El Huila no necesita dueño, se busca gobernador

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Gobernar o facturar, el dilema de nuestros líderes regionales.

El Huila no necesita otro administrador de coyunturas, otro especialista en cortar cintas ni un nuevo heredero de estructuras políticas que, elección tras elección, cambian de eslogan, de color y de fotografía, pero conservan intactos los mismos apellidos, compromisos y beneficiarios. Necesita un verdadero líder, alguien capaz de anteponer el interés general a su conveniencia personal y de comprender que la Gobernación no es una propiedad con escrituras, una agencia de empleos ni la gerencia temporal de una empresa familiar dedicada al negocio electoral.

Durante mucho tiempo, buena parte de la política regional ha funcionado como una próspera industria de parentescos. Se heredan los votos, se distribuyen los cargos, se administran los contratos y se turnan las candidaturas. Todo queda en familia, salvo las necesidades del departamento, que continúan esperando afuera porque, al parecer, no acreditaron parentesco suficiente para ingresar.

Los aspirantes hablan de renovación mientras aparecen rodeados de los mismos padrinos; prometen independencia después de solicitar permiso a quienes financiaron su llegada, y anuncian transformaciones históricas con programas de gobierno que parecen documentos reciclados, basta cambiar la fecha, actualizar la fotografía, corregir dos cifras y agregar las palabras “innovación”, “territorio” y “sostenibilidad”. Así, el futuro del Huila termina diseñado con ideas vencidas, pero impresas a todo color.

Gobernar exige mucho más que ganar unas elecciones. Requiere visión territorial, capacidad técnica, independencia ética y una comprensión profunda de las desigualdades que separan a Neiva de los municipios rurales, a quienes acceden a educación superior de quienes abandonan tempranamente la escuela y a las comunidades que cuentan con servicios públicos adecuados de aquellas que todavía esperan que la dignidad llegue por una carretera que aparece religiosamente en todos los programas de gobierno, pero nunca en el territorio.

El próximo gobernador o gobernadora debe pensar en grande. No en el tamaño de su publicidad, de su comitiva, de su fotografía en las vallas o de la nómina que espera repartir, sino en la dimensión de los problemas y de las soluciones que está dispuesto a construir. Pensar en grande significa proyectar al Huila más allá de un periodo de cuatro años; articular educación, productividad, infraestructura, ciencia, turismo, salud, cultura y sostenibilidad ambiental dentro de una estrategia coherente de desarrollo.

La educación debe ocupar el centro de esa transformación. No como una frase ceremonial para los discursos del Día del Maestro ni como una colección de computadores entregados frente a las cámaras, sino como la principal política de equidad. El Huila necesita educación inicial de calidad, infraestructura escolar digna, conectividad rural, formación técnica pertinente, fortalecimiento de la Universidad Surcolombiana y oportunidades reales para que sus jóvenes investiguen, emprendan y trabajen sin verse obligados a abandonar la región. Un departamento que exporta a sus mejores talentos y conserva sus peores prácticas políticas está haciendo exactamente el negocio equivocado.

También se requiere una política social que supere la administración de subsidios, mercados y fotografías. La pobreza no se combate entregando ayudas frente a una cámara ni convocando a las comunidades únicamente cuando hay elecciones. Se enfrenta garantizando salud, alimentación, vivienda, empleo digno, acceso al agua, protección de la infancia y oportunidades efectivas para mujeres, campesinos, personas con discapacidad, comunidades indígenas, población afrodescendiente y habitantes de territorios históricamente relegados. La dignidad no debería venir empacada en una bolsa con el nombre del candidato.

Hablar de derechos humanos, igualdad y equidad tampoco puede reducirse a decorar el programa de gobierno con palabras socialmente atractivas. La igualdad exige que las instituciones no tengan ciudadanos de primera y de segunda categoría. La equidad obliga a invertir más donde existen mayores brechas.

Pero ninguna política de desarrollo será sostenible mientras la corrupción continúe tratándose como una costumbre regional y no como una forma de violencia contra la sociedad. Cada recurso desviado representa un aula que no se construye, una vía que no se termina, un medicamento que no llega o una oportunidad que se pierde. La corrupción no siempre aparece con antifaz, con frecuencia usa corbata, preside reuniones, inaugura oficinas de transparencia y pronuncia emocionados discursos contra sí misma.

Por eso, quien aspire a gobernar el Huila debe explicar desde ahora cómo financiará su campaña, quiénes integran su equipo, qué intereses lo respaldan y qué compromisos deberá pagar después. No basta con declararse honesto en una entrevista cuidadosamente preparada. La integridad debe expresarse en contratación abierta, rendición de cuentas, meritocracia, control ciudadano, información pública comprensible y decisiones que puedan defenderse a plena luz del día, sin reuniones secretas, contratos escritos a la medida ni llamadas oportunas a los padrinos.

Quien pretenda administrar el departamento también debería estar dispuesto a hacer público su patrimonio y a explicar, con documentos y sin actos de ilusionismo contable, de dónde provienen sus bienes y su riqueza. No se trata de condenar el éxito económico ni de presumir que todo patrimonio es sospechoso.

Se trata de exigir coherencia a quien solicita autorización ciudadana para manejar los recursos de todos. La transparencia debe comenzar antes de las elecciones, no después de la posesión, cuando algunos servidores públicos descubren una extraordinaria vocación empresarial y sus fortunas desarrollan una capacidad de crecimiento que ya quisiera para sí la economía huilense.

El ciudadano tiene derecho a conocer cómo llegó económicamente el candidato y cómo salió el gobernante. Si durante el mandato progresa más rápidamente el patrimonio del funcionario que el departamento administrado, por lo menos debería reconocerse que el plan de desarrollo funcionó, aunque de manera excesivamente personalizada.

Gobernar un territorio con tantas necesidades significa llegar a gerenciar, planificar y servir; no a enriquecerse, recuperar la inversión electoral ni pagar con cargos y contratos los favores de campaña. La Gobernación no puede convertirse en una caja registradora de compromisos políticos donde cada apoyo tenga tarifa, cada adhesión espere una secretaría y cada recomendación venga acompañada de una orden de prestación de servicios.

El Huila necesita caras nuevas, pero, principalmente, prácticas nuevas. La juventud de una candidatura no garantiza renovación si detrás de ella gobiernan las mismas estructuras. Un rostro fresco puede convertirse rápidamente en la fotografía más reciente de un álbum político antiguo. La renovación verdadera no se mide por la edad, sino por la autonomía, las ideas, los métodos y la disposición para romper con los acuerdos que han convertido lo público en patrimonio de unos pocos.

Es la hora de que quien aspire a dirigir el Huila se muestre como un líder auténtico, uno que comprenda la confianza de la sociedad como una responsabilidad y no como un cheque en blanco; que vea en el poder una oportunidad de servicio y no una inversión de alta rentabilidad; y que esté dispuesto a demostrar que, llegado el momento de decidir, antepondrá siempre el bienestar colectivo a sus intereses personales, familiares o políticos.

Como advertía Pepe Mujica, “a los que les gusta mucho la plata hay que correrlos de la política”. No porque la prosperidad sea censurable, sino porque quien confunde el servicio público con una oportunidad de enriquecimiento termina administrando el presupuesto como patrimonio propio y la confianza ciudadana como capital de inversión. En el Huila, sin embargo, algunos parecen haber entendido la advertencia al revés, corren hacia la política precisamente porque el dinero les gusta demasiado. El problema no es que lleguen con patrimonio, sino que salgan con uno que ni la agricultura, el turismo ni la industria regional lograron producir con semejante velocidad.

El Huila posee riqueza natural, diversidad cultural, vocación agropecuaria, capacidad energética, potencial turístico y una población trabajadora que merece mucho más que campañas llenas de promesas y gobiernos concentrados en sobrevivir políticamente. El problema no ha sido la ausencia de posibilidades, sino la pequeñez con la que frecuentemente se han administrado.

El próximo proceso electoral debería servir para escoger un proyecto de departamento y no simplemente al nuevo encargado de repartir la burocracia. Quien aspire a gobernar debe entender que el poder no es un premio, una herencia ni una inversión que deba recuperarse mediante contratos. Es una responsabilidad temporal frente a una sociedad cansada de esperar.

El Huila necesita una persona que lo conduzca hacia el futuro, no otra que llegue a cobrarle al departamento los favores de su pasado. Necesita pensamiento fresco, justicia social, educación, transparencia y grandeza. Sobre todo, necesita que la política deje de funcionar como empresa familiar y vuelva a comportarse como servicio público.

A los aspirantes conviene recordarles algo elemental: la Gobernación del Huila no necesita dueño, heredero ni accionista mayoritario. Necesita liderazgo.

P.D.: “El sujeto del cambio sos vos, pueblo querido”: Pepe Mujica.

Por: Faiver Augusto Segura Ochoa
X: @faiver_segura

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