Salía de una clase de la universidad donde se hablaba sobre la importancia de empezar a generar lazos de solidaridad, acompañamiento y empatía hacia aquellas personas que están pasando por situaciones económicas, psicológicas, políticas o culturalmente complejas, la reflexión una vez terminada la clase me suscitaba a escribir y ahondar un poco más sobre la sociedad la cual pensamos que habitamos.
Para empezar, la pregunta gira en torno al hecho de saber en qué condiciones está la otra persona que suponemos conocer o acompañar, como subraya el escritor Mario Mendoza: en cada sonrisa se esconde un inmenso dolor. ¿Se mide el dolor?, ¿Cómo dimensionar el sufrimiento de lo que no se ve? ¿Cómo pedir ayuda en mundo cada vez más individualizado por las lógicas del mercado basado en el éxito continuo?, ¿Estamos para el otro?
Estas y otras preguntas sugestionaron es una especie de intranquilidad, de desasosiego y de desesperanza social, debido a la manera en la que nos estamos relacionando con el objeto y no con el sujeto, parece que la pantalla, las redes sociales, el estar “conectado”, la versatilidad de contenido audiovisual, la interconectividad, las redes de conexión masiva y otros elementos del mercado virtual, de alguna manera posibilitan que el individuo exista para otros; es decir, para que la brecha de soledad no se posesione en la cotidianeidad, lo que está a la mano, lo que fragmenta el diálogo, sea revertido por las nuevas realidades, en donde la personalidad, la complejidad, la “rareza”, la necesidad de pertenecer y ser no sean juzgadas, invalidadas, degradadas, imposibilitadas o coartadas, entonces, es ahí, en esa gama de posibilidades, en ese universo de libertades, en ese encuentro de gremios de la “rareza” en donde el ser tiene su espacio, su validación, el poder de encontrar su identidad relegada y contrahecha, ese mundo es la realidad, lo otro, es una dictadura de lo irreal, una creación malsana que vulnera el hecho de existir en otras condiciones.
No tengo una respuesta para esas nuevas formas de relacionamiento, de construir identidades en otras realidades, de abrir democracias emocionales, de formas de pensamientos diversos, sin embargo, hago un llamado a escuchar a esas diferencias, a pedagogizar nuestras intolerancias, generar espacios físicos en donde el diálogo sea democratizado, horizontal, sensibilizado y humanizado, en permitirle a esas identidades multidireccionales establecer nuevas formas de convivencia en la academia, en los parques, en las familias, en la política, la religión, el lenguaje, la educación y la cultura.
Las reflexiones son continuas, en constante reflexión, pero requiere de actores que confluyan entre sus divergencias ideológicas para así abrir en esos realismos feroces nuevas ciudadanías que participen de los diferentes escenarios donde se fomente la dignidad, los derechos, el autocuidado, la utopía realizable, el cuidado al medio ambiente, el respeto a las identidades particulares y la cultura de paz tan requerida y necesaria en una sociedad en donde el tejido de la solidaridad, el apoyo, la escucha activa, la comprensión y la ternura están siendo reemplazados por frágiles y maleables formas de interrelación social-virtual.
Tenemos un reto social, es menester preguntarnos qué tipo de vida y sociedad queremos e iniciar a movilizar lo oculto para hacerlo visible en medio de las transformaciones que se presentan a nivel global.
—
Por: Henry Fabián Vásquez Gutiérrez



