Los colombianos avanzamos, una vez más, sobre arenas movedizas. No se trata únicamente de la natural tensión que acompaña toda contienda democrática, sino de una polarización estratégicamente alimentada, que delimita el debate público en dos orillas casi irreconciliables.
En ese escenario, nuevas voces y actores emergentes encuentran un terreno hostil: no solo compiten por visibilidad, sino por legitimidad. Muchos intentan dejar de ser simples figuras de reparto para asumir roles más protagónicos, pero la inercia de las estructuras tradicionales y el peso de ciertos circuitos mediáticos limitan su ascenso.
En la antesala de una nueva elección presidencial, el país parece condenado a repetir una fórmula conocida: izquierda y derecha, enfrentadas en una disputa cerrada, cargada de simbolismos y temores. Más que programas de gobierno, lo que suele imponerse es una narrativa de antagonismos, donde cada sector se presenta como la única salvaguarda posible frente al riesgo que encarna el contrario. Así, el debate se simplifica, se empobrece y, en no pocas ocasiones, se radicaliza.
Este permanente tire y afloje mantiene a la nación en vilo. Si bien es cierto que, en comparación con épocas pasadas, las diferencias políticas no han derivado en estallidos generalizados de violencia, no deja de percibirse un ambiente crispado. El lenguaje se endurece, la desconfianza se profundiza y los actores políticos parecen más interesados en imponerse que en construir consensos. Las redes sociales, lejos de servir como espacios de deliberación, suelen amplificar la confrontación y reducir la complejidad de los problemas a consignas efímeras.
La incertidumbre no radica únicamente en quién resultará elegido, sino en la capacidad del país para tramitar sus diferencias sin fracturarse. Colombia necesita algo más que vencedores y vencidos: requiere liderazgos capaces de convocar, de escuchar y de tejer acuerdos mínimos que permitan avanzar. Sin esos puentes, cualquier victoria será parcial y cualquier gobierno, por fuerte que parezca, estará condenado a navegar en medio de la inestabilidad.
Ojalá la serenidad prevalezca en estas contiendas y la política recupere su sentido más noble: el de ser herramienta para el bienestar colectivo. Que la pasión no desborde la razón y que las diferencias no se conviertan en excusa para incendiar el país. Los colombianos merecemos un horizonte distinto, uno donde la armonía no sea una aspiración ingenua, sino una condición posible para impulsar el desarrollo industrial, científico, económico y social que tanto se reclama.
Porque, al final, más allá de ideologías y banderas, lo que está en juego no es solo el poder, sino la posibilidad de construir un país donde la incertidumbre o el temor dejen de ser la regla y se conviertan, por fin, en una excepción.
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Por: Hugo Fernando Cabrera – hfco72@gmail.com
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