Al Hospital Universitario Hernando Moncaleano

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Los columnistas de opinión generalmente nos caracterizamos por ser muy críticos, punzantes y en ocasiones cáusticos, cuando de señalar o generar una crítica con respecto a algo se trata, eso llama la atención de los lectores y se convierte en un gancho para fidelizarlos, pero en ocasiones es justo y loable, reconocer las cosas buenas de las personas, las entidades o las instituciones, si así lo merecen.

Nuestro inolvidable nobel de literatura, Gabriel García Márquez, en su obra autobiográfica “Vivir para contarla”, que fuera publicada en septiembre de 2022 por el grupo editorial Norma, consignó la siguiente frase “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, haciendo alegoría a que aunque los hechos puedan ser pasajeros, los recuerdos hacen de ellos lo que la mente desee, porque las cosas finalmente se llevan en la mente tal cual como ella las atesora.

De tal manera, que aunque la intención de esta columna de opinión no sea contarles que estuve seis días hospitalizados a causa de una apendicitis que se iba complicando un poco, es necesario hacerlo para poder referirme al tema que hoy atañe, a través del cual deseo hacer un reconocimiento público al Hospital Universitario Hernando Moncaleano Perdomo, desde la junta directiva, gerente, cuerpo administrativo, equipo médico, de enfermería, camilleros, servicios generales, y en general, a todas y cada una de las personas que laboran en esta institución hospitalaria, en donde por encima de las instalaciones y equipos, que a todas estas, cada día son mejores; prima el calor humano y la solidaridad con los pacientes y sus familias.

No llegué recomendado por nadie; un dolor abdominal incontrolable me agobiaba y sin dudarlo decidimos con mi esposa acudir a urgencias del mencionado centro médico y desde allí comenzó una historia de la cual no tengo la más mínima queja.

Razonaba en medio del abatimiento acerca de la importancia de todos esos seres humanos que entregan su vida por la de los demás y en mi mente enaltecía su valor, su inconmensurable importancia, su entrega; esa vocación que solamente se compara con el sacerdocio y el servicio a la Patria como miembro de las Fuerza Pública. El sacrificio de todos ellos no tiene precio.

En los días en que estuve allí internado, cuando las molestias de la enfermedad eran menguadas por las expresiones de solidaridad de la familia y de los impecables servicios hospitalarios, tuve la oportunidad de escribir un breve poema que trata de dibujar con palabras lo que uno siente cuando se encuentra en condiciones de vulnerabilidad a causa de un mal, y con éste, quiero decirle a todos los que hacen parte del Hospital Universitario de Neiva ¡Muchas gracias!

“¿Cómo no rendirme al peso del dolor, si alcanza a doblegar la voluntad más honda? Caer, quedar despojado, quebrado en la penumbra, no es sólo la carne la que cede: la mente se disuelve y el alma desciende al abismo más profundo.

Soy como el árbol antiguo, herido en lo secreto de la raíz; donde los hongos —pacientes, invisibles— roen la savia que lo nombra y lo sostiene, mientras el tronco aún dialoga con el cielo. A veces ninguna mano llega.

Y es entonces cuando el misterio actúa: la raíz, aun herida, recuerda la fuente, la tierra responde al llamado y la savia insiste. No todo árbol cae. Algunos transmutan el dolor en hondura, reclaman luz desde la grieta, y un día —sin ruido— vuelven a ofrecer sombra, flor y fruto”.

Adenda: Tengo suficientes razones para guardar un excelente recuerdo de mi paso por este lugar y aunque enfermedad es enfermedad, el calor humano puede llegar a ser una medicina tan curativa como los antibióticos y los medicamentes para el dolor.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
Twitter: @Hufercao04

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