Hola, jefe…
¿Cómo llegaste al cielo?
Sé que llegaste en paz, porque viviste haciendo lo correcto, incluso cuando hacerlo costaba tanto. Eres y serás una institución política, un visionario que recorrió el país y nos enseñó a todos a respetar la institucionalidad, a defender la democracia y a amar a Colombia con carácter y sin rodeos, como debe ser.
Elegiste la vida pública para transformar vidas, sabiendo los riesgos que esto traía y el peso que cargabas encima, y aun así nunca dejaste de pensar en dar la pelea por Colombia, por la gente que creía en ti y, aún más, por la que no.
Dios sabía que estabas cansado de luchar, pero por tu salud, nunca por nuestro país.
Hoy, jefe, entre tantos recuerdos, me llegan los más simples, los más humanos, los más cercanos: verte en nuestra casa pedir ese café negro que tanto te gustaba; verte caminar descalzo, aún en pijama, con la tablet bajo el brazo y esa obsesión intacta por escribir una columna más, defendiendo los derechos de los colombianos, con el mismo ímpetu y la misma energía de siempre.
Nunca dejaste de luchar por los colombianos que más requieren la presencia del Estado. Tus columnas lo repetían incansablemente.
Hoy recuerdo cómo creció nuestra amistad en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Ahí estuviste, me tendiste la mano, creíste en mí y me dijiste que mi camino apenas había comenzado, que no me preocupara, que lo mejor estaba por venir. Y te quiero decir que estoy convencido de eso, y que ese camino lo estoy preparando con fe, fortaleza y visión.
Me preguntabas de política, escuchabas mis ideas y me exigías amar esta tierra y defenderla con carácter.
Jefe, quiero contarte que mi hijo lloró tu partida. Y eso dice mucho de quién eras realmente. Porque para él no eras solo el jefe de su papá; eras parte de nuestra familia. Él conocía tu historia, admiraba tu disciplina y nunca entendió cómo los colombianos no vieron todas tus virtudes para ser presidente de Colombia.
Mi esposa jamás podrá olvidar la forma en que le decías que su café era el más rico, cómo le pedías un vaso de agua con esa sencillez, aun siendo un hombre tan grande para Colombia.
Tampoco olvidará cuando, después de escribir o de recibir a tanta gente durante el día en nuestra casa, te acercabas despacio, le ponías tu mano en el hombro y empezabas a preguntarle, a pedirle su opinión mirándola a los ojos. Y más aún cuando me pediste que ella estuviera más presente en temas políticos. Eso la hacía sentir importante, valorada, visible.
Tuve el privilegio de conocerte, y me enorgullece decir lo humano, lo sencillo, lo cálido y lo risueño que fuiste.
Gracias, jefe.
Gracias por invitarme a recorrer el país contigo, por fundarme en la necesidad de dar resultados, de generar cambios en favor de la gente, por permitirme escuchar a Colombia desde tus ojos y entender el peso de ser responsable del bienestar de los colombianos.
Gracias por cada conversación, por cada enseñanza y por cada consejo que me diste con la firmeza de quien sabía de política, pero también de la vida.
Me enseñaste a amar más mi territorio, a defender las ideas sin miedo y a entender que servir no era un discurso, sino una responsabilidad moral.
Nunca voy a olvidar la última vez que nos vimos. Lo recuerdo como ayer, cuando me pediste ser parte importante de tu posible campaña a la Presidencia. Lo dijiste con ilusión, con la fuerza intacta y con esa esperanza inmensa de seguir ayudando a nuestro país.
Y duele… duele profundamente saber que esa voz ya no volverá a debatir por Colombia. 🇨🇴
El país perdió a un hombre irrepetible, a un grande, pero yo perdí a un amigo de verdad.
Me despido como siempre me decías:
“El Gran Tovar”.
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Por: Víctor Andrés Tovar Trujillo


