Desde el año 370 a.C., Platón, en su obra «La República», postuló la necesidad de un gobierno liderado por los miembros más sabios de la sociedad. Él denominó a esta forma de gobierno, el Estado de los “Reyes-Filósofos” o “Aristocracia”.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el significado de “Aristocracia” se transformó, dejó de representar el «gobierno de los mejores» (en virtud y sabiduría) para designar el «gobierno de la nobleza» o el «gobierno de la sangre».
Este cambio obligó a pensadores posteriores a acuñar un nuevo concepto que se alineara más estrechamente con el precepto original de Platón, denominándolo la “Sofocracia”. Este término busca explícitamente otorgar a la sabiduría el rol central como fuente de la toma de decisiones del Estado, con el objetivo de procurar el bienestar de toda la comunidad.
Sin embargo, la «Sofocracia» entra en conflicto directo con uno de los pilares de la evolución social: el principio de «autopreservación». Este concepto sociológico fue crucial para la supervivencia de la humanidad como sociedad hasta la actualidad. Por esta razón, muchas tribus antiguas daban mayor valor a la fuerza física y la astucia del gobernante que a su intelecto o sabiduría, priorizando las cualidades necesarias para la supervivencia inmediata del grupo.
Afortunados han sido aquellos reinos, imperios o sociedades que contaron con un gobernante que combinó fuerza, astucia y sabiduría. Sin embargo, a lo largo de la historia, tales casos han sido escasos. Por el contrario, son innumerables los estados dirigidos por líderes que solo poseían una o dos de estas cualidades. Por ejemplo, en ocasiones el gobernante era un intelectual notable, pero débil de carácter o ingenuo en sus decisiones, como se evidenció con Carlos IV de España (1788-1808).
Por el contrario, los gobernantes que solo han exhibido fuerza, sin tacto ni astucia, han tendido a convertirse en déspotas que se aíslan de sus gobernados, como ocurrió con Luis XV de Francia (1715-1774). De igual manera, si el líder es simplemente astuto, sin un contrapeso moral o sabiduría, corre el riesgo de caer rápidamente en la corrupción y los excesos, un patrón visible en la figura de Fernando el Católico (1452-1516).
En la modernidad, a las características tradicionales se ha sumado un nuevo factor decisivo en la elección de gobernantes: el “Populismo”. Este fenómeno, sustentado en principios democráticos que permiten a cualquier ciudadano postularse a un cargo de elección popular, ha diluido los criterios de evaluación que la sociedad aplica al elegir a sus líderes. El acceso irrestricto a la participación política facilita la postulación de individuos que, de no ser por la democracia, jamás habrían aspirado a representar a sus comunidades por carecer de linaje, respaldo económico o poder político tradicional.
Esta ventaja democrática también ha revelado una debilidad inherente en su estructura de poder, permitiendo el ascenso al gobierno de algunos individuos con muy baja preparación, los cuales acceden a dirigir al Estado, donde toman decisiones neurálgicas, que afectan a toda una sociedad, a pesar de sus carencias educativas o falta de experiencia. Como resultado, vemos gobiernos que improvisan o llegan a aprender a manejar los recursos públicos, lo que ocasiona lesiones graves al patrimonio social.
Un ejemplo fehaciente de lo anteriormente expuesto se observa en Estados Unidos, cuyo presidente actual es considerado el más fiel exponente del populismo moderno. Trump no es reconocido por su sabiduría, en cambio, se destaca por ser un magnate con agilidad para los negocios y firmeza en sus decisiones. Además, cuenta con el respaldo de una potencia económica y militar que subordina al mundo a su conveniencia; esta combinación de factores resulta en un mandatario que toma decisiones de manera impulsiva, careciendo del criterio técnico y la planificación necesarios para determinar sus consecuencias, a leguas un gobierno dirigido por un Bárbaro.
Nuestro país no es ajeno a esta realidad. La próxima contienda presidencial, que se definirá en el año 2026, presenta un abanico de candidatos con características polarizadas y, a menudo, preocupantes. En el listado observamos postulantes que promueven el exterminio de la izquierda (ignorando nuestro historial de violencia política), junto a aquellos que proponen soluciones punitivas extremas (“Dar Balin”) sin el mínimo conocimiento jurídico. Del mismo modo, destacan figuras en el Senado con discursos insulsos y una notable pobreza argumentativa, lo cual genera serias inquietudes sobre la calidad intelectual de los aspirantes al poder.
En Colombia, persiste la crítica de un sector que sostiene que la clase política tradicional se beneficia de la ignorancia del electorado, argumentando que la falta de conocimiento facilita la manipulación de las masas. Sin embargo, resulta paradójico y alarmante observar, como profesionales o personas con formación académica se sienten identificados con el discurso de individuos intelectualmente limitados que aspiran a ocupar cargos en el Congreso o la Presidencia de la República. Esta identificación evidencia una profunda degradación en los criterios de elección de nuestra sociedad.
En conclusión, la Sofocracia Platónica podría ser considerada un ideal inalcanzable que, de implementarse, lesionaría los principios fundamentales de la democracia. No obstante, recae en la sociedad, la responsabilidad de evitar otorgarle representación política a individuos de bajo nivel intelectual en cualquier cargo de elección popular: sea como presidente, congresista, gobernador, alcalde, diputado o concejal.
Sería deseable que, como mínimo, pudiéramos conocer los antecedentes académicos de los postulantes a cargos públicos, como el resultado del ICFES, a fin de que la ciudadanía pueda evaluar la preparación intelectual de quienes aspiran a dirigir el Estado.
Es necesario que nuestra sociedad evite que los bárbaros, lleguen al poder.
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Por: Óscar Eduardo Mazorra Otálora
Correo: osmazorra@gmail.com



