota.

En los últimos meses volví a leer la magnífica novela de nuestro premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez “Cien años de soledad”; recorrí nuevamente las páginas de “La Vorágine” de José Eustasio Rivera; me deleité una vez más con “Pedro Páramo” de Juan Rulfo; tuve la oportunidad de leer un libro de formación espiritual maravilloso que se titula “De la mano de Dios”; también pude recorrer las letras de un texto muy interesante denominado “El Arte de Conversar” de Carlos Julio Lemoine Amaya; me aventuré a terminar por fin la segunda lectura juiciosa de “Don Quijote de la Mancha”, estudié “Le dedico mi silencio” de Mario Vargas Llosa; entre otros títulos recomendados por amigos y conocidos, consagrados lectores a quienes profeso toda mi admiración.

Pero volver a leer “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, fue verdaderamente un reto, un desafío que tuve que asumir dado que mi par en lectura me dijo que ella pensaba que esta novela, calificada como una obra cumbre de la literatura, era más amena y más atractiva que “Cien años de soledad”, aseveración que tuve que debatir luego de volver a leer ambas obras.

¡Por favor! Le dije a mi hija de quince años, pero cómo me vas a decir que la novela del portugués puede ser mejor que la de nuestro compatriota, eso jamás; pero ella me refutó diciendo: respeto que pienses que “Cien años de soledad” sea mejor, seguramente tu sentido patrio y tus gustos literarios hagan que así sea para ti, pero tus gustos no son los mío y aunque me gustó la novela de Gabo, me quedo con la de Saramago porque tiene un mensaje brutal sobre la ceguera en que nos vamos adentrando todos en la medida en que nos contagiamos de pensamientos, formas de ver el mundo, modas, vicios sociales y muchas cosas más.

Esa respuesta me gustó mucho, así que continué defendiendo mi postura expresándole con autoridad de padre: ¿cómo vas a comparar el realismo mágico de García Márquez con una novela psicológica que deja ver desde su inicio lo que va a suceder al final?, y ella, con la fuerza de su convicción, sin dudar ni un segundo me contestó con tono decidido, propio de su carácter: “Creo que piensas eso porque ya habías leído la novela o por lo menos eso es lo que me dices, es como cuando ves una película, si la repites obviamente vas a saber el final, pero mira que a mí no me sucedió eso que tu expresas, pues la verdad no me esperaba ese final.

Sigo creyendo que tengo la razón, seguramente por los puntos expuestos por mi hija, pero eso no es importante; en realidad eso de quién tiene la razón carece de relevancia, lo verdaderamente importante es poder entablar este tipo de conversaciones en casa sin importar cuál sea el libro, pero tratar de retomar la lectura familiar es fundamental; estoy convencido que con cada libro que leemos en familia, estamos recuperando tiempo que nos están robando los equipos electrónicos, esos mismos que nos enceguecen y nos sumergen en lechosas alucinaciones que a algunos enloquece y a otros simplemente les roba la visión real del mundo.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X (Twitter): @Hufercao04

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