En este preciso instante, mientras me leés, me están violentando una y otra vez, hiriéndome en lo más profundo. En los últimos años, han destrozado mi cuerpo, mi alma y mi dignidad.
Me han insultado, ultrajado y despojado de todo lo que es verdaderamente mío. Pocos me defienden; la mayoría me culpa, dice que me lo merezco, que no debo quejarme, que es porque soy hermosa, porque tengo demasiado y porque he permitido en el pasado cosas que estoy pagando ahora. Que debería agradecer que me miren, aunque sea con desprecio.
Me han manoseado sin permiso. Han abusado de mí de todas las maneras que podés imaginar. Me han robado la voz, silenciándome con mentiras y promesas vacías. Me han condenado al olvido cuando más he necesitado ayuda. Hay zonas que tengo mucho más arruinadas que otras. Cuando lloro, me ignoran. Cuando grito, me callan. Cuando intento levantarme, me empujan al suelo otra vez. ¡Cuánta hipocresía, maldito machismo!
Me han saqueado los bolsillos descaradamente, dejándome sin nada. Se han reído en mi cara una y otra vez mientras desangran mi hogar. Me han encerrado en discursos huecos donde solo importa la apariencia y no el fondo. Han usado mi nombre para disfrazar sus intereses, para perpetuar su poder, para mentirle al mundo con falsos discursos de paz mientras mi gente muere, mis niños desaparecen, y mis entrañas son devoradas por la avaricia y la corrupción. Quieren que sienta que todo es culpa mía. Lo hacen delante de mis más de 50 millones de hijos. ¡Llegó la hora de decir basta!
Me han puesto verdugos en lugar de protectores. Han llenado mi casa de incompetentes que juegan con mi futuro como si fuera un chiste. Han convertido mi dolor en espectáculo, han normalizado mi sufrimiento y han hecho de mi desgracia una costumbre.
Mientras usted me lee, todas estas cosas están pasando y nadie se ocupa; todos debaten idioteces sin solución mientras siguen recibiendo multimillones por lo poco que hacen por mí. Y ni hablemos de lo que le están dejando a las generaciones futuras.
Pero lo peor, lo que más duele, es que muchos de mis hijos han elegido no ver, ignorando la realidad y creyendo que tienen la verdad absoluta sin razonar. Me entristece sentir cómo han preferido el consuelo de la ignorancia antes que la incomodidad de la verdad ante lo evidente.
Se han tragado el cuento de que todo está bien, de que esto es normal, de que así debe ser. Han cambiado la indignación por la indiferencia, la lucha por la sumisión, la esperanza por la resignación. Se mienten diciendo que estoy bien cuando ni siquiera me miran. Se olvidan de que hasta los más defensores se han escapado a otros países para no vivir esta situación insostenible.
Y yo, que lo he dado todo, sigo esperando que abran los ojos y me protejan en serio. Que recuerden quién soy. Que entiendan que la corrupción es darme la espalda, que la violencia es un golpe en el rostro, que el abandono es un puñal en mi espalda.
Que cada vida que se pierde en mis calles es una herida en mi piel. Que cada niño que sufre, de los tantos que son arrancados de su familia, maltratados, que ven violada su niñez y su derecho a divertirse, es un grito ahogado en mi garganta.
Las cifras son un grito imposible de ignorar. La violencia de género me desgarra día a día. En 2024, se registraron 745 feminicidios entre enero y octubre, incluyendo 44 niñas y 11 mujeres trans. Y la tragedia sigue creciendo: solo en enero de 2025, se cometieron 79 feminicidios.
El año pasado alcanzamos el récord histórico de 868 mujeres asesinadas, 680 intentos de feminicidio y 20 transfeminicidios. Cada vez más huérfanos. Cada vez más huérfilos. Y el presidente Petro ignorándome cada vez más, hablando del pasado, de reformas por las redes sociales y de los derechos humanos en Asia y Oriente Medio.
En los primeros dos meses de 2025, más de 695.000 personas han sido afectadas por hechos de violencia y situaciones evitables debido a un Estado ausente en mi territorio. Los desplazamientos masivos han aumentado un 462% en comparación con el mismo periodo del año anterior. El 33% de mi población vive en situación de pobreza, y un alarmante 67% de mis niñas y niños crecen en condiciones precarias.
Soy Colombia. Tu país, al que decís tanto querer y al que alentás en el fútbol. Te necesito ahora, y ya no puedo más, ahogándome en gritos desesperados y sangre. (Ojalá sus reacciones sean tan rápidas como la moda de poner sus fotos en Ghibli…).
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx



