De un tiempo para acá mientras camino por las calles de Neiva, de la mano con mi pareja, ando con cara de “dígame algo y verá”, todo porque ya estoy en ese momento de la vida donde no tolero que se me trate diferente por decidir amar a otra mujer que no sea mi mamá.
¡Ni de fundas!… no me voy a excusar ni me voy a esconder, por mucho pueda llegar a incomodar. Soy lo que soy y me encanta, por eso hoy 26 de abril Día Internacional de la Visibilidad Lésbica, pues hago visible mi sexualidad tanto por mí como por todas y nuestro derecho a ser libres.
Pero esto no siempre fue así, yo también tuve miedo, miedo de defraudar a mis padres, miedo de presentar a mi pareja, miedo de tomarla de mano en una calle oscura o de besarla en un restaurante, miedo de un taxista que nos lleve juntas a casa, miedo a no ser valorada por mis habilidades y conocimientos y por el contrario sólo ser vista como “la rara”, miedo de los padres y sus hijos pequeños, miedo a un despido o al runrún de la oficina, miedo.
Y es que para ninguna es fácil, menos si nacimos en el país donde se manda al traste un proceso de paz porque con los Acuerdos el gobierno supuestamente quería “homosexualizar” a los niños y niñas ¡hágame el bendito favor! ¿Quién quiere salir del clóset entre tanta paranoia?
Y ni hablemos de las iglesias que dicen “curar” la homosexualidad, que esas también me sacan de quicio y no ayudan mucho que digamos, pues son las primeras que deberían curarse del odio y la ignorancia porque de pecadoras no nos bajan.
A ver señores pastores y feligreses ¿no se han dado cuenta que tanta obsesión con querer corregirnos es una violación a nuestra dignidad personal?, ¿qué pasó con el libre albedrío? Eso no es practicar el evangelio del amor que nos dejó el parcero Jesucristo, Dios me ama mí y a todas nosotras tanto como a ustedes, les guste o no.
De paso, no tengo la menor duda de que el verdadero pecado es incentivar a las familias para que expulsen a los miembros que no se identifican como heterosexuales, eso ha dejado a muchas de nosotras sin redes de apoyo, sin educación formal y sin estabilidad económica o emocional. ¿Cuál condena eterna? Si nos están condenando en vida a la vergüenza, la marginalidad, la culpa y la soledad.
¿Ven? Ninguna la tiene fácil cuando de hacerse visible se trata, entonces transformar el miedo en orgullo es todo un trabajo personal y hasta político ¿por qué? porque nos toca aprender que las que estamos mal no somos nosotras sino la sociedad, las iglesias, los colegios, la familia, el sistema médico, el Estado o cualquier otra institución que nos juzgue o nos quiera invisibles.
Aprendiendo esto dejamos de excusar al resto del mundo para empezarle a exigir reconocimiento y respeto, nada de “yo no soy homofóbico pero que mi hija no salga con esas” ni de “lo respeto pero no lo comparto”, sin lugar a dudas, quienes deben cambiar son los que ponen el grito en el cielo, no nosotras.
Es que en serio, hasta se vuelven infantiles con el tema y ni hablar pueden ¡ojo! no se dice: es que ella es medio rara, ni mucho menos arepera o marimacha, se dice lesbiana ¿van a tener que hacer una plana? Díganlo, sin miedo.
Y por amor de Dios, no hagan las típicas preguntas ridículas de ¿se nace o se hace?, ¿quién es el hombre y quién es la mujer?, o pero… ¿ustedes cómo hacen? No hagan el oso ni nos hagan pasar malos ratos a nosotras… que nadie anda preguntándole a los heterosexuales si nacieron o se hicieron ni mucho menos cómo es que hacen bebés.
Al contrario de lo que muchos piensan, no es nuestra labor satisfacer el morbo de nadie ni saciar su curiosidad, nuestro único deber es ser quienes somos y no agachar la cabeza por ello, no estamos enfermas, no somos pecadoras y exigiremos ser visibles este y los 365 días del año. Si no le gustó, bien pueda taparse los ojos.
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Por: Claudia M. Álvarez – claudialbaricoque@gmail.com
Twitter: @cmalvarezh

