Cuentos para perderse: No existen límites para un soñador

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No sé qué nombre recibe el ruido que genera la lluvia al caer sobre el tejado, pero lo que sí sé es que ese sonido ha parecido a muchos un chasquido romántico y conmovedor, a esos tantos que seguramente desconocen la experiencia de vivir en una casa de cartón con débiles tejados de plástico y tejas rotas que permiten el flujo de agua a través de ellas.

Esa pluvia conmovedora que enamora a algunos y los hace evocar bellos instantes de amor mientras escuchan a Alberto Cortez recitando en un bolero frases como: «Llueve, y tus ojos brillan más que la lluvia en el cristal de la ventana», pero que también inspiró letras como las declamadas por Alí Primera en su canción social para decir, «qué triste, se oye la lluvia en los techos de cartón».

Pedro fue un infante que comenzó a vivir y ser consciente de que existía, en medio de la miseria, viendo cómo otros niños de su misma edad caminaban con cómodos zapatos e impecables atuendos mientras él recorría las calles de su pueblo con los pies descalzos y con vestimentas viejas y raídas, que recibía su madre de manos de personas que generosamente les obsequiaban.

Ella, mujer humilde dedicada a los oficios domésticos y a lavar ropa ajena a la orilla de una de las quebradas que pasaban muy cerca del pueblo, hacía lo que podía para aportar algo a su hogar y poder mantener a su familia.

Sin importar la lúgubre pobreza y las sobrecogedoras carencias, el pequeño Pedro, menor de cuatro hermanos, acudía a la misma escuela a la que asistían los otros niños que habitaban en aquel municipio, al fin y al cabo, era el único establecimiento de educación para varones, la otra era la escuela de niñas.

El chico iba luciendo unos zapaticos de cuero color negro, un tanto rústicos, que su padre Jairo le había podido comprar en diciembre con los ahorros provenientes de los ingresos obtenidos, luego de intensos y sacrificados jornales de obrero raso; con la brusca e injusta condición de que solamente podía calzarlos para ir a la estudiar.

A pesar de todas las carencias, el jovencito vivía feliz, en medio de fantasías e ilusiones, lejos de celos o envidias, a tal punto que celebraba con gran alborozo cada vez que a sus compañeros de estudio les compraban bonitos juguetes, o cómodos y finos tenis; incluso, cuando un vecino adquiría un artefacto eléctrico como un televisor, un equipo de sonido, un ventilador o una nevera, aplaudía como si fuera de ellos y llegaba a su casa con la maravillosa noticia de que fulano, zutano o perencejo, había adquirido un electrodoméstico.

En su casa solamente tenían un radio de transistores que funcionaba con pilas y con electricidad, cuyo estuche era de cuerina color negro y lo mantenían colgado de una puntilla inmensa que había en el comedor.

En las lóbregas noches, su humilde morada era iluminada tímidamente con dos bombillas incandescentes de baja potencia, haciendo de cada fin del día, un momento triste en el que fluían muy pocas palabras, seguramente por el excesivo cansancio de sus padres, por ello, luego de tomar la cena que generalmente era un agua de panela y un pan, cada uno de los integrantes de la familia iba a su cama.

A pesar de todas estas privaciones, ninguno de ellos estaba impregnado de indignación y tampoco vivían contagiados de complejos generados por sus escaseces, por el contrario, en aquellas horas que antecedían al sueño, algunas veces entre los cuatro hermanos, fantaseaban construyendo un mundo de oportunidades para ellos, en parajes distintos, mejorando la calidad de vida de sus padres, quienes a pesar de la inmensa pobreza, daban todo de sí para brindarles lo básico, de hecho, jamás fueron a la cama con el estómago vacío.

Como es natural, el tiempo transcurrió a su ritmo, y más temprano que tarde, el pequeño Pedro se convirtió en un adolescente vivaz al que nada le quedaba grande; no fue nunca el mejor de la clase, pero era alegre y se ganó el afecto de sus profesores, compañeros y vecinos.

Sin dudarlo era el indicado para hacer los mandados porque su honestidad estaba a prueba de cualquier tentación y su fortaleza espiritual le permitía vivir feliz y agradecido con la vida, según él, su don y regalo más preciado, de tal suerte que, a pesar de sus apuros monetarios, su riqueza interior lo hacía sentir inmensamente agradecido con Dios y bastaba con conocerlo para saber que así era.

Un juicio de lanzamiento, a raíz de la aparición inesperada de un supuesto propietario del bien en el que habitaban Jairo, Matilde, Betty, Genaro, Tobías y Pedro, ocasionó de un día para otro la partida de esta familia hacia una ciudad más grande, a la que llegaron en condiciones aún más precarias y en las que tuvieron que vivir por varias semanas en un improvisado cambuche elaborado con chamizos y trozos de plástico que añadieron y templaron para pasar las noches resguardados del sereno.

Poco tiempo después lograron hacerse a un pequeño lote que invadieron, en el que construyeron una casucha elaborada en guadua y revestida en cada uno de sus lados con un plástico grueso de color negro que fue regalado por el dueño de un secadero de café, quien dio trabajo a Jairo y a Genaro, el hijo mayor, por unas cuantas monedas. La cubierta del rancho fue armada con unas tejas de cartón petrolizadas que consiguieron en un remate a las afueras de una ferretería.

Por orientación de otros habitantes de la zona que vivían en condiciones similares, lograron captar agua de manera irregular de un tubo que pasaba muy cerca de donde estaban y llevaron el vital líquido a través de una manguera; de la misma forma se conectaron a la red eléctrica para poder encender una bombilla y el mismo viejo radio color negro, ya sin uno de los dos botones y con la aguja del dial inmóvil, aunque se podían sintonizar varias emisoras.

Pedro y Betty fueron matriculados en un colegio que quedaba en la zona, al que acudían jóvenes como ellos, pero la señorita, antes de terminar la secundaria, con dieciocho años de edad, se fue a vivir con el novio que había conseguido en una cafetería en la que trabajaba los fines de semana, quien le otorgó más y mejores comodidades.

Los otros dos no quisieron estudiar, solamente el menor de todos culminó exitosamente su bachillerato y gracias a los resultados obtenidos en unos exámenes presentados para poder ingresar a la universidad, pudo cursar una carrera en un alma mater del estado en la que la matrícula era prácticamente gratuita para muchachos como él.

Tal vez nadie lo crea y consideren que esta narración es una ficción, pero Pedro logró graduarse y ejercer su profesión con tanto éxito que terminó reuniendo una gran fortuna con la que benefició a sus padres y hermanos, e hizo muchas obras de caridad sobre todo asistiendo a familias que pasaban por situaciones similares a las que él vivió.

Cuando tenía cerca de cuarenta años, una extraña enfermedad lo atacó dando fin a su existencia, no sin antes dejar en el corazón y la memoria de quienes lo conocieron, el más grato recuerdo, y a sus padres, las comodidades con las que soñó en aquellas noches en las que en medio de la miseria tejía sueños que hizo realidad gracias a su determinación, constancia y sacrificio. Él nunca se casó, solamente vivió para apoyar a su familia.

Por: José Cipriano Bosco*

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