Termina tal vez el gobierno más controvertido de la historia reciente de Colombia, signado por los fracasos personales del presidente. Me atrevo a pronosticar que en el futuro los historiadores podrán concluir con facilidad, que Gustavo Petro es uno de los ejemplos más claros de cómo los defectos personales de un líder pueden llevar al traste un proyecto político.
Hoy resulta repetitivo advertir que los mayores fracasos de este gobierno están en el manejo de la política macroeconómica, en la seguridad, en la destrucción consciente del sistema de salud y en el fracaso en la lucha contra la corrupción. Será demasiado sencillo para el nuevo gobierno demostrar avances significativos en esos cuatro campos en los próximos meses.
Tampoco es posible negar los éxitos del gobierno Petro, pero el más notable, es que este gobierno marca el fin de todo un período político en la historia de Colombia, porque este gobierno dio formal sepultura al frente nacional, ese hijo de la violencia política colombiana de mediados del siglo XX.
Esa quimera política, única en Latinoamérica y en occidente, para algunos un pacto de reconciliación entre liberales y conservadores, para otros el armisticio de una guerra civil no declarada, para otros un pacto de impunidad de los más atroces y aberrantes crímenes patrocinados por lo máximos representantes civiles del país, que fue la respuesta institucional a una violencia política y social que se potencializó entre 1948 a 1953, que en realidad inició en 1930 y que terminó con la derrota de los bandoleros a mediados de la década del 60 del siglo XX.
No es atrevido señalar que esa estructura política ideada por Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, en los Pactos de Benidorm y de Sitges, orientaron la vida política y pública de Colombia durante casi 70 años, hasta el gobierno de Gustavo Petro.
Como toda construcción política, el frente nacional tuvo grandes aciertos y fracasos; le dio a Colombia una estabilidad política, macroeconómica e institucional que tal vez ningún otro país de América Latina posee, pero engendró la sociedad más desigual del continente americano. Gestó una sociedad laica y pluralista, pero excluyó varios sectores del sistema político, lo que generó manifestaciones armadas entre ellas, las guerrillas comunistas que como fenómeno político solo se pueden entender en el contexto del frente nacional colombiano.
Existirán politólogos de profesión y políticos de oficio que me dirán que el fin del frente nacional se verificó con la entrada en vigencia de la Constitución Política de 1991. La realidad histórica demuestra otra cosa.
Y digo que por fin terminó el frente nacional, porque no se puede negar que existieron políticos y presidentes que tuvieron toda la intención de acabar con esa estructura política, que era un reparto descarado de poder nominal, clientelar, económico y presupuestal de la nación, y hasta de los entes territoriales, que tuvo como principal objetivo (y de facto lo logró) alejar a los extremos del poder.
Rojas Pinilla lo intentó, y a la postre fracasó, no solo porque presuntamente le robaron la elección presidencial del 1970, sino porque la víctima del presunto robo ni siquiera tenía la verdadera intención de gobernar a Colombia pues estaba viejo, enfermo y no tenía heredero político; el primer año del gobierno Alfonso López Michelsen; el gobierno de Virgilio Barco con su esquema gobierno-oposición; el primer año del gobierno de Álvaro Uribe Vélez (hasta que se les ocurrió lo de la reelección y necesitaron a los partidos), fueron intentos conscientes de acabar con ese animal aparentemente dócil, pero en el fondo fiero y corrompido, que era el frente nacional. Y por supuesto, ninguno de ellos lo logró.
El frente nacional era un viejo enfermo y decrepito, que para morir necesitó de tres eventos extraordinarios que marcarán profundamente el futuro de Colombia, todos ellos ocurridos en menos de 10 años, uno propio, y dos externos; el acuerdo de paz con la FARC, la pandemia del COVID 19 y el nacimiento del mundo multipolar. Sin esos tres eventos, no hubiese dejado de existir el frente nacional, ni tampoco hubiese sido elegido Gustavo Petro.
Ya como presidente, en ejercicio de un caudillismo torpe y ramplón, que disfrazaba su intención de romper una institucionalidad que le molestaba, terminó entregado la política de Colombia a los dos extremos que el frente nacional conscientemente siempre quiso excluir: la extrema derecha y la extrema izquierda.
En el gobierno de Petro, como en ningún otro, se evidencia que la mayoría de los partidos políticos tienen como única posibilidad de supervivencia, plegarse al poder. Todos esos partidos nacidos del frente nacional, y nacidos todos del partido liberal o del partido conservador, están en una profunda crisis porque como organizaciones ya no saben responder a la incertidumbre que padece el pueblo colombiano, por ser estructuras políticas, que políticamente ya no representan nada.
Pero a pesar de que los partidos en el fondo no hicieron una verdadera oposición política, del desbarajuste del gobierno, nació su par en el otro extremo ideológico; menospreciado por Petro hasta la primera vuelta presidencial, Petro creyó que Abelardo de la Espriella era otro de esos políticos prudentes, sonrientes y predecibles del frente nacional, que derrotaría postulando a un títere acartonado y torpe.
Creyó que De la Espriella era de esos políticos que se preocupaban por no inspirar emociones y se morían de vergüenza ajena por maltratar en público a su contendor, que llamaban a la cordura del discurso, que alertaban sobre de los excesos de la palabra, que apelaban a la profundidad de la idea que el elector no entiende, a la proyección de la propuesta grandilocuente que al colombiano de a pie no le dice nada, el político de oficio de promesa vacía, eso sí, de familia tradicional, la mayoría de las veces muy estudiado.
Esas eran las formas de la política del frente nacional, que Petro sabía volvería a derrotar, porque fueron las formas que murieron en la elección presidencial del 2022, porque su contendor, Rodolfo Hernández (QEPD) tampoco era un político del frente nacional. Algo que ninguno de las decenas de candidatos presidenciales del 2026 entendió, salvedad, por supuesto, del candidato que ganó.
Porque Abelardo de la Espriella, como Gustavo Petro, tampoco es un político del frente nacional, que entendió que el debate de derecha o izquierda en el fondo ya no le importa al elector colombiano, lo que además evidencia una realidad asombrosa: hoy en Colombia, hay más “petrismo” que progresismo y personas de izquierda, y hay más “abelardismo” que personas y políticos de derecha.
Es por eso, que el mal gobierno, los escándalos de corrupción que parece involucran hasta a su esposa y los desaciertos de gobierno, no afectarán a Gustavo Petro, que seguirá gozando de una inmerecida imagen favorable en las encuestas, y será, también injustamente, el jefe de la oposición.
¿Y Abelardo de la Espriella? Por causa del mal gobierno de Petro, tiene todo para trascender, quien además, por la misma razón, ganará la pelea de la derecha, representada por la disputa entre él y Álvaro Uribe. Y es que el expresidente, también es, ante todo, un político del frente nacional.
Pero no todo es color de rosa para los nuevos eruditos y jefes de la política colombiana. Este panorama político complejo, atípico, bizarro, profundamente emocional, y como todo lo emocional, ante todo inestable, puede llevar a algo terriblemente irónico: que terminemos extrañando el frente nacional.
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Por: Juan Pablo Murcia Delgado – murciajuanpablo@gmail.com
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