La vida es un pastel pero muchas veces nos morimos de hambre. Desde el nacimiento y hasta la muerte nos enfrentamos diariamente a muchos retos, por supuesto el entorno en el que nos desarrollamos juega un papel fundamental para la consecución de nuestros propósitos, pero lo es aún más las personas con que nos relacionamos, en definitiva la vida se desarrolla en un espacio y en un tiempo, en el espacio compartimos logros, derrotas, crisis, felicidad, amor entre otras emociones y situaciones pero es el tiempo el que nos determina lo momentáneo que puede resultar cada hecho, es en el tiempo que es finito, que nos movemos hacia un círculo vicioso o simplemente uno virtuoso, en donde cada experiencia se constituye en un aprendizaje para mejorar, para avanzar en el desarrollo de habilidades para la vida que forjan nuestra personalidad y que nos permite desempeñarnos adecuadamente en una sociedad que cada vez cambia de manera acelerada.
Si imaginamos aquella situación en la que consideramos que no era posible seguir, que nuestro cuerpo y nuestra mente se bloquearon al punto de querer salir corriendo y gritando lo imposible de la situación, el tiempo nos ayudó a olvidar o atenuar lo malo de la realidad y tanto los espacios como las personas nos permitieron salir abantes.
La muerte de un ser querido es creo una de las situaciones más difíciles, pues los sentimientos de culpa, los vacíos dejados, las palabras y acciones que no se hicieron con el ser querido, martillan nuestra mente y despiertan emociones de tristeza que deben afrontarse con la naturaleza de la situación, el hablar del tema, el llorar y confrontar esa condición se constituyen en acciones que sirven como una terapia de sanación, que con el tiempo, terminará sin proponérnoslo en espacios de evocación de nuestros seres queridos en aquellos buenos momentos, lo que permite dilucidar que en efecto el tiempo es el mejor remedio para la cura de nuestros males. “No hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista” dice el adagio popular que tiene mucho de cierto.
Es en el espacio que nos da la vida donde ser persevera, donde se intercambian experiencias, recuerdo haber dialogado con guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, delincuentes comunes y de cuello blanco, con ellos encontré respuesta a muchas preguntas que nos tiene la vida y en muchas ocasiones logré entender sus razones y como con ellas terminan justificando su equivocado comportamiento.
Refugiándose en sus desdichas no aprendieron a salir del círculo vicioso en don se reproducen a diario los malos procederes y justifican todos los días que lo que hacen es necesario para su supervivencia y la de los suyos, como diría en la cultura paisa “Conseguí platica honradamente y si no podes honradamente conseguí platica”, lo que desemboca tarde o temprano en hechos delictuales que afecta su entorno y que se constituyen en parte de nuestros males sociales.
Es por ello que está demostrado hasta la saciedad que debemos tener como nuestra primera apuesta para acabar con el circulo vicioso de la violencia, la educación, no una educación teórica que sature el pensamiento de conocimiento vacíos, sino una educación de nuestras emociones, gran parte de nuestro hierro está directamente ligado a un afán por el conocimiento y la saturación de información a nuestros niños, pero una descontextualización respecto a la responsabilidad que tenemos con nuestro prójimo, tenemos una educación indolente frente a los problemas de la vida y debemos procurar por una educación para la vida, que desde la cuna hasta la tumba, eduque nuestras emociones y nos prepare para desarrollar con humanidad nuestro quehacer, de que vale tener médicos que conoce a saciedad a la medicina si se dirigen a sus pacientes sin siquiera mirarle a la cara o considerar su dolor, de qué sirve formarnos como ingenieros si a la hora de construir atacamos el medio ambiente, o nos movemos por la lógica económica y dejamos a un lado nuestra responsabilidad social y ambiental.
Demandamos una escuela, un colegio y una universidad para la vida, que se sensibilice respecto a las causas sociales, que no le dé la espalda a la pobreza, que sienta en cada niño en la calle una razón para trabajar por ellos, que reaccione frente a las injusticias, que sea parte de la solución y ante todo que prepare a los seres humanos que sensibles frente a la vida no escatimarán esfuerzos para ayudar al prójimo y dar todo de sí para mejorar su entorno, sin declinar en cada intento promoviendo un circulo virtuoso que en un espacio y en un tiempo permitirán que el sol brille y derrote la penumbra.
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Por: Alfredo Vargas Ortíz – alfredo.vargas@alcaldianeiva.gov.co
Twitter: @Alfredovargaso – Secretario de Educación

