Corhuila Coffee Fest: cuando la academia transforma

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Para escribir esta columna quiero empezar mencionando cinco nombres: Jaime, Erika, Anyela, Natalia y Gabriela. Seguramente detrás del éxito del Corhuila Coffee Fest hubo decenas de personas trabajando silenciosamente, planeando detalles y resolviendo dificultades; sin embargo, deseo detenerme en estos nombres porque representan algo mucho más profundo que la simple organización de un evento académico: representan el espíritu de la educación superior cuando se vive con compromiso, liderazgo y pasión.

Hace ya diecinueve años ingresé al programa de Mercadeo y Publicidad de CORHUILA, gracias a la oportunidad que en su momento me brindaron el rector Virgilio Barrera Castro y el entonces jefe de programa Ernesto Cabrera Tejada. Ser docente universitario era un sueño personal, pero con el paso de los años entendí que la universidad no solamente forma profesionales; también moldea ciudadanos críticos, fortalece capacidades humanas y permite que los jóvenes descubran el enorme potencial que poseen.

Durante estas casi dos décadas he visto cómo la institución ha crecido, se ha modernizado y se ha consolidado académicamente. Hoy, bajo el liderazgo del rector Óscar Chávarro, la universidad continúa fortaleciendo una visión de educación superior comprometida con el desarrollo regional, entendiendo que el conocimiento no puede permanecer encerrado entre cuatro paredes, sino que debe conectarse con las dinámicas sociales, culturales y productivas del territorio.

Precisamente eso ocurrió esta semana con el Corhuila Coffee Fest, una actividad académica liderada por Jaime Arenas, jefe del programa de Mercadeo y Publicidad, y por la docente Erika, quien asumió la organización general del evento. Pero más allá de la planeación institucional, hubo algo que llamó profundamente mi atención: el liderazgo estudiantil.

Anyela, Natalia y Gabriela, como muchos otros estudiantes que participaron activamente, asumieron responsabilidades con una madurez admirable. En ellas observé disciplina, capacidad de trabajo en equipo, sentido de pertenencia y un genuino interés por hacer que el evento alcanzara el nivel que finalmente logró. Y allí radica precisamente el verdadero valor de estas actividades académicas: permiten que los estudiantes trasciendan la teoría y enfrenten escenarios reales donde deben tomar decisiones, resolver problemas y aprender a trabajar bajo presión.

La educación superior pierde sentido cuando se limita únicamente a transmitir contenidos. La universidad debe ser también un laboratorio de experiencias humanas, un escenario donde los jóvenes aprendan a liderar, comunicar, crear y construir confianza en sí mismos. Eventos como este demuestran que la academia sigue siendo una herramienta poderosa para transformar vidas y fortalecer el desarrollo intelectual de las nuevas generaciones.

Mención especial merece también el empresario cafetero Juan Quevedo, quien acompañó uno de los espacios del festival, evidenciando el importante vínculo que debe existir entre la empresa privada y la formación académica. Cuando universidad y sector productivo trabajan de la mano, los estudiantes comprenden que el conocimiento tiene aplicación práctica y que sus ideas pueden impactar positivamente a la sociedad.

Por eso celebro este tipo de iniciativas. Felicito al rector, al decano de la Facultad de Ciencias Económicas, al jefe de programa, a los docentes y, especialmente, a los estudiantes que hicieron posible este evento. Porque detrás de cada actividad académica exitosa hay algo mucho más importante que una logística impecable: hay jóvenes aprendiendo a creer en sus capacidades y universidades cumpliendo verdaderamente su misión transformadora.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X: @Hufercao04

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