El actor Diego Vélez y su historia sobre la violencia de género

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En su cuenta de Twitter, el reconocido actor colombiano Diego Vélez, contó su experiencia con una expareja, sobre el tema de violencia de género, que también le ocurre a los hombres.


Quiero contar esta triste historia a propósito del maltrato y la violencia de género. Hace unos 15 años, o un poco más, tuve una novia deportista que practicaba pesas.

Era una rubia bastante más joven que yo y muy atractiva. Yo venia de la separación de un matrimonio de 20 años en el que había tenido mis tres amados hijos. Mi situación emocional era, por decir lo menos, frágil. La conocí a través de una amiga en el barrio La Macarena.

 

Casualmente ella también estaba en un proceso de separación, así que esa misma noche después de unas cervezas y una buena conversación decidimos irnos juntos a mi pequeño apartamento en Chapinero. La noche fue tan activa y placentera que se quedó a vivir conmigo. Pasaron algo más de un par de años de una relación divertida, con mucha rumba, más bien poco alcohol, mucho sexo y cero drogas.

Yo había recaído en el consumo de yerba, tal vez por mi estado emocional, pero ella me pidió que la dejara y así lo hice. Desde el inicio de la relación ella me contó que había sido diagnosticada con trastorno bipolar y tomaba medicamentos por ese motivo.

Después de esta larga introducción voy al grano: Tuvimos la mala idea de parar la toma de sus medicamentos a ver cómo le iba. Grave error: En una rumba con jóvenes de su generación, me aburrí y decidí, de acuerdo con ella, irme y dejarla en su sana diversión, en donde se hablaba de fútbol y de temas que me resultaron aburridos. En lugar de irme para la casa, ya con unos pocos tragos en la cabeza, me fui a un rumbiadero de salsa. Sentí vibrar el cel en mi bolsillo. Era ella. Se había ido para el apto y estaba muy molesta por mi ausencia.

 

Me fui inmediatamente y la encontré con una botella de ron, bastante pasada de tragos. Rápidamente entramos en una discusión sin sentido y ella empezó a romper los platos de la cocina y todo lo que encontraba a su paso. Quise detenerla tratando de no ejercer violencia, pero cuando estaba en esa tarea, siento un golpe fuerte en la cabeza.

Con la botella de ron me metió un botellazo que me abrió la cabeza produciéndome una hemorragia bastante copiosa. Como quiso seguir agrediéndome la abracé con fuerza para detenerla.

Rodamos por el suelo. En el forcejeo sentí un dolor que me subió por la pierna. Me había fracturado un hueso del pie. Logre como pude zafarme, correr a mi habitación y cerrar la puerta. Mientras le decía que se calmara vi atravesar totalmente la puerta de madera por las patas de una butaca de hierro del mesón. Ella gritaba como loca y golpeaba muebles y objetos.

Sonó el timbre de la puerta y escuché voces masculinas que gritaban !que está pasando!! !abran la puerta!! Ella sin parar de gritar como si la estuviera golpeando, dejó de azotar y tirar cosas.

Aproveché y corrí a abrir la puerta. Los vecinos, 3 o 4 hombres, muy bravos, me vieron bañado en sangre, cojo y con cara de terror, pero no les pareció alarmante, entraron a ver cómo estaba ella y la vieron tirada en el suelo jalándose el pelo y gritando pero sin un rasguño.

Entonces dijeron algo como: “creímos que le estaba pegando a esa muchacha” y se dispusieron a irse. Y yo: “no se vayan, necesito ayuda” no valieron mis ruegos. Desaparecieron por las escaleras. Una vez estuvimos de nuevo solos, volvió a atacar la energúmena y bella pesista.

 

Corrí como pude por los pasillos del piso, pero debido a mi cojera me alcanzó y me propinó un mordisco a la altura del costillar. Me zafé como pude logrando entrar a mi apartamento y cerré la puerta. Llame a la policía y a su padre, del que tenía su teléfono.

Ella golpeaba con tal fuerza la puerta metálica que luego pude ver pequeñas manchas de sangre de sus nudillos en la pintura blanca. El portero me contó luego, que había subido pero que al ver el estado de la chica, se había devuelto a guardar su revólver por temor a que ella se lo quitará y nos matará a todos.

Por fin llegó la policía, al mismo tiempo que su padre, la calmaron y se la llevaron. Yo salí para el hospital. La herida en la cabeza no fue grave, la sangre es escandalosa, pero el pie necesito de inmovilización con un yeso.

Los médicos no creían que hubiera sido mi novia, pero uno que sí me creyó, se me acercó y en tono categórico me dijo: “no pensará volver con ella” Y así fue, le pedí que sacara sus cosas del apto y deje de verla por un buen tiempo. Sin embargo no hubo odio ni afán de venganza de mi parte.

Fui consciente de su problema y del error de haber parado su medicación. Así que un día me la encontré y me sorprendió verla golpeada, con moretones y raspones. Le pregunté que le había pasado y después de insistir porque no quería contarme me soltó esta perla:

Mi papá me dijo que tú eras un cobarde porque te habías dejado pegar de mí y terminamos peleando. Él era experto en artes marciales. Acabé de entender todo. Le conservo cariño. Durante muestra relación la animé y le ayudé económicamente a continuar sus estudios.

Hoy ejerce su profesión de profesora de idiomas, hablaba un perfecto inglés y sé que me conserva también mucho cariño y agradecimiento. Y parece también, porque me lo hizo saber, un poco del deseo que nos unió.

Yo ahora tengo una relación con una mujer un poco malgeniada pero en los 15 años que llevamos juntos, no ha habido ningún acto de violencia entre los dos. Me la conseguí, eso sí, pequeña y más bien flaca, por si acaso. Eso sí bella e inteligente, para no bajarle a la diversión.

Después de esto entendí por qué en uno de los libros más importantes de la literatura medieval española, “El libro de buen amor” el Arcipreste de Hita dice, palabras más, palabras menos. “Siempre es preferible la mujer pequeña, porque entre dos males es mejor el menor”.

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