Con todo el respeto que usted merece, querido lector, permítame hacerle una pregunta sencilla pero necesaria: ¿recuerda en qué consistió la llamada Guerra Fría? Si la memoria flaquea, vale la pena traerla de nuevo al presente en esta breve reflexión.
La Guerra Fría fue un prolongado periodo de confrontación política, ideológica, armamentista, territorial y comercial entre los Estados Unidos de América y la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Se extendió por cerca de 44 años, desde 1947 hasta 1991, y se caracterizó por la polarización del mundo en dos grandes bloques: uno alineado con el capitalismo y otro con el comunismo.
El término “Guerra Fría” se atribuye al escritor George Orwell, autor de 1984 y Rebelión en la granja, quien anticipó en un ensayo un escenario de disputa permanente entre las grandes potencias, al que denominó “un estado continuo de guerra fría”.
El historiador Eric Hobsbawm, en su obra La era de los extremos, señala como rasgos distintivos de este periodo la división del mundo en dos campos antagónicos, la carrera armamentista que mantuvo al planeta al borde del abismo, la competencia espacial, la creación de la Organización de las Naciones Unidas y la construcción —y posterior caída— del Muro de Berlín, símbolo por excelencia de aquella confrontación geopolítica.
Paralelo a ello, y como uno de los focos más sensibles de tensión, especialmente en América Latina, los Estados Unidos promovieron y respaldaron dictaduras militares con el propósito de frenar la expansión del comunismo en el continente. Para tal fin, alentaron y apoyaron golpes de Estado que dieron origen a regímenes autoritarios y represivos en países como Argentina (Jorge Rafael Videla), Chile (Augusto Pinochet), Paraguay (Alfredo Stroessner), Bolivia (Hugo Banzer), El Salvador (Maximiliano Hernández Martínez), Cuba (Batista), Nicaragua (la dinastía Somoza), Honduras (Tiburcio Carías) y Guatemala (Castillo Armas, Ríos Montt y Mejía Víctores). Excúseme el lector si alguno se me escapa.
Estas dictaduras, tiránicas y violentas, fueron responsables de decenas de miles de muertos y desaparecidos, dejando una huella de barbarie que aún hoy no ha sido borrada de la memoria colectiva de nuestros pueblos.
Por ello, el discurso que apela a la supuesta necesidad de violar la soberanía de países como Colombia en nombre de la “defensa de la democracia” no es más que un cuento chino al que no debemos prestarle crédito. Como bien lo expresó el maestro Camilo Salas en una hermosa parábola compartida en un grupo de WhatsApp sobre arte y cultura —al que honrosamente pertenezco—, muchas veces la mentira se disfraza con las galas de la verdad para confundir, seducir y atrapar a quienes la reciben en sus engañosas telarañas.
Adenda
Iniciamos un calendario político y electoral decisivo, en el que se definirá el rumbo de nuestra nación durante los próximos cuatro años. Es momento de mantener la mente clara y los pies firmes sobre la tierra, para que, con el poder que nos confieren la Constitución y la democracia, sepamos elegir aquello que realmente convenga al interés colectivo y al futuro del país.
—
Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
Twitter: @Hufercao04



