El próximo Presidente de Colombia

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No siempre quienes llegan primero son los más destacados o inteligentes, ni quienes quedan atrás los menos capaces. Howard Gardner, reconocido por cuestionar la idea de reducir el potencial humano a una sola medida, ha planteado que las personas suelen desarrollar formas más diversas y complejas de comprender, adaptarse y desenvolverse en el mundo. Por eso, resulta complejo intentar explicar el valor o el potencial de alguien desde una única perspectiva.

La ciencia, la historia, la experiencia y hasta parte de la evidencia que hemos acumulado sobre el desempeño humano muestran que el orden de llegada pocas veces explica por sí solo el verdadero valor de las personas. Mucho depende de qué observamos, qué premiamos, qué ignoramos y qué estamos dispuestos a creer.

En el escenario político ocurre algo parecido.

Cada elección es una competencia de posiciones. Importa quién encabeza encuestas, quién domina la conversación pública, quién tiene las mejores relaciones, quién moviliza más emociones o quién logra instalar con mayor eficacia una idea de país. Pero una elección presidencial no es una carrera de velocidad ni un examen con respuestas únicas. Es, o debería ser, un ejercicio de juicio colectivo.

Elegimos con razones, pero también con emociones. Y aunque solemos defender nuestras decisiones como si fueran completamente racionales, la realidad es que muchos votamos atravesados por heridas, expectativas, miedos, recuerdos, esperanzas, identidades y decepciones acumuladas.

Por eso, pensar en el próximo presidente en medio del caos mediático exige una pregunta distinta. No quién va primero. No quién habla más fuerte. No quién representa mejor nuestras frustraciones o quién proyecta una imagen más limpia frente al electorado.

La pregunta quizá sea otra. ¿Qué condiciones debería reunir una persona para conducir un país complejo, desigual, diverso y cansado de soluciones simples?

Más que certezas absolutas, el próximo presidente necesitará entender que gobernar no consiste en representar únicamente a quienes ya están convencidos, sino en construir legitimidad incluso entre quienes votaron distinto y entre millones de personas que, elección tras elección, permanecen al margen de las urnas. Tendrá que diferenciar liderazgo de popularidad, autoridad de imposición y carácter de terquedad.

También deberá tener una cualidad menos visible y quizá más difícil de reconocer cuando se ostenta un cargo de poder. La disposición para reconocer la evidencia y actuar en consecuencia sin que eso se interprete como debilidad o renuncia a sus convicciones. Porque un gobernante que nunca corrige deja de gobernar para empezar a defender sus propias decisiones.

El próximo presidente no será perfecto. Ninguno lo ha sido. Pero sí debería tener algo que se ha vuelto escaso en la conversación pública. Criterio para decidir, carácter para sostener decisiones difíciles y prudencia para reconocer límites, como el respeto por la institucionalidad y la separación de poderes.

Al final, el desafío no es encontrar al candidato perfecto —ya planteamos que no existe—, sino evitar convertir la elección en un acto de impulso o simple adhesión irreflexiva. Una democracia se fortalece cuando el voto deja de ser una reacción y empieza a parecerse más a una decisión.

En tiempos en los que la conversación pública parece acelerada por emociones, algoritmos y certezas instantáneas, elegir también exige detenerse, contrastar y desconfiar incluso de aquello que confirma lo que ya pensamos. Solo entonces estaremos satisfechos, o quizás no, con el próximo presidente de Colombia. Un presidente que, como ha ocurrido antes, llegará al poder con el respaldo de cerca del 30 por ciento del total de ciudadanos habilitados para votar, pero con la responsabilidad de gobernar para todos.

Por: Christian Valencia
Comunicador Social & Abogado

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