No nos dejen solos

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Hoy escribo desde el dolor, desde una ciudad herida que hace cinco años me abrió sus puertas y decidió tratarme como a uno de sus hijos. Pereira me recibió con esa manera suya de hacer sentir al forastero como si siempre hubiera pertenecido a estas montañas. Una ciudad cívica, amable, querendona y trabajadora que hoy, en medio de los escombros, vuelve a mostrar otra de sus virtudes: su valentía.

Nunca imaginamos estar en medio de una tragedia hasta que la tierra se nos mueve bajo los pies; hasta que los lugares cotidianos dejan de ser reconocibles, las calles se llenan de polvo y sirenas y, detrás de cada pared caída, aparece una historia. Ver una ciudad destruida y contemplar el dolor y la incertidumbre de su gente golpean el alma de una manera difícil de explicar.

Pero hay algo que duele todavía más; comprobar que incluso una tragedia puede convertirse en escenario de disputas políticas. Mientras hay personas buscando familiares, comunidades esperando alimentos y municipios intentando levantarse, asistimos nuevamente a la improvisación, a la descoordinación y a decisiones gubernamentales difíciles de comprender, entre ellas las relacionadas con la ayuda internacional.

Este no debería ser el momento para los cálculos políticos. Es el momento de salvar vidas. Y, sin embargo, frente a la ausencia o insuficiencia del Estado, aparece esa Colombia que tantas veces nos ha salvado de nosotros mismos.

La de los voluntarios; la de quienes perdieron casi todo y, aun así, utilizan sus manos para retirar escombros, ayudar a buscar sobrevivientes y recuperar los cuerpos de quienes no pudieron ser salvados. La de los jóvenes que recorren las calles preguntando dónde pueden ayudar. La del personal de salud que continúa trabajando mientras carga con sus propios miedos y pérdidas. La de quienes recogen dinero, preparan alimentos, distribuyen agua, consiguen medicamentos o simplemente abrazan a alguien que lo necesita.

Quizás allí esté nuestra mayor esperanza: los colombianos seguimos siendo mucho mejores que buena parte de nuestra política.

Hoy tengo el alma herida. Escribo estas palabras con los ojos llenos de lágrimas, pero también con la convicción de que no podemos quedarnos solamente contemplando la tragedia.

No nos dejen solos. Risaralda, Valle del Cauca, Chocó, Quindío y Caldas necesitan de Colombia; y no solamente sus capitales; hay municipios, veredas y comunidades alejadas donde la destrucción también llegó y donde la ayuda tarda mucho más en aparecer.

La solidaridad ahora debe convertirse en acción. Si pueden donar alimentos, agua, medicamentos, elementos de aseo, insumos o dinero, háganlo a través de organizaciones e iniciativas confiables. Y si desean ayudar pero tienen dudas sobre cómo hacerlo, pueden comunicarse conmigo.

Ya hemos recibido aportes que se han convertido en alimentos e insumos para quienes los necesitan. Seguiremos recogiendo recursos y procurando que cada ayuda llegue a donde realmente hace falta.

Hoy la tierra nos recordó nuestra fragilidad. Que nuestra solidaridad nos recuerde nuestra humanidad.

Por: Adonis Tupac Ramírez Cuéllar
adonistupac@gmail.com
X: @saludempatica

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