Cierro los ojos y me permito imaginar otra Neiva. Una ciudad más ordenada, con proyectos que no se quedan a mitad de camino y con una administración que sabe hacia dónde va.
A veces me pregunto qué habría pasado si hubiéramos elegido distinto, si hoy estuviéramos en manos de alguien con la experiencia suficiente para no improvisar, con la capacidad de gestión para traer recursos y con la disciplina que convierte las promesas en realidades.
En esa Neiva soñada, el río Magdalena no sería un telón de fondo olvidado, sino el eje de la transformación urbana. Sus orillas estarían llenas de vida, de turismo, de cultura, de comercio que genera empleo. Los jóvenes tendrían oportunidades sin pensar en migrar, porque aquí encontrarían escenarios de formación, becas, empleo digno.
Los barrios sentirían que la administración no los olvida, que la inversión no se concentra en el centro de la ciudad, sino que llega hasta la última comuna y el último corregimiento. La cultura, en esta versión ideal, no sería un adorno de temporada, sino un latido constante: escuelas de arte en los barrios, festivales permanentes y espacios públicos abiertos a la creación.
No hablo de un personaje ficticio. Esa figura existe: un liderazgo probado, un gobernante que ya ha demostrado que se gobierna con hechos y resultados, que la confianza ciudadana se gana con gestión y no con discursos. Con alguien así, las avenidas, los parques, los programas sociales y las finanzas públicas tendrían otra historia que contar.
Pero volvamos a la realidad. Hoy la ciudad parece caminar con pasos cortos y sin un norte claro. Tenemos un alcalde que heredó una enorme responsabilidad y que, en lugar de trazar una ruta definida, se ha quedado atrapado en la improvisación. La inseguridad golpea los barrios, el comercio vive con temor y la confianza ciudadana se erosiona cada día. Frente a estos problemas, la respuesta ha sido señalar al pasado: culpar al alcalde anterior de todos los males, como si gobernar consistiera en repartir excusas en lugar de soluciones.
Sin embargo, la crítica no basta si no se convierte en propuesta. La ciudad necesita, de manera urgente, planificación de largo plazo. Necesita un alcalde que no solo administre el día a día, sino que tenga la capacidad de atraer inversión nacional e internacional, de abrir puertas en Bogotá y en el mundo, de pensar en grande y ejecutar con detalle. Neiva reclama una administración que no tema dialogar con los distintos sectores, que entienda que gobernar no es justificar los problemas heredados, sino sembrar confianza en cada barrio y en cada ciudadano.
La nostalgia es inevitable, porque sabemos que las cosas pudieron ser diferentes. Y la pregunta queda flotando: ¿Cómo estaría Neiva hoy si hubiéramos elegido a quien ya había mostrado que sí sabía gobernar? No sabemos cómo será la Neiva de mañana, pero sí sabemos cómo pudo ser la de hoy: más segura, más próspera, más viva… si hubiera estado en manos de quien ya había demostrado que sabía gobernar.
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Por: Andrés Felipe Guerrero
Abogado
Especialista Derecho Constitucional y Administrativo

