Amo la música. La amo no solo por lo que suena, sino por lo que revela. Me gusta descubrir la filosofía detrás de un artista, esa frase simple que te deja pensando, ese verso que dice en veinte segundos lo que uno no logra explicar. La música puede ser fiesta, refugio, nostalgia, protesta, terapia, memoria y espejo. A veces empuja. A veces abraza. A veces pega donde nadie ve. Me siento Andrea Bocelli con este inicio, pero es lo que siento.
No es casual que ABBA le haya dado las gracias; que John Miles la haya elevado al altar del primer y último amor; que Queen haya convertido la radio en nostalgia generacional; que Sabina la haya vuelto cicatriz sentimental; y que Madonna la haya llevado al territorio más simple y universal: la fiesta compartida. La música no solo entretiene: traduce épocas. Puede ser profundidad, memoria, ironía, baile y refugio. Es catarsis, es compañía en los peores y mejores momentos, y es pertenencia.
Por eso me cuesta creerles a los que repiten que “todo tiempo pasado fue mejor”. El pasado muchas veces no fue mejor: fue editado por la memoria. Le ponemos filtro a lo que extrañamos y escondemos lo que dolía, faltaba o se callaba.
Cada década dejó una banda sonora que decía cómo bailaba la gente, pero también cómo pensaba, qué sufría y contra qué mundo reaccionaba.
Los 50 no sonaban igual que los 60 porque el mundo ya no era el mismo. El rock and roll fue juventud sacudiéndose la rigidez de sus padres. Muchos adultos se escandalizaron: amenaza, pérdida de valores, desorden.
Los 60 trajeron guitarras que también querían protestar. Había guerras, derechos civiles, jóvenes discutiendo autoridad, paz, libertad y futuro. La música fue bandera y herida: Bob Dylan preguntando cosas incómodas, The Beatles cambiando de piel.
Los 70 mezclaron psicodelia, rock pesado, salsa, música disco, crisis y búsquedas de identidad. Mientras algunos bailaban para escapar, otros cantaban para resistir. La nostalgia esconde eso: hubo belleza, sí, pero también miedo.
Después llegaron los 80: sintetizadores, peinados imposibles, videoclips, pop global y un futuro vestido de neón. Fue una década maravillosa para recordar, pero no perfecta para vivir. Mientras sonaban canciones inolvidables, también estaban la Guerra Fría, el VIH y democracias intentando reconstruirse.
Los 90 mezclaron desencanto y libertad. El hip hop creció como denuncia e identidad. El rock latino se volvió propio y continental. Y muchos jóvenes de esa época (hoy adultos muy serios) también fueron acusados de vagos, raros o perdidos.
Los 2000 aceleraron todo. Internet cambió la forma de escuchar, compartir, enamorarse, pelear y existir. La música empezó a circular por plataformas, audífonos, redes y algoritmos. Y apareció el juicio de siempre: “ya nada es como antes”. Como si antes todo hubiera sido puro y elegante.
Hoy las nuevas generaciones viven una tormenta digital que muchos adultos critican sin dimensionar. Nacieron con el mundo entero en el bolsillo, pero también con la presión entera en la cabeza. Pueden sentir artistas de cualquier parte del planeta al mismo tiempo. Tienen más información, pero menos descanso; más conexión, pero muchas veces más soledad; más posibilidades, pero también más comparación.
¿Son perfectos? No. Tienen excesos, fragilidades, ansiedad, impaciencia y una relación complicada con la frustración. Pero también tienen oro. Hablan de salud mental sin tanta vergüenza. Cuestionan abusos maquillados de tradición. No tragan entero solo porque alguien tenga más edad. Entienden mejor la diversidad. Se preguntan por el sentido del trabajo, el equilibrio y la vida que quieren construir. Aman auténticamente al entorno y reflexionan más para cuidar al otro. ¡Ah! ¿sentiste que eso es de tu generación? ¡Viste!
Toda generación nueva es un espejo que llega sin pedir permiso.
Por eso me parece injusto despreciar su música como prueba de decadencia. Tal vez no toda nos guste. Tal vez algunas letras nos parezcan pobres. Pero habría que preguntarse si escuchamos la música o defendemos nuestra nostalgia. El tango fue sospechoso. El rock fue peligroso. La salsa fue barrio. El hip hop fue amenaza. El reguetón fue condenado antes de ser entendido.
Cada generación baila su propia historia. Y esa historia no siempre pide permiso a los oídos de quienes ya bailaron antes.
El pasado merece respeto, pero no idolatría. El presente merece crítica, pero no desprecio. Y el futuro merece confianza, no condena anticipada.
Tal vez madurar sea aceptar que nuestra canción no fue la última buena del álbum.
Porque ninguna generación es la obra completa. Todas somos apenas una estrofa evolutiva. Quizás convenga dejar de quejarnos de lo que no entendemos y empezar a escuchar, con más humildad, qué está cantando la historia de los que vienen. Uno no solo es lo que es SINO lo que elige, decir, sentir y pensar. Andá, dale play a lo que te llene sin cuestionar tanto lo que emociona a otros.
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Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx



