En medio del habitual torbellino discursivo que caracteriza al presidente Gustavo Petro, una nueva propuesta ha llamado la atención —y no precisamente por su viabilidad: eliminar la enseñanza obligatoria del inglés en los colegios para reemplazarla por lenguas indígenas. Un anuncio que, como casi todo lo que dice el mandatario, no deja espacio a los grises.
Desde luego, la idea no es del todo descabellada. En un país donde más de 60 lenguas nativas han sido arrinconadas por siglos de centralismo, racismo estructural y monoculturalismo institucional, reivindicar su enseñanza en el sistema educativo podría representar una acción de justicia histórica.
En efecto, las lenguas no solo son medios de comunicación, sino vehículos de cosmovisiones, saberes y memorias colectivas. Nadie en su sano juicio puede oponerse a su protección y promoción.
Pero otra cosa es pretender que ese acto simbólico debe ir acompañado de la supresión de una herramienta que, nos guste o no, sigue siendo clave en el presente y el futuro: el inglés. En el mundo académico, científico, tecnológico, cultural e incluso diplomático, el inglés mantiene un rol dominante. Y en un país como Colombia, donde el acceso al bilingüismo ha sido un privilegio de élites urbanas, eliminarlo en nombre de una reivindicación cultural sin estrategia integral puede terminar agravando la desigualdad en lugar de corregirla.
Lo más curioso es que esta propuesta, que Petro presenta con un aire rupturista, se parece más a una idea anacrónica que transformadora —para usar una de sus palabras favoritas. Es anacrónica porque parte de una lectura desfasada del mundo global: mientras naciones desarrolladas refuerzan el multilingüismo con fines estratégicos (no ideológicos), aquí se sugiere desechar una lengua funcional sin resolver antes los desafíos estructurales de nuestra educación.
Además, como tantas veces ocurre con el discurso del presidente, hay más gesticulación política que concreción. ¿Cuál lengua indígena se enseñaría? ¿Hay infraestructura, materiales, docentes? ¿Cómo se implementa una política así en zonas urbanas, o en regiones con múltiples lenguas nativas coexistiendo? Sin respuestas claras, la propuesta suena más a performance ideológica que a plan de gobierno.
Promover las lenguas indígenas, sí. Fortalecer una educación verdaderamente intercultural, también. Pero reemplazar el inglés —en vez de complementarlo— es como cambiar la rueda de un vehículo que ni siquiera ha arrancado. En lugar de abrir el mundo a nuestros estudiantes, podría terminar cerrándoselo.
El reto no es elegir entre hablar la lengua de nuestros ancestros o la del mundo contemporáneo. El verdadero desafío está en lograr que las nuevas generaciones puedan hablar ambas, y con ello, vivir entre raíces y alas.
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Por: Andrés Felipe Guerrero
Abogado
Especialista Derecho Constitucional y Administrativo

