Turismo Barato

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En épocas de recesión económica, como las que estamos viviendo a consecuencia de diferentes factores globales, hay que identificar claramente cuáles son las necesidades prioritarias de las personas al momento de definir sus compras y gastos.

Desde siempre se ha considerado que la actividad turística, tal y como se ha practicado en el pasado, puede encajar perfectamente, como el disfrute de un conjunto de bienes o servicios de carácter suntuosos o de lujo.

Hasta hace muy poco “Vacacionar” significaba, visitar lugares remotos, casi siempre rodeados de atractivos de alto nivel, adoptando esta referencia no solo por la calidad de sus productos, o su valor histórico, cultural o de naturaleza, sino también por los altos costos que implicaba acceder a ellos, desde destinos que solo permitían su disfrute vía área, amarrados al elevado coste de este tipo de transporte, pasando por los demás componentes de la cadena servucción, como el alojamiento, los servicios de alimentos y bebidas, y otros relacionados, que también implicaban considerables gastos, lo que impedía a cualquier persona de ingresos promedios, disfrutar de estos servicios, en aras de no sacrificar necesidades de mayor prioridad.

A partir de la pandemia a causa del Covid19, que afectó a casi todo el mundo; y las posteriores estrategias de reactivación económica planteadas en todas las actividades económicas que se vieron altamente perjudicadas, pero en especial en aquellas que, como el turismo, dependían directamente de afectaciones puntuales como la restricción en los desplazamientos a otros lugares, en su momento totalmente controlados y en algunos periodos prohibidos; se ve necesario redefinir el concepto de turismo sustancialmente.

Los destinos de fácil acceso, pocos sofisticados, alejados de las aglomeraciones propias de la popularidad, y por su puesto de altísimos costos, cedieron espacio, a un turismo local, más rustico y natural, y de costos más mesurados.

Hablar de Turismo “Barato”, puede considerarse una alternativa estratégica, en esta nueva etapa de la denominada industria sin chimeneas. El concepto etimológico de esta palabra, viene del latín “baratar”, que significa (trocar o comprar a bajo precio), palabra que a su vez proviene del griego “prattein”, utilizada con frecuencia por antiguos mercaderes griegos en sus transacciones.

Dichas culturas, de alto espíritu comercial, fundamentaron muchas de sus negociaciones, en un concepto muy conocido por nuestra sociedad actual, el “regateo”, que es la discusión básica entre vendedor y comprador, para conseguir cerrar la venta, principalmente con un beneficio real para este último.

Este juego de palabras, fortalece la importancia de definir los precios de las actividades turísticas, de tal forma que el espacio para la negociación sea mínimo, sin hacer que el vendedor pierda el rumbo y el objeto de su negocio, y que mucho menos se afecte el mercado local, con este tipo de decisiones generalmente individuales, pero que con frecuencia se toman en un mercado de libre competencia.

Existen diferentes estrategias para la fijación de precios en los servicios turísticos, pero todas pasan por los mismos conceptos. El primero y fundamental es costo del producto o servicio, ya que no se puede establecer un precio definitivo, sin hacer un ejercicio completo de costeo que permita al empresario u operador, definir todos y cada uno de los componentes básicos de un itinerario turístico (transporte, alojamiento y alimentación), pero también considerando conceptos paralelos como gastos administrativos, gestión comercial y seguros, requeridos en cualquier actividad de esta índole.

El segundo son los precios de la competencia, en el que se debería tener en cuenta, la realización de un estudio de “benchmarking”, profundo y actualizado, entre sus competidores directos y potenciales, para entender y adaptar sus estrategias y mejores prácticas, en cuanto a lo que compete a la fijación de precios.

Es muy importante tener en cuenta que, para un ejercicio efectivo, se deben considerar competidores turísticos de la misma categoría que el nuestro (Trayectoria del destino, ubicación y calidad de los bienes y servicios ofertados), esto para no caer en el error de asemejarnos a proyectos de mayor tamaño y por ende perder capacidad comparativa y competitiva.

El tercer y también crucial aspecto, son los objetivos del empresario, que deben estar adecuados a sus necesidades de crecimiento, penetración y cobertura de los mercados y relacionamiento con el entorno.

Es muy importante al momento de ofertar nuestro proyecto turístico, desmentir la afamada frase, que en el argot comercial es frecuente “lo barato, sale caro”, logrando ofertar un servicio de alta calidad a un precio justo, competitivo y consecuente con el nicho de mercado que queremos capturar.

Por: Hugo Andrés Rivera Collazos
Correo: hrivera.consultores@gmail.com  – Twitter: @hugoandres1975

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