Hay momentos en la historia de una nación en los que el silencio se convierte en complicidad. El secuestro de Lyan José Hortúa Bonilla, un niño de apenas 11 años, es uno de esos momentos.
Que un grupo armado —el frente Jaime Martínez, disidencia de las FARC— haya irrumpido en su hogar en Jamundí, haya violado la paz de una familia y haya convertido al menor en un rehén de guerra, es una atrocidad que debería estremecer hasta el tuétano a cualquier ser humano con un mínimo de decencia.
Pero lo más preocupante no es solo la brutalidad del crimen. Lo más escalofriante es la forma en la que como sociedad comenzamos a resignarnos. Nos estamos acostumbrando a ver titulares sobre niños secuestrados, asesinatos de líderes sociales, reclutamiento de menores, como si fueran eventos rutinarios en el calendario de nuestra violencia endémica. La indiferencia nos está devorando el alma.
¿Qué clase de bestias son capaces de tomar a un niño inocente como trofeo de guerra? ¿Qué clase de cobardes se esconden en las montañas hablando de revolución mientras secuestran criaturas y siembran el terror entre campesinos indefensos? El frente Jaime Martínez no es una guerrilla: es una banda criminal, terrorista, cobarde, que se escuda tras discursos huecos para justificar crímenes que no tienen justificación posible. No hay ideología que valga cuando el blanco es un niño.
Y mientras tanto, ¿Dónde están las voces? ¿Dónde están los gritos masivos que exijan la liberación inmediata e incondicional de Lyan? ¿Dónde están los medios que deberían tener este caso en primera plana cada día? ¿Dónde están los políticos que no dudan en posar con niños en campaña, pero ahora callan ante el horror? No se puede hablar de paz, ni de reconciliación, ni de justicia social, cuando un niño puede ser secuestrado en su propia casa y la vida continúa como si nada.
Este país ha llorado demasiadas veces. Pero ahora no se trata de llorar: se trata de gritar. De no permitir que este acto pase al archivo del olvido. De señalar con nombre y apellido a los responsables, de exigir justicia con la misma fuerza con la que exigimos seguridad en nuestras calles. Si permitimos que Lyan sea olvidado, no solo fracasamos como Estado. Fracasamos como especie.
El secuestro de un niño no puede ser una noticia más. Es una tragedia, un crimen de guerra, una aberración moral. Y mientras el frente Jaime Martínez se regodea en su cobardía, nosotros debemos recordar que un país que normaliza estas conductas está condenado no solo a la violencia, sino a la deshumanización.
No más. No en nuestro nombre. No en el nombre de Lyan.
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Por: Andrés Felipe Guerrero

