La Doctrina Monroe, proclamada por el presidente James Monroe en 1823 bajo la máxima de «América para los americanos», nació con un propósito que parecía noble, blindar el continente contra la recolonización de las potencias europeas.
Defendía que Europa y América debían ser esferas de influencia totalmente separadas. No obstante, esa declaración de política exterior rápidamente dejó de ser un escudo y se transformó en la justificación de facto para el intervencionismo y la hegemonía de Estados Unidos.
Mientras algunas naciones celebraron el apoyo inicial contra la amenaza europea, otras pronto rechazaron la doctrina, considerándola un pretexto para que Washington ejerciera su propio dominio, tratando a la región como su infame «patio trasero».
El Equilibrio de Terror y el Poder Dual
Tras 1945 y la destrucción de las potencias europeas, Estados Unidos emergió como superpotencia, y su política intervencionista se profundizó, encontrando su único contrapeso en la Unión Soviética (URSS). Esta rivalidad, conocida como la Guerra Fría, fue un tenso «equilibrio de terror» que llevó al mundo al borde de la destrucción mutua y que demostró que la fuerza equilibrada era el único mecanismo de contención global.
Ambas superpotencias (EE. UU. y URSS) formaron bloques de aliados y se enfrascaron en una lucha constante por la aniquilación indirecta del adversario. Lo vimos en las guerras subsidiarias (proxys) de Corea, Vietnam y Afganistán, junto con la promoción de insurgencias y paramilitarismo en América Latina y otras regiones, evidenciando la cara más brutal de los intereses geopolíticos.
A pesar de la paridad militar, Estados Unidos poseía dos herramientas de poder únicas que consolidaron su dominio en Occidente. Primero, el dominio financiero, otorgado por el dólar como divisa de reserva mundial tras los Acuerdos de Bretton Woods. Segundo, el poder blando (narrativa cultural y mediática), impulsado por Hollywood y los medios masivos, que construyeron la idea de que la alineación con EE. UU. era sinónimo de «democracia y libertad», mientras que cualquier oposición era intrínsecamente denominada «enemiga de la libertad».
Del Triunfo Unipolar al Nuevo Desafío
La Guerra Fría concluyó en 1991 con el colapso de la URSS, un evento que eliminó el contrapeso global y otorgó a Estados Unidos una hegemonía unipolar completa. Treinta años después, las consecuencias de ese colapso continúan. La persistente expansión de la OTAN —el bloque militar de aliados liderado por Washington que sobrevivió a la Guerra Fría— es, de hecho, el motor de conflictos actuales como la guerra entre Rusia y Ucrania.
Actualmente, el dominio global de Estados Unidos está presentado un declive y fisuras evidentes en su política exterior, este vacío ha permitido la aparición de una nueva potencia que amenaza su hegemonía: la República Popular China.
La paradoja es inmensa: China creció y se fortaleció dentro del sistema económico global dominado y establecido por EE. UU. La confianza y la arrogancia de los líderes estadounidenses les impidieron estimar y contener el potencial de Beijing, que ahora se presenta como el principal rival estratégico de Washington.
El Choque de Poderes: Militar vs. Económico
La nueva rivalidad global se define por la naturaleza de la proyección de poder. Por un lado, la expansión de Estados Unidos se ha basado históricamente en el poder duro o militar, evidenciado por su red global de bases militares (aproximadamente 128 en 51 países) y la constante expansión de la OTAN, utilizada para ejecutar intervenciones alineadas a los intereses geopolíticos de Washington.
Por el contrario, el presidente Xi Jinping tiene como estrategia convertirse en el socio preferente global de la mayoría de los países, a través del poder económico. Su estrategia se basa en la inversión masiva en infraestructura, desarrollo de proyectos de transporte y apertura de mercados de consumo, esta ofensiva de inversión le permite a China ganar un espacio político y económico significativo, desplazando progresivamente la influencia estadounidense en regiones clave.
La reacción de EE. UU. a este desafío contradice su autodenominada imagen de libertad y democracia, generando una guerra comercial con China que incluye la imposición de sanciones, aranceles y bloqueos, presionando a sus aliados a tomar medidas similares, nada mas ajeno al libre mercado.
La Doctrina Monroe a Prueba en su «Patio Trasero»
Para reafirmar su dominio continental, EE. UU. ha desarrollado una doble estrategia en América Latina: por un lado, respaldando a gobiernos afines (ej. con préstamos a Javier Milei en Argentina o apoyo a Rafael Novoa en Ecuador); por el otro, atacando a los gobiernos desalineados (como Gustavo Petro en Colombia o Lula da Silva en Brasil).
Esta estrategia política recurre a la Guerra Híbrida: llenando los medios locales con noticias falsas, creando complots con líderes opositores y desarrollando una persecución legal (congelación de activos, lista Clinton, cancelación de visas) con el objetivo último de instalar gobernantes afines a sus intereses.
El caso de Venezuela es el punto de inflexión definitivo en el declive de la Doctrina Monroe, ya que las decisiones políticas tomadas por Hugo Chávez (nacionalizando el petróleo y expulsando a empresas de EE. UU.) llevaron a la imposición de sanciones, congelamiento de reservas y asilamiento internacional; A pesar de esta presión y de la profunda crisis económica del pueblo venezolano, el régimen se ha mantenido gracias al apoyo crucial de potencias rivales de EE. UU., como China, Rusia e Irán, quienes han ayudado a solventar los ataques y sanciones lideradas por Washington.
La persistencia del régimen venezolano con apoyo chino es un claro indicador del nuevo equilibrio de poder. Si EE. UU. logra un cambio de régimen, reafirmaría el viejo mensaje de la Doctrina Monroe: «América es de los americanos» (bajo dominio de Washington). Por el contrario, si Venezuela logra contrarrestar la presión gracias a sus aliados, quedaría demostrado que el poder estadounidense está en decadencia, incluso en su tradicional esfera de influencia.
P.D.: Es hora de rescatar el gentilicio de americanos, para todos los habitantes del continente, reservando el término estadounidense únicamente para los nacidos en EE.UU.
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Por: Óscar Eduardo Mazorra Otálora
Correo: osmazorra@gmail.com

