Entre Saúl y Petro: el trono del ego

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Cuando uno revisa la historia bíblica del rey Saúl, primer monarca de Israel, salta a la vista un drama político y espiritual que parece repetirse, con matices contemporáneos, en el actual presidente de Colombia, Gustavo Petro.

Saúl fue elegido por clamor del pueblo, ungido por mandato divino, y al principio mostró humildad y promesa. Pero el poder lo transformó. En su historia emergen la arrogancia, la paranoia, la desconexión con los principios de Dios y una caída inevitable provocada por su propio ego. ¿No es acaso un reflejo preocupante del Petro que hoy ocupa la Casa de Nariño?

Saúl, como Petro, comenzó siendo una figura con respaldo popular. Ambos surgieron en momentos de crisis institucional. Saúl, en medio del desorden tribal de Israel; Petro, tras años de descontento con las élites tradicionales. Ambos prometieron renovación. Pero donde se esperaba un liderazgo con dirección moral, surgió uno centrado en sí mismo.

El ego desbordado de Saúl lo llevó a desobedecer instrucciones claras de Dios, usurpando roles que no le correspondían. En Petro, su desprecio por las instituciones, su afán por acaparar el relato político y su constante necesidad de protagonismo parecen seguir el mismo libreto. No se rodea de sabios, sino de fieles. No escucha voces disidentes, las ataca. ¿Cuántas veces ha descalificado a quienes le recuerdan límites constitucionales o principios democráticos?

La distancia de Saúl respecto a la voluntad divina fue más que simbólica: fue fatal. Perdió el favor de Dios, y su reinado se volvió errático. En Petro, el distanciamiento no es de una teocracia, sino de valores fundamentales que deberían sostener cualquier república: humildad, verdad, respeto por la diferencia, temor a lo que es justo. En lugar de eso, vemos una narrativa mesiánica que pretende convertir cada crítica en una persecución, y cada desacuerdo en traición.

Ambos líderes también comparten un patrón inquietante: una evidente inestabilidad emocional. Saúl vivía atormentado por celos, visiones y sospechas. Su paranoia lo llevó a perseguir a David sin razón. Petro, por su parte, ha demostrado una inclinación al conflicto constante, una interpretación distorsionada de la realidad política, y una tendencia a construir enemigos incluso donde hay llamados al diálogo. Su discurso se torna cada vez más defensivo, emocionalmente cargado y desconectado del tono institucional que exige la jefatura de Estado.

No se trata aquí de un juicio espiritual, sino de una observación sobre el carácter. Un líder puede tener luces ideológicas, pero si el carácter no las sostiene, todo colapsa. Saúl fue rey, pero no líder. Petro fue elegido presidente, pero cada vez parece menos un jefe de Estado y más un actor solitario en una obra donde sólo él entiende el guion.
El final de Saúl no fue glorioso.

Terminó derrotado, aislado, y quitándose la vida. Ojalá Colombia no camine hacia un desenlace institucional igual de trágico, alimentado por un liderazgo que confunde la voz de Dios con el eco de su propio ego.

Por: Andrés Felipe Guerrero
Abogado
Especialista Derecho Constitucional y Administrativo

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