Empieza un nuevo año político en Colombia. Enero siempre trae balances, propósitos, diagnósticos apurados, promesas recicladas. Para quienes observamos el poder desde la barrera crítica, este arranque de 2026 deja una sensación incómoda que vale la pena poner sobre la mesa sin rodeos. La política nacional atraviesa una distorsión alarmante: proliferan los autoproclamados estrategas mientras desaparecen los verdaderos ingenieros de victorias electorales.
Escribo esta primera columna del año desde la experiencia, desde lo aprendido en territorio, en las campañas reales, en los errores que cuestan elecciones, en la formación académica rigurosa que no se improvisa. Como especialista en marketing político, estrategias de campaña, comunicación de gobierno de la Universidad Externado de Colombia, me niego a normalizar el ruido que hoy se vende como estrategia. No todo el que ha participado en un proceso político merece el título de estratega. Haber pegado afiches, administrado redes sociales, coordinado voluntarios, repetido consignas no convierte a nadie en cerebro electoral.
Durante años, la política colombiana entendió la estrategia como una disciplina seria. Había método, diagnóstico, lectura territorial, análisis de opinión pública, comprensión del contexto social, cultural, económico. Hoy muchos confunden estrategia con ocurrencia, planeación con improvisación, comunicación con viralidad pasajera. El resultado salta a la vista: campañas erráticas, gobiernos sin rumbo, mensajes que no conectan, promesas que se diluyen antes de llegar al poder.
El verdadero estratega político no aparece solo en época electoral. Su trabajo empieza mucho antes, cuando todavía no hay tarimas ni micrófonos. Estudia el territorio, escucha al ciudadano, interpreta silencios, detecta miedos, identifica aspiraciones. Comprende que cada región tiene su propio lenguaje, su propia herida colectiva, su propio ritmo. En nuestro país, donde la política se vive con intensidad, el error estratégico se paga caro. Aquí no funcionan las fórmulas importadas ni los libretos genéricos.
Sin embargo, el mercado político actual está inundado de personajes que venden soluciones mágicas. Prometen ganar elecciones con frases hechas, con videos emotivos, con campañas digitales sin anclaje territorial. Hablan de storytelling sin entender la historia real de la gente. Usan palabras como branding, narrativa, posicionamiento, sin dominar su significado profundo. El humo se disfraza de modernidad. El problema no es la tecnología. El problema es la ausencia de pensamiento estratégico.
Una campaña política no es una suma de acciones aisladas. No basta con tener un buen logo, un eslogan pegajoso, una agenda cargada de eventos. La estrategia es un sistema coherente donde cada decisión responde a un objetivo claro. El mensaje, el tono, el vocero, el momento, el canal, todo debe obedecer a una lectura precisa del contexto. Quien no entiende eso termina actuando sin rumbo, apostando a que alguna decisión funcione por simple casualidad.
He visto candidatos perder elecciones ganables por escuchar al asesor equivocado. Personas sin formación, sin método, sin ética profesional, convencen a líderes políticos de apostar todo a la intuición. Les dicen lo que quieren oír, no lo que necesitan saber. Les prometen resultados rápidos, evitan el trabajo duro, el análisis incómodo, la planificación disciplinada. Cuando la derrota llega, siempre hay una excusa externa: el adversario, la maquinaria, el clima, la traición. Nunca la mala estrategia.
El estratega político serio incomoda, hace preguntas difíciles, señala errores internos, cuestiona decisiones populares cuando no suman votos reales, entiende que la política no se trata de aplausos inmediatos, sino de construcción de confianza a largo plazo. En Colombia, muchos confunden la cercanía con la improvisación. Creen que hablar como la gente basta. Olvidan que comunicar no es solo hablar, sino lograr que el mensaje sea entendido, creído, recordado. La comunicación política exige claridad, coherencia, repetición inteligente, respeto por la inteligencia del ciudadano. No se trata de gritar más fuerte, sino de decir mejor.
Desde el Huila he observado cómo algunos procesos se llenan de asesores de paso. Llegan, opinan, cobran, se van. No conocen el territorio, no entienden las dinámicas locales, no respetan los liderazgos existentes. Aplican recetas genéricas, luego culpan a la región cuando fracasan. El verdadero estratega se queda, aprende, se equivoca, corrige. No subestima al elector. No desprecia la historia local.
La proliferación de falsos estrategas también daña la profesión. Devalúa el oficio. Hace creer que cualquiera puede dirigir una campaña sin preparación. Eso tiene consecuencias graves para la democracia. Cuando las decisiones políticas se toman sin criterio técnico, el ciudadano termina pagando el precio con malos gobiernos, políticas públicas mal comunicadas, liderazgos frágiles.
La formación académica no garantiza talento, pero sí ofrece herramientas. El estudio riguroso permite entender teorías, modelos, casos comparados. La práctica permite adaptar ese conocimiento a la realidad colombiana. La combinación de ambos mundos marca la diferencia. Quien desprecia la formación suele temerle al contraste, al debate informado, a la evaluación objetiva de resultados.
No se trata de elitismo. Se trata de responsabilidad. Quien asume el rol de estratega influye en decisiones que afectan millones de vidas. No es un juego. No es un experimento personal. No es un negocio improvisado. La política exige seriedad, ética, compromiso con la verdad. Vender humo puede funcionar una vez, pero el humo siempre se disipa.
Este 2026 debería ser el año en que la política colombiana eleve el nivel del debate estratégico. Que los candidatos exijan más a sus equipos. Que los partidos valoren la formación. Que los ciudadanos aprendan a distinguir entre el ruido mediático, la estrategia real. No todo el que habla de política sabe de política. No todo el que participa en una campaña entiende cómo se gana una elección.
Como columnista, como huilense, como profesional del marketing político, seguiré insistiendo en este punto aunque incomode. La democracia necesita menos improvisación, más pensamiento. Menos vendedores de ilusiones, más constructores de proyectos. Menos ego, más método. El poder no se conquista con frases vacías, sino con estrategia real, trabajo serio, respeto por el elector.
Este año apenas comienza. Ojalá también comience una etapa de mayor madurez política. El país lo merece. El Huila lo exige. La historia no perdona a quienes confundieron la estrategia con el humo.
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Por: María Fernanda Plazas Bravo – X: @mafeplazasbravo
Ingeniera en Recursos Hídricos y Gestión Ambiental
Especialista en Marketing Político – Comunicación de Gobierno

