Vuela alto, apreciado Che

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No recuerdo con exactitud el momento en que conocí a Josué “El Che” Manrique. Tal vez porque su presencia habita en mi memoria desde los primeros años de mi infancia, cuando, siendo apenas un niño, de siete u ocho años quizá, visitaba ocasionalmente su casa.

Allí, junto a sus hermanos Pipe, Mayo y Otto, organizaban pequeños números circenses que despertaban la risa y el asombro de quienes crecimos en ese rincón del municipio. Eran tiempos sencillos, pero profundamente luminosos.

Años después, ya entrados los noventa y tras mi llegada a Bogotá, volví a encontrarme con él. Lo vi entonces en otra faceta: liderando con entusiasmo la colonia giganteña en la capital, convocando voluntades y organizando un equipo de fútbol en el que destacaba con naturalidad, como si el deporte fuera una extensión de su carácter: disciplinado, alegre y generoso.

El Che fue, ante todo, un emprendedor admirable. Siempre tuvo la mirada puesta en los suyos, en esa juventud que compartía sus raíces y sus sueños. No dudó en tender la mano y brindar oportunidades a centenares de paisanos, quienes, de su mano, recorrieron la geografía nacional en tiempos en que el país comenzaba a tejer su red de comunicación con la expansión de la telefonía celular. En cada torre instalada, en cada jornada compartida, iba también su propósito de dignificar el trabajo y abrir caminos.

Más adelante, con la misma convicción que lo caracterizaba, incursionó en la vida pública. Asumió el desafío de la política como un ejercicio de servicio, y logró convertirse en alcalde.

Desde allí impulsó un gobierno incluyente, cercano, con resultados palpables para el municipio. Su gestión dejó huella y, como prueba de ello, su gente volvió a confiar en él, otorgándole una segunda oportunidad para orientar los destinos de esta tierra cafetera y cacaotera del Huila que tanto amó.

Siempre reconocí en él un espíritu profundamente altruista, una voluntad sincera de ayudar, de estar presente, de sumar. Esa fue, sin duda, una de las cualidades que más admiré.

Hoy me quedan los recuerdos: anécdotas entrañables, risas compartidas, imágenes que el tiempo no borra. Y en cada una de ellas vive su esencia.

Vuela alto, apreciado Che. Tu huella permanece.

Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
X: @Hufercao04

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