“El sentido común es el menos común de los sentidos” nos enseñó el filósofo ilustrado Voltaire contradiciendo a su colega también francés Descartes. De pequeño me llevaron a medir “mi inteligencia” porque me aburría en clase y cuestionaba el sistema.
El número salió por encima de lo que esperaban parece, de 3 cifras y la psicóloga dijo: “tonto no es”. Esperaba que dijera que tenía un extraordinario sentido común pero tampoco. Fin de la anécdota. El problema es cuando confundimos esa anécdota con una vocación. Reducir lo fabuloso de cualquier mente y el destino a un número es, además de cómodo, un acto de total violencia intelectual peligrosísima.
En 2025 seguimos coronando como “mejores” a quienes brillan en pruebas que capturan una franja estrecha de la realidad: velocidad para patrones, memoria, analogías. Útil, sí. Suficiente, JAMÁS. El Coeficiente Intelectual (CI) sirve para seleccionar talento técnico; predice rendimiento académico y tareas repetibles. Gracias por los servicios prestados. El mundo real, la ciudad donde estás en este momento, no vive de problemas de libro: vive de múltiples situaciones enmarañadas, con diferentes actores, intereses cruzados y consecuencias que rebotan como fichas de dominó.
El fetiche del CI tiene costos. Alimenta élites que confunden destreza lógica con derecho a mandar; lo medible se vuelve sinónimo de neutral y termina expulsando lo vital: la confiabilidad, el tejido social, la capacidad de reparar cuando algo sale mal, la costumbre de escuchar antes de imponer, la cultura de legalidad que evita atajos que después cuestan carísimos. Aplaudimos gráficos impecables mientras, afuera, se erosiona la confianza.
Miremos un dato básico: apenas alrededor del 2,2% de la población mundial tiene un CI superior a 130. ¿De verdad vamos a organizar la vida para ese grupito y a medir a los restantes 7824 millones de habitantes del planeta con una vara que no contempla lo que sostiene lo común? La llamada “mayoría promedio” no es mediocre como el sistema intenta infundir: es la columna vertebral de cualquier sociedad. Ahí están ciudadanos de todo tipo que hacen que absolutamente todo funcione. Su inteligencia es práctica y social. Sin todos ellos, nada arranca por la mañana.
La inteligencia del siglo 21 que importa, no cabe en una cifra. ¿De qué vale una obra perfecta en el Excel si se cae en la primera lluvia? La diferencia entre prometer y lograr pasa menos por neuronas veloces y más por criterio, carácter y capacidad de cooperar.
No se trata de negar evidencias. Los tests sirven en contextos específicos. Lo que cuestiono es su monopolio moral. En democracia, nos está costando mucho, demasiado. Políticas que celebran indicadores parciales y ocultan costos sistémicos; líderes “brillantes” que sonríen todo el tiempo y se aman, pero no escuchan y son incapaces de admitir un error y corregirlo a tiempo.
Necesitamos la inteligencia colectiva. La que mezcla saberes y oficios, junto con razón y cuidado, ciencia y barrio, sin “doctores” que se creen dueños de la verdad. La que se ancla en la responsabilidad de responder, aprender y reparar. Alguna vez la llamaron “habilidades blandas”; en realidad son infraestructura moral. Sin esa base, cualquier plan queda frágil, aunque luzca “formalmente inteligente” en el papel.
El Huila puede ser laboratorio de esta otra inteligencia: mezcla de campo y ciudad, ríos, café y energía; universidades, emprendedores y ciudadanía crítica. Si honramos el aporte de cada quien, si tejemos solidaridades concretas en lugar de pedestales, ganamos todos: el niño en la escuela, la empresa que innova, el hospital que cuida, la vereda que florece. Nadie puede solo y todos somos importantes. Un gobierno que solo aumenta impuestos para generar soluciones, está desoyendo el aporte que puede dar todo su pueblo.
No renunciemos a la inteligencia: renunciemos a su fetiche. La sociedad no necesita solo personas más listas; necesita comunidades más confiables y flexibles, más justas y más sabias. Nos necesitamos todos sin subestimar a nadie. “Los caballos se ven en la pista” decimos en Argentina. Para que una sociedad funcione, no te dejes engañar por el aspecto exterior, porque la única verdad es la realidad y ahí es donde se miden las acciones.
¡Ah! Antes de irme, premio para quienes llegan hasta el final: está en marcha una medición ciudadana (sin pauta ni padrinos). Un termómetro de calle, cotidiano, que va a mostrar lo que los opitas dicen cuando no los filman.
—
Por: Caly Monteverdi
Conferencista internacional
Comunicador argentino, asesor estratégico y creativo
X – Twitter: @Calytoxxx

