No queremos ser héroes

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Cada tragedia en Colombia parece venir acompañada del mismo libreto. Primero llegan las imágenes del desastre, después los llamados a la solidaridad y, finalmente, muestran a  los héroes; bomberos, rescatistas (profesionales y voluntarios), enfermeras, médicos y demás trabajadores de la salud. Se multiplican los homenajes, los aplausos y las palabras solemnes. Pero cuando las cámaras se apagan, los héroes vuelven a convertirse en trabajadores precarizados. Por eso, esta vez hay que decirlo claramente: los médicos no queremos ser héroes.

El terremoto del pasado 10 de agosto golpeó con especial dureza al occidente colombiano, afectando el Eje Cafetero, Chocó, Valle del Cauca y Cauca. La emergencia no solo dejó muertos, heridos y miles de familias damnificadas; también comprometió centenares de centros de salud y volvió a poner a prueba una infraestructura sanitaria que en muchas regiones ya funcionaba al límite antes de que la tierra temblara. Y allí estábamos los médicos, como estuvimos durante la pandemia y como hemos estado siempre.

Pero conviene recordar lo ocurrido entonces. Durante la COVID-19 nos llamaron héroes mientras médicos, enfermeras y otros trabajadores sanitarios enfermaban y morían atendiendo pacientes. Recibimos aplausos desde los balcones, reconocimientos públicos y discursos cargados de gratitud. Terminada la emergencia, sin embargo, la estructura laboral permaneció prácticamente intacta para miles de profesionales.

Persistieron los contratos por prestación de servicios, la inestabilidad laboral, las jornadas extenuantes y los pagos retrasados; persistió la absurda costumbre de tratar como contratista independiente a quien cumple funciones permanentes dentro de una institución.

Hoy resulta ofensivo pedir nuevamente heroísmo a profesionales a quienes, en algunos hospitales, se les adeudan meses de salario. Un médico no debería tener que escoger entre abandonar un hospital que le debe seis meses de trabajo o permanecer allí por responsabilidad con sus pacientes. Eso no es vocación, es abuso de la vocación.

La emergencia también debe obligarnos a discutir qué sistema sanitario queremos reconstruir; no basta reparar paredes agrietadas, hay que revisar hospitales, plantas físicas, redes de urgencias, disponibilidad de camas, capacidad de respuesta ante desastres y condiciones laborales del talento humano.

Porque un sistema de salud no puede considerarse sólido si sus hospitales son vulnerables y quienes trabajan dentro de ellos sobreviven en la incertidumbre contractual.

El Gobierno tiene ahora una oportunidad y una obligación que va mucho más allá de administrar la emergencia; convertir la reconstrucción en una verdadera política de fortalecimiento sanitario. Eso significa inversión hospitalaria, saneamiento financiero, pago inmediato de salarios atrasados y una reforma laboral que garantice contratación digna, estabilidad y protección social para médicos y demás trabajadores de la salud.

Los médicos estaremos donde debemos estar,  en los hospitales, en los servicios de urgencias, en los quirófanos y junto a las comunidades afectadas.

No pedimos privilegios, pedimos derechos; no queremos homenajes mientras nos deben salarios, no queremos aplausos mientras trabajamos sin estabilidad, no queremos otra fotografía llamándonos héroes para después regresar al mismo abandono.

No queremos ser héroes. Queremos ejercer nuestra profesión con dignidad. Y quizá haya llegado el momento de que Colombia comprenda que cuidar a quienes cuidan no es un gesto de gratitud. Es una obligación del Estado y una condición indispensable para tener un sistema de salud capaz de resistir la próxima tragedia.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica

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