Cuando Dios entra en campaña

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La fe merece respeto precisamente porque pertenece al territorio más íntimo de la conciencia. Puede sostener a una persona en su dolor, inspirar compasión y ofrecer sentido ante la incertidumbre. Pero cuando se convierte en escenografía del poder, en argumento electoral o en certificado público de superioridad moral, deja de iluminar la política y comienza a ser utilizada por ella.

Como médico, sé que la confianza se pierde cuando una convicción pretende reemplazar la evidencia, la responsabilidad y la rendición de cuentas.

El presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, se declaró ateo durante años y afirma que recuperó la fe cristiana tras una tragedia familiar. Nadie debería burlarse de una conversión ni arrogarse el derecho de juzgar su autenticidad. El problema surge cuando ese relato personal se convierte en eje de campaña, se acompaña de respaldos pastorales y se proyecta como parte de una identidad política destinada a conquistar al electorado creyente. Más recientemente, el retiro espiritual realizado con su futuro gabinete y difundido a través de videos en redes sociales volvió a situar la fe en el centro del espectáculo político.

Un gobernante tiene derecho a creer, orar y buscar orientación espiritual. También tiene derecho a no creer. Lo que no debería hacer es sugerir que su relación con Dios lo habilita mejor para gobernar o que quienes no comparten su credo poseen una brújula moral defectuosa. Colombia no es una congregación religiosa, es una república plural, habitada por católicos, protestantes, judíos, musulmanes, creyentes de otras tradiciones, agnósticos y ateos. Todos son ciudadanos con igual dignidad.

La historia enseña que la mezcla entre el poder político y la autoridad religiosa suele ser peligrosa. Dios termina convertido en aval de decisiones humanas; la discrepancia política se presenta como desviación moral, y el adversario deja de ser un ciudadano para transformarse en enemigo de la fe. Esa manipulación no fortalece la espiritualidad; la degrada, reduciéndola a consigna, propaganda y mercancía electoral.

De un presidente no esperamos Milagros; esperamos instituciones que funcionen, decisiones sustentadas en evidencia, respeto por la Constitución, transparencia en el manejo de los recursos públicos y capacidad para escuchar al diferente. No necesitamos que coloque a Dios como jefe invisible del gabinete, sino que cada ministro responda de manera visible por sus actos.

La honestidad no tiene denominación religiosa; la compasión no pertenece a una iglesia; la decencia no exige bautismo, culto ni profesión pública de fe. Hay creyentes ejemplares y creyentes corruptos; también hay ateos solidarios y ateos miserables. La condición moral de una persona no se mide por las veces que pronuncia el nombre de Dios, sino por la forma en que trata a los demás, especialmente a quienes piensan distinto.

La fe puede acompañar al gobernante, pero nunca sustituir su responsabilidad. Cuando entra al palacio como convicción privada, merece respeto. Cuando sube al escenario como estrategia de comunicación, merece vigilancia. Y cuando pretende convertirse en política de estado, exige una respuesta democrática fuerte; en una república, Dios no necesita propaganda; los ciudadanos necesitan buen gobierno.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica

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